Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 15 La Amarga y Dulce Verdad
Cayó de rodillas en el suelo del restaurante, con los hombros sacudidos por los sollozos, y Gaya se arrodilló a su lado y la abrazó con todas sus fuerzas. Y así estuvieron un largo rato, abrazadas en el suelo, llorando juntas la muerte y el reencuentro, el dolor y la esperanza.
—Luisa —susurró María entre hipidos—. Luisa, Luisa, Luisa…
—Estoy aquí, Pinky. Estoy aquí.
—Pero ¿cómo? ¿Cómo es posible? Yo te vi muerta. Fui a tu entierro. Vi tu ataúd, vi tu foto, vi a tus hijos llorando... —María se separó lo suficiente para mirarla a la cara, para tocar sus mejillas, para pasar los dedos por sus rasgos ajenos—. Y ahora estás aquí, en este cuerpo, con esta cara…
—No lo entiendo —admitió Gaya—. Solo sé que desperté en el hospital después de que Gaya sufriera un shock anafiláctico. Y que fue Vanesa quien lo provocó. Igual que provocó el mío.
María parpadeó, procesando la información.
—¿Vanesa? ¿La amiga de Sebastián? ¿La que siempre estaba metida en vuestra casa?
—La misma. —Los ojos de Gaya se endurecieron—. Ella mató a Luisa. Y mató a Gaya. O al menos lo intentó, porque yo ocupo este cuerpo ahora. Pero ella no lo sabe. Cree que Gaya sobrevivió milagrosamente. No sabe que quien lleva este cuerpo es otra persona.
María se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y en sus ojos comenzó a brillar algo que no estaba antes: determinación. Furia, sí, pero también determinación.
—Esa perra —dijo lentamente—. Esa maldita perra te mató. A ti. A mi mejor amiga. Y siguió con su vida como si nada, y ahora está ahí, en tu casa, con tus hijos…
—Con mis hijos —confirmó Gaya—. Y ha envenenado a Lauren. Mi niña, mi pequeña Lauren, la ha convertido en una adolescente amargada que me odia sin saber por qué. Que dice que la tía Vane esto, la tía Vane lo otro. Que prefiere a esa mujer antes que a mí, sin saber que soy yo.
María apretó los puños.
—Hay que matarla.
—No. —Gaya negó con la cabeza—. No podemos matarla. Eso sería demasiado fácil, demasiado rápido. Y además, yo ya estoy muerta. Si la matamos ahora, ¿qué conseguimos? Que muera sin sufrir, sin pagar por lo que hizo. No. Quiero que sufra. Quiero que pierda todo lo que cree que va a ganar. Quiero que vea cómo sus planes se desmoronan uno a uno, y que sepa, que sepa en lo más profundo de su ser, que todo es por mi culpa.
María la miró con una mezcla de admiración y terror.
—Eres aterradora cuando te pones así. Me había olvidado.
—He tenido cinco años muerta para pensar —sonrió Gaya, pero era una sonrisa sin calor—. Y ahora tengo un cuerpo joven, una posición, y un conocimiento que ella no sospecha. Sé cómo piensa, sé cómo actúa, sé cómo manipula. Y lo más importante: sé que ella no sabe que yo sé.
Las dos mujeres se incorporaron lentamente, sentándose en el suelo del restaurante con las piernas cruzadas, como hacían cuando eran adolescentes y se contaban sus secretos en la habitación de Luisa.
—Necesito tu ayuda, María —dijo Gaya—. Eres la única persona en el mundo que puede saber quién soy realmente. La única con la que puedo ser yo misma. Todos los demás ven a Gaya, la esposa joven y sumisa. Tú eres la única que puede ver a Luisa.
—¿Y Sebastián? —preguntó María con cautela—. ¿Él no...?
—Sebastián no. —La negativa fue tajante—. Sebastián permitió que Vanesa se metiera en nuestras vidas. Sebastián no supo ver lo que estaba pasando. Sebastián me falló, María. Me falló en vida y me falló en muerte, casándose con otra mujer cuatro años después. No merece saber la verdad. No todavía.
María asintió lentamente.
—¿Y los niños? ¿Tomás y Lauren?
—Tomás... —la voz de Gaya se suavizó—. Tomás es especial. Siempre lo fue. Me mira y parece que intuye algo. Pero es un niño, no puedo cargarle con esto. En cuanto a Lauren... —suspiró—. Lauren está perdida. Pero no voy a rendirme con ella. Es mi hija, y voy a recuperarla, aunque me lleve años.
—¿Cómo piensas hacerlo?
—Primero, alejar a Vanesa de ellos. Hoy fui al colegio y la eliminé de la lista de personas autorizadas para retirarlos. Ya no podrá acercarse a ellos en el colegio. En casa, voy a poner límites. No va a entrar más como si fuera la dueña. Y si Sebastián se queja, tendrá que enfrentarse a mí.
María silbó entre dientes.
—Te has vuelto dura, Cerebro.
—La muerte te cambia la perspectiva. —Gaya se levantó del suelo y tendió una mano a María para ayudarla a levantarse—. Ahora, necesito que me pongas al día. Han pasado cinco años. Cuéntame todo. ¿Qué pasó después de mi muerte? ¿Cómo reaccionó Sebastián? ¿Y mis hijos? ¿Y mi empresa? ¿Y mi madre?
María se sentó en una silla y comenzó a hablar. Le contó que el funeral había sido multitudinario, que mucha gente lloró, que los periódicos locales hablaron de la trágica muerte de la empresaria y ex medallista olímpica.
Le contó que Sebastián había estado destrozado los primeros meses, que apenas salía de casa, que descuidó la empresa.
Le contó que Lauren, que entonces tenía nueve años, se volvió aún más dependiente de Vanesa, que la mujer se instaló en sus vidas como una sombra.
Le contó que Tomás, con solo cinco años, preguntaba constantemente por su madre, que no entendía por qué no volvía, que lloraba por las noches.
—Pauline me contaba —dijo María—. Yo iba a la casa a ver a los niños siempre que podía, aunque Sebastián no me quería ver. Porque yo le culpaba, ¿sabes? Le culpaba de tu muerte. Si hubiera puesto límites a Vanesa, si no hubiera permitido que se acercara tanto, quizás…
—No —la interrumpió Gaya—. No fue culpa de Sebastián. Bueno, no directamente. Fue culpa de Vanesa. Ella planeó todo, ella manipuló a Lauren, ella me envenenó. Sebastián fue... fue un idiota, un ciego, un cobarde. Pero no un asesino.