El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 13: Harina, promesas y el calor del agua
El ambiente en el departamento de las chicas era un caos festivo. Era el cumpleaños de la pelirroja, y el plan era una fiesta masiva por la noche, pero Sky había decidido que, por una vez, quería hacer algo "tradicional": un pastel casero. El problema era que Sky y la cocina se llevaban tan bien como un gato y el agua.
—¿Segura que no quieres que llame a una pastelería y finjamos que lo hiciste tú? —preguntó Ian, recargado en la encimera con una sonrisa ladeada.
Había llegado hacía media hora, despojándose de su aire de capitán para ponerse un delantal que le quedaba ridículamente pequeño sobre sus anchos hombros. En privado, su reserva se había transformado en una complicidad magnética.
—Cállate, Thorne. La repostería es química, y yo soy excelente en química —replicó Sky, peleándose con una bolsa de harina—. Tú solo quédate ahí y sé un buen ayudante. Pásame el azúcar.
—El azúcar está a tu izquierda, genio —rio él, acercándose.
La tensión entre ellos, que siempre vibraba como una cuerda de violín, estalló de la forma más infantil posible. Sky, harta de las correcciones de Ian, metió la mano en la bolsa de harina y, con un movimiento rápido y descarado, se la lanzó directamente a la cabeza.
Una nube blanca envolvió a Ian. Cuando el polvo se asentó, el capitán de baloncesto parecía un fantasma con el cabello negro totalmente cubierto de blanco, las pestañas nevadas y una expresión de incredulidad absoluta.
—Acabas de cometer el mayor error de tu vida académica, Sky —susurró él, y sus ojos brillaron con un desafío oscuro.
—¡Tienes que admitir que te ves mejor así! —gritó ella, soltando una carcajada y saliendo disparada de la cocina hacia el pasillo.
Ian no tardó ni un segundo en reaccionar. A pesar de su tamaño, se movía con la agilidad de un depredador. La persiguió por el departamento, sus pisadas resonando contra el suelo. Sky, muerta de risa y mirando hacia atrás para ver qué tan cerca estaba él, tropezó con la esquina de la alfombra y cayó de bruces en medio de la sala.
—¡Ay! ¡Es tu culpa! —exclamó ella desde el suelo, dramatizando—. ¡Tu presencia intimidante alteró mi centro de gravedad!
Ian se detuvo sobre ella, jadeando ligeramente, con la harina cayendo de sus hombros como nieve. Le extendió la mano, con un gesto caballeroso que contrastaba con su aspecto desastroso.
—Levántate, exagerada. Estás cubierta de polvo y yo parezco un panecillo crudo.
Sky tomó su mano, pero en lugar de levantarse, tiró de él hacia abajo.
—Mírate, Thorne. Estás sucio. Muy sucio. Alguien tiene que bañarte para que no arruines la fiesta de mi amiga.
Lo dijo en broma, pero la mirada que Ian le devolvió no tenía nada de gracioso. Era intensa, privada, cargada de una intención que le erizó la piel.
—¿Ah, sí? Pues me parece que tú eres la responsable del desastre. Tendrás que hacerte cargo.
Sky, aceptando el reto como siempre, lo jaló del brazo hacia el baño principal. Entraron y ella cerró la puerta con el pie. El espacio se volvió pequeño, íntimo, saturado por el olor a harina y el calor de sus cuerpos.
—Bien, capitán. Al agua —dijo ella, señalando la ducha.
—No voy a entrar así —respondió él, dando un paso hacia ella—. Tienes que quitarme la ropa. Tú la ensuciaste.
Sky dudó por un segundo. El descaro siempre era su escudo, pero estar ahí, con él pidiéndole eso, hizo que su pulso se disparara. Sin embargo, no retrocedió. Sus dedos, un poco temblorosos, subieron al borde de la playera negra de Ian. La deslizó hacia arriba lentamente, revelando la musculatura firme de su abdomen y su pecho. Ian se quedó quieto, dejando que ella lo desarmara.
