Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 19: La guarida del león
Tres días después, Valeria tomó una decisión que heló la sangre de Laura y de su madre, pero que ella sabía que era necesaria.
Iba a aceptar la entrevista.
No para rendirse. No para caer en los brazos de Alejandro. Si no para entrar en su territorio, para verle la cara, para entender cómo funcionaba su mente en tiempo real. Y, sobre todo, para plantar una semilla de duda. Para hacerle creer que él había ganado, que su estrategia de aislamiento había funcionado, que ella estaba lista para "negociar".
Vistió con cuidado esa mañana. No con ropa cara ni provocativa, sino con un conjunto sencillo y profesional que su madre le había ayudado a elegir. Quería parecer vulnerable, pero no rota. Asustada, pero no derrotada.
—Recuerda —le dijo Laura en la puerta de su casa, ajustando el cuello de la chaqueta de Valeria—. Mantén la calma. No firmes nada. No aceptes nada. Solo escucha. Y si te sientes en peligro...
—Tengo el botón de emergencia en el teléfono —interrumpió Valeria, mostrando la pantalla configurada para llamar a la policía con un solo toque—. Y te enviaré mi ubicación en tiempo real. Estarás fuera, en el café de la esquina, ¿verdad?
—Estaremos ahí. Tu madre y yo. Y si no sales en una hora, entraremos nosotras mismas, aunque tengamos que derribar la puerta.
—Espero que no sea necesario.
El edificio de Rivas Conglomerados era una torre de cristal y acero que se alzaba sobre el centro de la ciudad como un monumento al poder. Desde la calle, parecía tocar el cielo. Las puertas giratorias de la entrada brillaban bajo el sol matutino, y los guardias de seguridad en el lobby vigilaban cada movimiento con una rigidez militar.
Valeria cruzó el umbral con el corazón latiendo con tal fuerza que lo sentía en su garganta. En la otra vida, había estado allí innumerables veces. Había asistido a eventos en el piso superior, había esperado en el lobby mientras Alejandro terminaba reuniones, había sonreído a los empleados que la miraban con una mezcla de envidia y lástima que ella había preferido ignorar.
Pero esta vez era diferente. Esta vez, ella no era la esposa decorativa. Era el enemigo.
—Valeria Soto —dijo al llegar al mostrador de recepción, con una voz más firme de lo que sentía—. Tengo una cita con el Sr. Rivas.
La recepcionista, una mujer joven con un uniforme impecable, consultó su pantalla.
—Por supuesto, Srta. Soto. El Sr. Rivas la está esperando. Piso 40. Camila la acompañará.
El ascensor privado olió a madera de cedro y cuero nuevo. Las paredes estaban forradas de espejos que reflejaban su imagen infinitamente, multiplicando su ansiedad. Cuando las puertas se abrieron en el piso 40, Camila Vega la esperaba con su sonrisa profesional y su traje sastre.
—Qué bueno verte por aquí, Valeria —dijo, con un tono que sugería que sabía exactamente por qué había aceptado—. El Sr. Rivas está muy complacido con tu decisión. Te aseguró que no te arrepentirás.
—Solo estoy aquí para escuchar —respondió Valeria, manteniendo la cabeza alta—. No he decidido nada.
—Naturalmente, por aquí.
La oficina de Alejandro ocupaba todo un lado del edificio, con ventanas panorámicas que ofrecían una vista de la ciudad que parecía la de un dios mirando a sus súbditos. Los muebles eran de diseño moderno, caros pero fríos, calculados para impresionar y dominar.
Alejandro estaba de pie junto a la ventana, dando la espalda a la puerta, con una taza de café en la mano. Cuando Valeria entró, se giró lentamente, con esa sonrisa suave que ella conocía demasiado bien, la sonrisa que había visto en sueños y pesadillas.
—Valeria —dijo, extendiendo los brazos como para darle la bienvenida a casa—. Me alegra que hayas venido. Sabía que lo harías. Eres inteligente. Sabes cuándo una batalla está perdida.
—No he venido para rendirme —respondió ella, deteniéndose en medio de la oficina, negándose a sentarse en las sillas que él le ofrecía con un gesto—. He venido para entender. ¿Qué quieres de mí?
Alejandro dejó la taza sobre el escritorio y caminó hacia ella, rodeándola con una calma depredadora. Se detuvo a su espalda, lo suficientemente cerca para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo, pero sin tocarla.
—¿Qué quiero? —repitió, con la voz baja y suave—. Quiero lo que siempre quise, Valeria. Quiero tenerte. Quiero que seas parte de esto —señaló la ciudad a través del cristal—. Quiero que estés a mi lado mientras construyo un imperio. Quiero que seas la madre de mis hijos, la anfitriona de mis eventos, la compañera que necesita un hombre en mi posición, es simple. También quiero poner a tus pies la vida que mereces, si lo piensas bien, puedes obtener cualquier cosa que desees.
