Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 12 No puedo…
Eso era lo que más resonaba en ella. No la historia de crimen y reinvención, que podía sacarse de cualquier biografía turbia de un hombre poderoso. Era el acto de fe desesperado. El mismo hombre que la había entrenado para no confiar en nadie, había depositado en sus manos su verdad más venenosa.
Drago no presionaba. Permaneció al otro lado de la mesa, aceptando el peso de su mirada analítica, su silencio. No había rastro de la arrogancia habitual, solo una severidad resignada, la de un general que ha entregado el mapa de sus defensas al único aliado en quien podría confiar… o que más temía.
Finalmente, Aleska respiró. Un sonido largo y deliberado que rompió el hechizo de silencio.
—Necesito tiempo —dijo, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, no temblorosa, pero sí medida, como si estuviera probando el peso de cada palabra.
—No puedo… procesar esto y darte una respuesta ahora. No una respuesta real.
Esperó la reacción: una explosión de ira, un frío distanciamiento, un intento de persuasión. Ninguna de esas cosas llegó.
Drago asintió, una simple inclinación de cabeza. En sus ojos oscuros no había ofensa, ni siquiera decepción. Había respeto.
—Es lo más racional y coherente que podrías pedir —dijo, su voz áspera pero tranquila.
—Te he arrojado un peso que no pediste cargar. Sería una locura, y una falta de respeto a tu inteligencia, esperar una decisión en este instante.
Se acercó a la caja fuerte, guardó el sobre y lo cerró con un clunk definitivo. El sonido selló la verdad otra vez, pero ya no era un secreto entre ellos.
—Toma el tiempo que necesites —continuó, volviéndose—. Puedes ir a la casa de la playa; está vacía y segura. O quedarte aquí, en tus habitaciones. Sofía puede acompañarte si quieres compañía. O estar sola. Lo que necesites.
Era la misma voz del estratega, pero el plan que ofrecía no era de manipulación, sino de espacio. Le estaba dando terreno para retirarse, para pensar, para decidir sin su sombra sobre ella.
—No voy a huir —aclaró Aleska, levantándose. Sus piernas la sostenían con firmeza.
—Y no voy a la playa. Me quedo aquí. Pero no… no puedo compartir tu cama esta noche. Ni tu mesa. Necesito estar sola con esto.
—Entendido —fue todo lo que dijo Drago. No hubo súplica, ni un ápice de presión sentimental. Era como si, al confesar, hubiera aceptado todas las posibles consecuencias, incluyendo esta distancia.
Aleska dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo. Lo miró por encima del hombro. Él estaba junto a la mesa, una figura poderosa, pero de repente muy sola en la fría luz del bunker.
—Una pregunta —dijo ella—. ¿Me lo hubieras dicho alguna vez si Valentina no estuviera buscando el documento?
Drago sostuvo su mirada, sin pestañear.
—No lo sé —contestó, con una honestidad que cortaba más que cualquier mentira piadosa.
—Quisiera decir que sí, que habría llegado el momento. Pero la verdad es que soy un cobarde con algunas cosas. Y esta… esta es la más pesada. Tal vez no. Tal vez habría vivido con el alivio de que no lo supieras. Eso también te lo debo.
Aleska asintió lentamente. No era la respuesta que hubiera querido, pero era verdadera. Y en su mundo nuevo, construido sobre mentiras estratégicas, la verdad, por cruda que fuera, era la única moneda que valía algo.
—Gracias —murmuró, y no estaba segura de por qué lo decía. ¿Por la verdad? ¿Por el espacio? ¿Por no tratarla como una tonta?
Salió del búnker. La puerta blindada se cerró a sus espaldas con un sonido sordo, aislando a Drago y su culpa en el corazón de acero del edificio.
El camino a sus habitaciones privadas (un ala entera del penthouse que ahora era suya) le pareció infinito. Cada lujo, cada obra de arte, cada ventana con vista a la ciudad, ahora parecía gritarle el mismo secreto: "Esto se construyó sobre un cadáver. Tú vives sobre un cadáver."
Al cerrar la puerta de su suite, se desplomó contra ella, no por debilidad, sino por el peso súbito. Su mirada cayó en sus propias manos. Las manos que él había enseñado a sostener cubiertos de plata y a firmar documentos poderosos. ¿Eran ahora las manos de la cómplice de un asesino?
Pero otra voz, más baja, más fría, surgió desde el fondo donde vivía la chica del almacén: "Él te salvó. Él te hizo fuerte. Él te dio la venganza. Y te acaba de dar el poder para destruirlo. ¿Qué más prueba de confianza necesitas?"
Se empujó alejándose de la puerta y se acercó al ventanal. La ciudad brillaba, indiferente. Tenía una decisión que tomar. No solo sobre Drago. Sobre sí misma. ¿Quién era Aleska Krutoy? ¿La víctima redimida? ¿La esposa de un criminal? ¿La Vengadora? ¿O simplemente una mujer que, por primera vez en su vida, tenía el poder real de elegir su propio camino, con los ojos bien abiertos?
Drago tenía razón. Necesitaba tiempo. Pero una cosa ya sabía: la respuesta no vendría del miedo, ni de la gratitud, ni siquiera del amor incipiente que tal vez sentía. Vendría de la misma fría lógica que había usado para enfrentar a Clarissa. Era un cálculo. El cálculo más importante de su vida.
Y por primera vez, no tenía a Sofia ni a Drago para decirle qué hacer. La lección final, la verdadera, había comenzado.
Tres días. Setenta y dos horas de un silencio elocuente que llenó el penthouse. Drago no la buscó. Se encerró en su estudio o salió a trabajar, respetando el límite que ella había trazado con una precisión militar. Pero la casa, antes un escenario de entrenamiento y estrategia, comenzó a llenarse de un nuevo aroma.
A mantequilla dorada, a vainilla, a azúcar caramelizado.
Aleska no fue a la playa. No llamó a Sofía para desahogarse. Encontró su refugio en el único lugar del lujoso penthouse que parecía tangible, real: la cocina. No era la cocina de un chef, reluciente y fría, sino una cocina de desayuno, más íntima, con ventanas al amanecer.