—Los pantalones también —ordenó él en un susurro gélido pero abrasador.
Sky bajó la cremallera de sus cargo y los dejó caer. Cuando llegó el momento del bóxer, ella tragó saliva, sus ojos encontrándose con los de él. Ian no apartó la vista. Ella bajó la prenda, dejando al descubierto la anatomía perfecta que tanto habían estudiado en los libros, pero que ahora quemaba en la realidad.
Sky comenzó a quitarse su propia ropa, quedándose en su ropa íntima de encaje negro, lista para meterse a la ducha con él. Pero cuando puso un pie dentro, Ian la detuvo agarrándola suavemente del brazo.
—No vas a entrar así, Sky —dijo él, su voz vibrando con un aire de misterio y posesión—. Nada de telas entre nosotros.
—¿Ah, sí? —lo retó ella, inclinando la cabeza—. Pues quítamela tú si tanto te molesta.
Ian no necesitó que se lo dijera dos veces. Se acercó, su altura obligándola a mirar hacia arriba. Sus manos, expertas en el tacto, desabrocharon la parte superior con una lentitud tortuosa. Luego, se puso de cuclillas frente a ella. Sky contuvo el aliento cuando sintió los dedos de Ian tirando de sus bragas hacia abajo, deslizándolas por sus piernas.
Pero él no se levantó.
Sin previo aviso, Ian se hundió en su intimidad. Sky soltó un jadeo agudo, agarrándose de sus hombros, cuando sintió la lengua de él deslizándose por sus labios väginâles. Era una invasión directa, un toque que él había iniciado y que estaba ejecutando con una maestría letal.
—Ian... —susurró ella, su cabeza echándose hacia atrás contra los azulejos fríos.
Él no se detuvo. Subió una de las piernas de Sky sobre su hombro, ganando un ángulo que la hizo temblar. Su lengua se movía hábilmente, con una curiosidad científica pero un hambre puramente humana. Antes de que ella pudiera procesarlo, Ian la cargó, subiendo su otra pierna hasta pegarla a la pared del baño, sosteniéndola solo con la fuerza de sus brazos mientras continuaba con el oral.
El mundo desapareció. Solo existía el sonido del agua que empezaba a correr, el calor de Ian y la forma en que él la devoraba. Sky se corrió con una intensidad que la dejó sin fuerzas, gritando su nombre mientras él tragaba cada gota de sus fluidos, reclamándola por completo.
Cuando él finalmente la bajó, Sky estaba jadeando, con los ojos nublados por el placer. Intentó arrodillarse, queriendo devolverle el favor, queriendo probarlo a él con la misma urgencia. Pero Ian puso una mano en su pecho, deteniéndola.
—No ahora —dijo él, recuperando su aire reservado, aunque sus ojos seguían oscuros—. Entra a ducharte. Tienes una fiesta que organizar.
Se puso de pie, se colocó su ropa sucia con una rapidez mecánica y, antes de que ella pudiera protestar, salió del baño y luego del departamento hacia su propia habitación para cambiarse. El capitán había vuelto a su fortaleza, dejando a Sky bajo el agua, vibrando de deseo y desconcierto.
Horas más tarde, en la fiesta, la música retumbaba y las luces de neón pintaban las caras de los invitados. Sky estaba con sus amigas, luciendo un vestido descarado y una sonrisa que no llegaba a ocultar su distracción.
Entonces, él entró.
Ian Thorne, impecable en una playera negra nueva y sus pantalones cargo, con la cadena de plata brillando bajo los focos. Sus miradas se cruzaron a través de la multitud. Él le dedicó un asentimiento casi imperceptible, el mismo que le daría a cualquier conocido, manteniendo su fachada de control absoluto. Pero Sky podía ver en la profundidad de sus ojos negros el secreto de lo que había pasado en el baño.
El juego ya no era un juego. Era algo mucho más profundo, y esa noche, entre el alcohol y la música, ambos sabían que la máscara de la normalidad pesaba más que nunca.