Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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El Espejo Roto y la Visita del Rey
Eleanor Bianchi
Dejé a Paipper en el diván de la biblioteca, envuelto en una manta de lana gruesa que contrastaba con su fragilidad. Se había quedado dormido mientras murmuraba mi nombre, con esa devoción trágica que me oprimía el pecho. Sus palabras seguían martilleando en mi cabeza: “Fuera de este vínculo, yo ya no existo”. Era una carga demasiado pesada para alguien que, hasta hace unas semanas, solo se preocupaba por llegar a fin de mes en un mundo donde lo más peligroso era el tráfico matutino.
Me levanté con las piernas pesadas, sintiendo el cansancio de mil años acumulado en mis huesos. El silencio de la mansión era denso, interrumpido solo por el crujido de la madera vieja. Caminé hacia mi habitación, pero a medida que avanzaba, la ropa que llevaba puesta —manchada de sangre seca, ceniza y el sudor de la batalla— empezó a estorbarme como si fuera una segunda piel hecha de espinas.
Me desabroché la capa y la dejé caer en el pasillo. Luego siguieron los guantes de cuero, el cinturón con la funda de la espada y la chaqueta de seda negra que ahora estaba desgarrada. Fui dejando un rastro de mi armadura Bianchi por la alfombra roja, una estela de mi propia derrota personal hasta llegar a la puerta de mi cuarto de baño. Me sentía sucia, no solo por fuera, sino por dentro. El poder que ahora vibraba en mis venas se sentía como un parásito alimentándose de mi confusión.
Entré al baño, una estancia de mármol blanco y grifería de oro que brillaba bajo la luz mortecina de las velas. Abrí la llave y esperé a que el agua estuviera tibia. El vapor comenzó a llenar la habitación, creando una atmósfera de ensueño que tanto necesitaba. Me deslicé dentro de la ducha, cerrando los ojos mientras el agua golpeaba mi espalda, llevándose consigo la suciedad del inframundo.
Esto tiene que ser un sueño, pensé, apoyando la frente contra el azulejo frío. Un sueño lúcido, una coma inducido, un delirio febril.
Por más que la adrenalina de la batalla me hubiera hecho sentir viva, por más que la mirada de Paipper me hubiera conmovido hasta las lágrimas, una parte de mí gritaba por volver. Quería mi mundo aburrido. Quería mi café tibio por la mañana, las facturas por pagar, el sonido de los coches, la normalidad de ser nadie. Deseaba volver a ser yo, la mujer que no tenía que decidir sobre la vida y la muerte de demonios.
Desde que volví a este cuerpo, después de aquel breve lapso de "claridad", intenté despertar mil veces. Me pellizqué hasta sacarme sangre, cerré los ojos con fuerza rezando a un Dios en el que no creo, pero nada funcionó. Todo era real. El dolor en mis muñecas era real. El peso de la espada en mi mano era real. El desprecio de Odette y el sacrificio de mi conejo eran reales.
— Si hay un misterio que resolver... —susurré entre el ruido del agua—, que sea rápido. No pertenezco a este trono de cenizas.
Me pasé la esponja por los hombros, tratando de borrar la sensación de las garras del demonio cuervo que casi me matan. Estaba tan absorta en mis pensamientos, en ese deseo desesperado de encontrar la "llave" para regresar a mi vida anterior, que bajé la guardia.
De repente, un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del agua me recorrió la nuca. Esa sensación de ser observada, de que el espacio personal se reducía a nada. Me di la vuelta con el corazón en la boca y el grito se escapó de mi garganta antes de que pudiera procesar la imagen.
— ¡Ahhh! —grité, intentando cubrir mi desnudez con los brazos, retrocediendo hasta chocar con la pared de la ducha—. ¡Vete! ¡Sal de aquí!
Frente a mí, apoyado en el marco de la puerta que juraría haber cerrado, estaba Gio.
Él no se inmutó por mi grito. Su figura imponente llenaba el baño, y sus ojos dorados, brillantes como monedas recién acuñadas, me observaban con una calma que me resultó insultante. No había lascivia en su mirada, al menos no de la forma humana; era la mirada de un depredador observando una pieza curiosa.
— ¿Qué haces aquí? —logré decir, mi voz temblando de rabia y vergüenza—. ¡Este es un lugar privado! ¡Vete ahora mismo!
— Cuidado con el tono, duquesita —dijo él, dando un paso hacia adelante. El vapor parecía evitarlo, abriéndose a su paso—. Te recuerdo que, aunque seas mi "ama" por un tecnicismo del destino, el rey del inframundo soy yo. Y no hay nada en este reino, ni en este castillo, que sea privado para mí si decido que no lo sea.
Su voz era como el terciopelo rozando una herida abierta. Gio avanzó hasta quedar a centímetros de la mampara de cristal. Su presencia era tan abrumadora que el agua de la ducha pareció perder su calor.
— Ahora, dime —continuó él, inclinando la cabeza—, ¿cuál es el plan realmente? No me diste una respuesta clara ahí abajo. Estás tramando algo y no me gusta que me oculten piezas del tablero.
Intenté recuperar la compostura, aunque el agua seguía cayendo sobre mí y me sentía vulnerable como nunca.