—¿Simple? Me quitaste a mi amigo. Me acosas. Me amenazas. ¿Eso es simple para ti?
—Fue necesario. Daniel era una distracción. Un obstáculo menor. Ahora está donde debe estar, lejos, construyendo su propio futuro sin interferir en el tuyo. Deberías agradecerme. Te he dado la oportunidad de deshacerte de él lastre sin tener que hacerlo tú misma. Este es el tipo de lugar en el que mejor encajas.
—No era lastre. Era la única persona que me veía de verdad.
Alejandro se rio, un sonido seco y desprovisto de humor. Se movió frente a ella, acorralándola contra el escritorio.
—¿Te veía? ¿Crees que un estudiante pobre sin futuro te puede ver de verdad? Solo veía lo que quería ver, Valeria. Una mujer bonita, inalcanzable, un sueño. Yo te veo de verdad. Veo tu potencial. Veo lo que podemos ser juntos. Y sé exactamente lo que necesitas, aunque tú no lo sepas.
—¿Y qué necesito?
—Necesitas estructura. Necesitas alguien que te guíe. Llegaste a mi vida sin nada, ¿recuerdas? Sin nombre, sin dinero, sin conexiones. Yo puedo darte todo eso. Puedo hacer de ti una reina. Solo tienes que hacer una cosa.
—¿Qué?
—Dejarte llevar. Dejar de pelear. Dejar de resistir. Confía en mí. Yo cuidaré de ti.
Valeria sintió náuseas. La voz de Alejandro era hipnótica, un veneno dulce que prometía seguridad a cambio de sumisión. Era la misma promesa que había aceptado en la otra vida, la misma jaula dorada en la que había vivido hasta que la mató.
Pero esta vez, ella conocía el final de la historia.
—¿Y si digo que no? —preguntó, manteniendo la voz firme—. ¿Si me voy ahora y no vuelvo?
Alejandro dejó de sonreír. Su rostro se volvió una máscara de hielo, los ojos oscuros vacíos de cualquier emoción reconocible.
—Entonces tendré que convencerte de otra manera. No quiero hacerlo, Valeria. Prefiero que vengas por tu propia voluntad. Pero aunque seas inteligente o seas difícil, al final el resultado será el mismo. Eres mía. Lo eras desde el momento en que te vi. Y lo serás, de una forma u otra.
El aire en la oficina se volvió denso, irrespirable. Valeria sintió el borde del escritorio contra la espalda, la presencia de Alejandro acercándose más, la ventana panorámica a su lado como un abismo de cristal.
—Nadie es propiedad de nadie —susurró ella, pero la voz le falló.
—Eso es lo que creen los que no tienen poder. Los que lo tenemos, sabemos la verdad. Todo tiene un precio. Todo se puede comprar. Y tú, mi querida Valeria, ya has sido comprada. Solo falta la entrega.
Alejandro levantó la mano y tocó su mejilla con una delicadeza que heló la sangre de Valeria. Fue el mismo gesto que había hecho en el suelo de mármol, momentos antes de que ella muriera. Un gesto de propiedad, de posesión absoluta.
—Piénsalo —dijo él, retirándose un paso y volviendo a su tono de caballero educado—. Tienes una semana. La oferta de pasantía sigue en pie. El viernes próximo, espero tu respuesta. Si no... tendré que tomar otras medidas. Y no te gustarán.
Valeria se apartó del escritorio, con las piernas temblorosas pero la voluntad intacta. Caminó hacia la puerta sin mirar atrás, consciente de que los ojos de Alejandro seguían cada uno de sus movimientos.
Cuando el ascensor se cerró, permitiéndose respirar de nuevo, Valeria sacó el teléfono. El botón de emergencia no había sido necesario. Pero la locación estaba siendo enviada a Laura en tiempo real.
Entró en el lobby, cruzó las puertas giratorias, y salió a la calle, donde el aire fresco la golpeó como una bofetada necesaria. Laura y su madre la esperaban en la esquina, con los rostros pálidos de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó su madre, abrazándola de inmediato.
Valeria se dejó abrazar, sintiendo el calor de los brazos familiares, el contraste brutal con la frialdad de la oficina que acababa de dejar.
—No —respondió honestamente—. No estoy bien. Pero sé lo que tengo que hacer.
Miró hacia arriba, hacia la torre de cristal que se alzaba sobre ellos, hacia el piso 40 donde un hombre la creía acorralada.
—Sé exactamente qué tengo que hacer.