Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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IX Ecos del pasado
Emanuel volvió a su casa cuando la noche ya se había vuelto espesa.
La puerta cerró detrás de él con un sonido suave, casi respetuoso. Su madre estaba acostada, dormida o fingiendo dormir —Emanuel no lo supo—, envuelta en ese silencio que a veces pesa más que cualquier discusión. No quiso despertarla. Caminó de puntas de pie por el pasillo, como si el aire pudiera quebrarse.
Entró a su cuarto y cerró.
Se sentó en la cama. Miró el techo. Pensó en la llamada. En las palabras que había dicho y en las que se había guardado. El sueño no llegó. Dio vueltas, se levantó, volvió a acostarse. Cuando el despertador sonó, Emanuel ya estaba listo, con la mochila al hombro y los ojos cansados, pero firmes.
Salió antes de que amaneciera del todo.
—
La universidad estaba casi vacía cuando llegó. Emanuel entró al aula antes que todos, eligió un asiento al fondo y apoyó la mochila en el piso. Miró alrededor sin mirar a nadie, como si buscara ordenarse por dentro.
Sasha lo vio desde la puerta.
Caminó directo hacia él y, sin decir nada, lo abrazó. Fue breve, sincero, necesario. Emanuel apoyó la frente un segundo en su hombro y respiró.
—Buen día —susurró ella.
—Buen día.
Héctor entró unos segundos después. Vio a Emanuel, vio a Sasha, y siguió de largo sin detenerse, como si el aire entre ellos no existiera. Emanuel siguió con la mirada perdida, vagando entre pensamientos.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
—¡Llegooooo! —gritó alguien, entrando casi corriendo.
Era un chico alto, despeinado, con planos enrollados bajo el brazo y una sonrisa que parecía no haber cambiado en años.
—Santi —murmuró Emanuel, sorprendido.
—¡Ema! —respondió él, frenando en seco—. Amigo, ¿me prestás tu carpeta del año pasado? Plis, me salvás la vida.
Sasha abrió los ojos.
Héctor también se detuvo.
Antes de que Emanuel respondiera, Santiago miró alrededor… y vio a Sasha.
—¡SASHA! —gritó—. ¡Te extrañé!
El aula quedó en silencio.
Santiago miró hacia atrás, buscándola mejor, y cuando la tuvo de frente, caminó directo hacia Héctor como si no existiera nadie más.
Sasha miró a Emanuel, todavía en shock.
—¿Lo conocés bien? —preguntó en voz baja.
Emanuel asintió, sin quitarle la vista de Santiago.
—Es mi amigo de la infancia.
Sasha se quedó sin palabras.
Y por primera vez desde que comenzó la mañana, entendió que el pasado acababa de entrar al aula.

Santiago se puso de pie con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Se estiró apenas, como quien ocupa un espacio que sabe que le pertenece, y se inclinó hacia Héctor con naturalidad peligrosa. Nadie más pareció notar el gesto… nadie excepto Emanuel.
—Te extrañé —susurró Santiago en el oído de Héctor, lo suficientemente bajo para que fuera íntimo, lo suficientemente cerca para que doliera.
Emanuel sintió que algo se le quebraba por dentro. No fue un ruido fuerte, fue más bien una fisura silenciosa, como cuando se rompe algo que ya venía lastimado. Sus manos se tensaron sobre la mesa. No podía apartar la mirada.
Héctor quedó rígido por un segundo. No respondió. No sonrió. Pero tampoco se apartó.
—¿Qué… qué está pasando? —preguntó Emanuel en voz baja, girándose hacia Sasha.
Sasha no levantó la mirada de inmediato. Sus hombros, siempre firmes, parecieron hundirse un poco.
—Santiago fue su gran amor —dijo al fin, casi en un murmullo.
Emanuel la miró, sin entender, o quizá entendiendo demasiado.
—¿Fue? —repitió—. ¿Qué pasó entre ellos?
Sasha respiró hondo, como si cada palabra pesara años.
—Se amaban de verdad. Pero tuvieron que separarse. La familia se mudó, cambiaron de ciudad… promesas, mensajes que se fueron apagando. Perdieron contacto. Perdieron tiempo. Se perdieron.
Emanuel bajó la mirada. Todo dentro de él estaba revuelto. Su madre. Las palabras crueles. La sombra de su padre. El miedo de ser quien era. Y ahora esto.
Miró a Héctor, que seguía serio, distante, como si estuviera peleando una guerra interna que nadie más veía. Miró a Santiago, tan seguro, tan presente, tan pasado.
Y entendió algo con una claridad dolorosa.
Ya no podía seguir escondiéndose.
Su madre había abierto una herida. Héctor había despertado un deseo. Santiago había traído el pasado de golpe. Y su padre… su padre era la respuesta que había evitado toda su vida.
Emanuel cerró los ojos por un instante.
Sabía que el camino que venía no iba a ser fácil.
Pero también sabía que ya no podía huir.
Esta vez, iba a buscar la verdad. Aunque doliera.
Emanuel se levantó de la silla con un movimiento lento, pero firme. No hubo gritos, no hubo escenas. Solo ese silencio espeso que cae cuando alguien decide dejar de ser invisible.
Tomó la carpeta que todavía tenía entre las manos —la misma que había pedido con voz tímida unos minutos antes— y la apoyó con cuidado sobre la mesa.
—Tomá, Santiago —dijo, mirándolo a los ojos—. Podés quedártela. Yo ya no la necesito.
La frase cayó como una piedra en el centro del lugar.
Santiago parpadeó, sorprendido. No era esa la reacción que esperaba. Emanuel siempre había sido el chico correcto, el que bajaba la cabeza, el que cedía.
—¿Sabés quién fue él para mí? —preguntó Santiago, con una media sonrisa cargada de desafío.
Emanuel respiró hondo. Sintió el temblor en el pecho… y aun así no retrocedió.
—Lo que fue para vos no me incumbe —respondió con calma—. Eso es pasado. Y el pasado ya no tiene lugar acá.
Hizo una pausa breve.
—Ahora estamos en el presente.
Por primera vez, Santiago no tuvo respuesta inmediata. Se quedó mirándolo como si viera a otra persona. Como si recién entonces entendiera que Emanuel había cambiado.
Giró la cabeza.
Héctor, que había observado todo en silencio desde su lugar, dejó escapar una sonrisa apenas visible. No burlona. Orgullosa.
Sasha, en cambio, quedó completamente helada. Tenía los ojos abiertos, el cuerpo tenso, como si acabara de presenciar algo que no esperaba… pero que, en el fondo, necesitaba ver.
Santiago se encogió de hombros, dio media vuelta y se alejó sin decir nada más.
Emanuel volvió a sentarse.
Sasha lo miró de reojo, todavía procesando lo ocurrido. Luego se inclinó un poco hacia él y, en voz baja, dijo:
—Me gusta verte así… más seguro.
Emanuel no respondió enseguida. Pero por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa —real, sincera— se dibujó en su rostro.
Y en ese instante supo algo con absoluta claridad:
Ya no iba a seguir viviendo solo para no incomodar a los demás.
El miedo seguía ahí…
pero ya no mandaba.
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Espero que les guste este capitulo dejen su comentario que les pareció por fin , Emanuel comenzó a animarse ¿Qué pasará ahora ?. No te lo pierdas gracias. 💓 Luna Aoul