— Mañana... —comencé, tratando de que mi voz no flaqueara—, me invitaron a una fiesta en la mansión Moonlight. La duquesa Roberta mencionó algo sobre un consejo de nobles, pero sé que hay más. Creo que ahí es donde descubriré qué es lo que realmente corre por mis venas y cómo terminar con esta farsa.
— La mansión Moonlight —repitió él, saboreando las palabras—. Un nido de víboras que juegan a ser dioses. Es peligroso.
— Por eso deseo ir contigo —dije, desafiándolo con la mirada—. Eres el más fuerte. Si vas tú, nadie se atreverá a tocarme.
Gio soltó una risa baja, una vibración que sentí en el suelo bajo mis pies.
— Ni lo sueñes. No soy tu guardaespaldas personal de eventos sociales, Eleanor. Tengo mis propios asuntos que atender en las capas inferiores.
— Bueno —respondí, apretando los dientes—, entonces creo que será Azrael. Él es un vampiro, sabe cómo moverse entre la nobleza y...
Antes de que pudiera terminar la frase, Gio extendió la mano y golpeó la pared de mármol justo al lado de mi cabeza. El estruendo resonó en todo el baño. Sus ojos se entrecerraron, y por un momento vi la oscuridad absoluta que habitaba en su interior.
— A mí no podrás engañarme —susurró, acercando su rostro al mío a través del vapor—. Tú no eres Eleanor Bianchi. No sé cómo, ni qué tipo de magia retorcida usaste, pero eres alguien más habitando su cuerpo. La Eleanor que yo conocía era una mujer consumida por el odio y la debilidad. Tú... tú tienes un fuego que no le pertenece. Y ese miedo que veo ahora mismo en tus pupilas... no es el miedo de una duquesa, es el miedo de una intrusa.
Me puse nerviosa de inmediato. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Sus palabras dieron en el blanco con una precisión quirúrgica. Me sentí descubierta, desnuda en más de un sentido. En un arrebato de indignación y nerviosismo, intenté apartarlo.
Me olvidé por un segundo de mi falta de ropa y aparté los brazos para empujar su pecho, buscando espacio, buscando aire.
— ¡No digas estupideces! —exclamé, aunque mis manos temblaban contra su torso firme—. ¡Soy yo! ¡He cambiado porque casi muero, eso es todo!
Pero al desprotegerme para empujarlo, mi cuerpo quedó totalmente expuesto ante él bajo la luz de las velas y el agua que resbalaba por mi piel. Me quedé helada al darme cuenta de mi error. Gio no se movió. Su mirada bajó lentamente, recorriéndome de arriba a abajo con una parsimonia que me hizo arder la piel de una forma que no era el agua caliente.
El silencio se volvió eterno. Solo se escuchaba el goteo del agua. Sus ojos se detuvieron en la marca que el poder de los Bianchi estaba dejando en mi cadera, una especie de runa plateada que brillaba débilmente bajo la piel.
— Lindo —dijo finalmente, con una voz que recuperó su tono burlón y distante—. Sumamente lindo.
Gio dio un paso atrás, rompiendo la tensión que casi nos hace estallar a ambos. Se dio la vuelta con una elegancia felina, dándome la espalda sin el más mínimo rastro de arrepentimiento por haber invadido mi intimidad.
— Prepárate para mañana, "Eleanor" —dijo mientras caminaba hacia la puerta—. Si vas a la mansión Moonlight, asegúrate de que tu actuación sea perfecta. Porque si los otros nobles huelen lo que yo acabo de descubrir, no habrá suficiente luz blanca en el mundo para salvarte de lo que te harán.
Se marchó sin cerrar la puerta, dejándome allí, temblando bajo el agua tibia que ahora se sentía helada. Me dejé caer al suelo de la ducha, abrazando mis rodillas.
Él lo sabe, pensé con terror. Sabe que soy una impostora.
Pero lo que más me asustaba no era que Gio me hubiera descubierto. Lo que me aterraba era que, por un segundo, cuando sus ojos dorados me recorrieron bajo el agua, no quise que se fuera. Y eso, en este mundo de demonios y traiciones, era la sentencia de muerte más peligrosa de todas.
Cerré la llave del agua y me quedé en la penumbra, escuchando el eco de sus pasos alejándose, mientras la runa en mi cadera empezaba a arder con una intensidad nueva. Mañana en la mansión Moonlight no solo se decidiría el destino del ducado; se decidiría si yo era capaz de sobrevivir a la mentira que se había convertido en mi vida.
Me sequé rápidamente y me puse una bata de seda roja, tratando de ignorar el rastro de ropa en el pasillo. Al salir, eché un vistazo hacia la biblioteca. Paipper seguía durmiendo, ajeno al encuentro que acababa de tener. Lo envidié. Él tenía un vínculo real con una mujer que ya no existía, y yo... yo estaba atrapada con un rey demonio que podía ver a través de mi alma y una familia que quería verme muerta.
Mañana. Todo se resolvería mañana. O eso era lo que intentaba creerme mientras miraba mi reflejo en el espejo empañado y veía, por un instante, que mis propios ojos brillaban con un matiz dorado que no debería estar allí.