Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPÍTULO 18 - LO QUE NO FUE ANUNCIADO
El tacón de aguja tocó el suelo del aeropuerto con un sonido firme, preciso, imposible de ignorar. No caminaba; avanzaba.
Cada paso suyo tenía intención, dominio, costumbre. La tela de su abrigo de diseñador se movía con elegancia alrededor de su cuerpo, revelando apenas lo suficiente para dejar claro que todo en ella había sido cuidadosamente elegido: el corte perfecto, el color exacto, el perfume que dejaba un rastro sutil pero inolvidable.
Hermosa. Refinada. Impecable. Y peligrosa.
Sus gafas oscuras ocultaban su mirada, pero no la tensión en su mandíbula, ni la rigidez en sus hombros. No había llegado relajada. Había llegado… esperando algo. O a alguien.
—¡Por fin!
Una voz femenina rompió el murmullo del aeropuerto.
Otra mujer, igual de elegante, corrió hacia ella. Su vestido entallado, su bolso exclusivo, su forma de moverse… todo gritaba el mismo mundo.
El mismo nivel. La misma arrogancia. Se abrazaron brevemente. Más por costumbre que por afecto.
—Llegas tarde —dijo la recién llegada, quitándose las gafas con un gesto lento.
Y entonces se revelaron sus ojos. Oscuros. Intensos. Impacientes.
—El vuelo se retrasó —respondió la otra, algo nerviosa—. Ya sabes cómo son estas cosas.
Pero no. No lo sabía. Porque no le importaba.
—¿Dónde está Adrián?
La pregunta fue inmediata. Sin saludo real. Sin rodeos. Directa. Como todo en ella.
La otra mujer dudó. Un segundo. Tal vez dos. Pero fue suficiente.
—Yo…
—¿Dónde está? —repitió, esta vez más fría.
La incomodidad se volvió evidente.
—Hay algo que… debes saber.
Silencio. Pesado. Denso.
—Habla.
—Adrián…
La mujer tragó saliva.
—Se casó.
El mundo pareció detenerse. Literalmente. Como si todo sonido alrededor se hubiera apagado. Como si el aire hubiera desaparecido.
—¿Qué?
La palabra salió baja. Peligrosa.
—Ayer… —continuó la amiga, con cuidado—. La boda fue ayer.
El silencio se rompió. Pero no con palabras. Con una risa. Corta. Incrédula.
—No.
Negó lentamente.
—No.
—Es verdad…
—No.
Esta vez más firme. Más fuerte.
—No puede ser.
Sus ojos brillaron. No de tristeza. De furia.
—¿Con quién?
La amiga dudó. Otra vez.
—Con… Isabella Luján de Alvarenne.
El nombre cayó como una provocación.
—¿Quién?
La incredulidad se mezcló con desprecio.
—Una… —la amiga buscó las palabras— heredera. De la familia De Alvarenne.
Silencio. Pero no uno tranquilo. Uno que anunciaba algo peor.
—¿Esa…?
Sus labios se curvaron apenas.
—¿Esa niña superficial?
La amiga no respondió. No hacía falta.
—¿Esa fue la elegida?
Su voz subió ligeramente.
—¿Esa fue la mujer con la que decidió casarse?
La incredulidad se transformaba en algo más. Algo más oscuro.
—No es cualquier mujer…
—Para mí lo es.
Cortante. Fría. Definitiva.
—¿Cómo pudo…?
Se giró, caminando unos pasos como si necesitara espacio para procesarlo. Pero no lo estaba procesando. Lo estaba rechazando.
—Yo era su prometida.
La confesión salió como una verdad absoluta. Indiscutible.
—Él me lo prometió.
La amiga cerró los ojos un segundo.
—Las cosas cambiaron…
—¡No!
Se giró bruscamente.
—No cambian así.
—No de un día para otro.
—No sin razón.
Su respiración se volvió más rápida.
—¿Qué pasó?
—No lo sé…
—¿No lo sabes?
Su risa fue amarga.
—¿Y para qué estás aquí entonces?
El golpe fue directo. La amiga bajó la mirada.
