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Secretos Y Pecados.

Secretos Y Pecados.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Reencuentro / Amor-odio / Mundo de fantasía / Amor a primera vista / Romance
Popularitas:320
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.

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Capítulo 17: Rances

...Rances ...

Cuando emprendimos el regreso hacia la zona del estanque, el destino decidió jugar su carta. Una enredadera rastrera se enredó en su tobillo. Vi cómo perdía el equilibrio y, por puro instinto, extendí mi mano para sujetarla del brazo. Sin embargo, el impulso de su caída fue mayor que mi punto de apoyo. El suelo, inclinado y resbaladizo por el musgo, nos traicionó a ambos.

En ese milisegundo de caída libre, mi único pensamiento fue protegerla. La rodeé con mis brazos, pegándola a mi pecho para que mi cuerpo absorbiera el impacto contra las rocas o el suelo. Rodamos por la pendiente, hasta que el mundo se sumergió en el frío repentino del estanque natural.

El impacto con el agua nos hundió profundamente. Esmeralda soltó un grito de terror antes de ser cubierta por el río. Al emerger, la situación se volvió caótica. Ella entró en pánico, enrollando sus brazos alrededor de mi cuello con una fuerza desesperada y sujetando mi cintura con sus piernas. Estaba temblando violentamente.

—¿Está bien? —logré preguntar, tratando de mantenernos a flote mientras el peso de ambos y la ropa empapada nos tiraban hacia abajo.

—Sí... es que... tengo mucho miedo... ¡No sé nadar! —exclamó con los ojos llenos de una angustia pura.

—No se preocupe. Tranquila. Ya vamos a salir —dije, intentando proyectar calma.

Nunca he sido un hombre dado al contacto físico. Mi vida ha sido un desierto de afecto corporal, limitado a apretones de manos firmes en salas de juntas. Tenerla así de cerca, sintiendo su respiración entrecortada contra mi cuello y su cuerpo aferrado al mío como a un náufrago, provocó un cortocircuito en mi sistema. Sin embargo, mi prioridad era su seguridad. Nadé con dificultad hacia la orilla, sintiendo el esfuerzo en mis músculos, hasta que mis pies tocaron el fondo.

Al salir, ella no me soltó de inmediato. Tenía los ojos cerrados, el rostro escondido en el hueco de mi hombro. En ese momento, bajo la luz que comenzaba a teñirse de naranja por el atardecer, pude observarla. Esmeralda poseía una belleza perfecta, casi matemática en su proporción: pestañas larguísimas que retenían gotas de agua como diamantes, un perfil delicado y unos labios rosados que temblaban por el frío. Se veía tan indefensa que sentí una punzada de algo parecido a la ternura, un sentimiento que no sabía cómo categorizar.

—Ya puede abrir los ojos, señorita. Estamos en tierra firme —le dije con suavidad.

Ella se separó lentamente, dándose cuenta de la posición en la que estábamos. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, una mezcla de vergüenza y frío. El agua había vuelto su ropa casi transparente, revelando la silueta de su cuerpo con una desnudez involuntaria que ella intentó cubrir rápidamente con sus manos.

—De verdad, muchas gracias... —dijo, bajando la mirada—. Mi intención no era que termináramos así. Salí temprano caminando para explorar la naturaleza, no pensé que fuera tan peligroso.

—No se preocupe, lo importante es que está ilesa —respondí, tratando de ser pragmático para aliviar su incomodidad—. Mi Jeep está estacionado a unos pasos de aquí. El sol se está ocultando y la temperatura va a bajar drásticamente. Si se queda aquí empapada, se enfermará. Tome las llaves, espéreme dentro con la calefacción encendida mientras termino de recoger lo que vine a buscar. No me tomará más de una hora.

Ella aceptó las llaves con manos temblorosas y se dirigió al vehículo. Yo, por mi parte, me obligué a caminar hacia la cueva. El frío del agua se filtraba en mis huesos, pero mi mente estaba inusualmente acelerada. En la cueva, trabajé con una rapidez febril. Extraje alrededor de ochenta muestras de minerales. Conocía el terreno perfectamente gracias a las visita anterior con la Dra. Videla, lo que me permitió terminar en menos tiempo del previsto.

Al regresar al Jeep, la escena que encontré me detuvo. Esmeralda se había quedado dormida en el asiento del copiloto, vencida por el agotamiento y el choque emocional. Sus cabellos mojados goteaban sobre su rostro, dibujando senderos de agua sobre su piel clara. Me quedé observándola un momento, fascinado por la vulnerabilidad que emanaba. Sin ser consciente de lo que hacía, extendí mi mano y aparté con cuidado un mechón de su cara.

Al sentir mi tacto, ella no se asustó. En su estado de somnolencia, buscó mi mano con la suya y la apretó con suavidad. Abrió los ojos lentamente, encontrándose con mi mirada.

—Aquí estás... —susurró, con una voz cargada de una confianza que me desarmó. Luego, al recobrar el juicio, soltó mi mano y se disculpó rápidamente.

—No se preocupe, señorita —dije, recuperando mi máscara de formalidad—. Déjeme colocarle el cinturón de seguridad para irnos.

—Gracias... pero, por favor, solo dime Esmeralda.

—Esmeralda... —repetí. El nombre sonaba distinto en mi boca, menos clínico, más humano. Soy una persona de etiquetas. Mantengo las distancias incluso con Rodrigo, a quien respeto profundamente pero con quien rara vez comparto un gesto de afecto físico. Pero con ella, algo era diferente. Transmitía un aura de fragilidad que despertaba un instinto protector que yo, un hombre de ciencia, no lograba explicar mediante la biología.

Conduje durante una hora por el camino sinuoso hasta llegar a su casa. Al detener el vehículo frente a su puerta, me bajé para ayudarla a salir, cumpliendo con la caballerosidad que mis padres me inculcaron antes de partir. Ella me dio las gracias una vez más y comenzó a caminar hacia la entrada.

De repente, se detuvo.

—¡Rances, espera! —gritó, corriendo de vuelta hacia mí.

Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con un abrazo lleno de fuerza. Fue un abrazo demorado, uno de esos que no buscan nada más que transmitir gratitud y calidez. Me quedé rígido por un segundo, mi cerebro intentando procesar la invasión de mi espacio personal, pero luego mis hombros se relajaron. Ella me miró fijo a los ojos, su rostro a escasos centímetros del mío.

—No olvidaré lo de hoy —dijo con seriedad—. Si alguna vez necesitas una mano en este lugar, cualquier cosa, cuenta con mi apoyo. Te lo digo de corazón.

Me soltó y corrió hacia el interior de la casa. Me quedé allí, solo bajo el cielo estrellado sintiendo todavía el calor de su abrazo en mi pecho. "Apoyo", pensé. Realmente no creía necesitar la ayuda de una joven botánica para mis investigaciones, pero su ofrecimiento no era lógico, era emocional. Ella me transmitía un sentimiento de protección casi sagrado, como si fuera una figura de cristal que debía evitarse que se quebrara.

Regresé al laboratorio, entregué las muestras y finalmente llegué a mi casa. El frío de la ropa mojada ya era insoportable. Necesitaba una ducha caliente, una cena sencilla y, sobre todo, intentar dormir. Mientras el agua caliente caía sobre mis hombros, tuve que admitir que el encuentro con esa chica había roto todos mis hábitos y protocolos. Pero, contra todo pronóstico biológico, me agradó. Esmeralda se había convertido en una variable imprevista en mi ecuación, y por primera vez en mi vida, no tenía prisa por resolverla.

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Estefaniavv
🥰🥰👏
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