—La boda fue… perfecta.
Silencio.
—Todos estaban ahí.
—Fue un evento enorme.
Cada palabra era gasolina.
—La llaman la boda del año.
Eso fue suficiente. El rostro de la mujer cambió. No en expresión. En esencia. Algo en ella se endureció. Se cerró. Se volvió peligroso.
—¿Y él?
La pregunta fue más baja. Más controlada.
—¿Se veía feliz?
La amiga dudó.
—No lo sé…
—Mientes.
—No…
—Mientes.
Sus ojos se clavaron en ella.
—Dímelo.
Silencio.
—Se veía… tranquilo.
Eso fue peor. Mucho peor.
—Tranquilo…
Repitió. Como si saboreara la palabra.
—¿Tranquilo mientras se casa con otra mujer?
Sus manos se cerraron en puños.
—No.
Negó.
—No.
—Esto no termina aquí.
La amiga la miró con preocupación.
—Tal vez deberías dejarlo…
—¿Dejarlo?
Su risa fue peligrosa.
—¿Dejarlo?
Se acercó un paso.
—¿Tú dejarías algo que es tuyo?
El silencio fue la única respuesta.
—Porque Adrián Valcari…
Su voz bajó. Pero se volvió más firme. Más fría. Más definitiva.
—Es mío.
El aire pareció tensarse.
—Siempre lo ha sido. Y siempre lo será.
La amiga tragó saliva.
—Ellos ya están de luna de miel…
—¿Dónde?
La pregunta fue inmediata.
—No lo sé con exactitud… pero escuché que es un viaje por todo el mundo.
Eso no ayudaba. Pero tampoco la detenía.
—No importa.
Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa.
—Los encontraré.
—Y cuando lo haga…
La pausa fue breve. Pero cargada.
—Todo volverá a su lugar.
La amiga la miró. Como si no la reconociera del todo. Como si supiera que lo que venía… no iba a ser simple.
—Clara…
La llamó en voz baja. Y ahí estuvo. Natural. Sin esfuerzo.
—Esto puede complicarse.
Clara soltó una risa suave. Pero sin humor.
—Siempre lo hace.
La amiga suspiró.
—Sabes que no eres la única que pierde en esto.
Clara ladeó la cabeza.
—Yo no pierdo.
Silencio.
—Nunca.
La otra mujer la miró unos segundos más. Y finalmente habló.
—Entonces será mejor que te prepares, Valentina…
Su voz fue baja.
—Porque esta vez no estás sola en el juego.
Y en ese momento… algo quedó claro.
Esto no había terminado. A penas había comenzado.
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Muy lejos de ahí… en el cielo… todo era distinto. Más silencioso. Más íntimo. Más peligroso. El avión avanzaba entre nubes suaves, dejando atrás una ciudad que ya no importaba.
Un nuevo destino los esperaba.
El primero de muchos.
París. La ciudad de las luces. Del romance. De las promesas.
Irónico.
Yo estaba sentada junto a la ventana. Observando. Pensando. Sintiendo.
A mi lado… Adrián. Cerca. Presente. Real.
—¿En qué piensas?
Su voz fue suave. Giré ligeramente el rostro.
—En nada importante.
Mentí. Él no insistió. Pero tampoco dejó de mirarme.
—Será un mes largo.
—Lo sé.
Silencio.
—Podemos aprovecharlo.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Para qué?
—Para conocernos.
La palabra quedó suspendida. Peligrosa.
—Somos esposos.
Añadió. Como si eso lo explicara todo. Y tal vez lo hacía. Porque eso era lo que éramos ahora.
Esposos. En nombre. En apariencia. Y pronto… en todo lo demás.
Volví a mirar por la ventana. Las nubes. El cielo. Lo desconocido.
Y por primera vez… sentí algo más fuerte que el miedo. Algo que no debía estar ahí. Pero estaba. Creciendo. Silencioso. Imparable.
Porque mientras alguien, en algún lugar, planeaba destruirlo todo… yo estaba a punto de perderme en algo que no debía sentir.
Y esta vez… no sabía si podría detenerlo.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