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Salvando Al Heredero

Salvando Al Heredero

Status: Terminada
Genre:Romance / Padre soltero / Hijo/a genio / Salvar al hijo enfermo / Completas
Popularitas:643.5k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Lobelia

​Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
​Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

El reloj de pared de la sala de espera del Hospital General del Sur avanzaba con una lentitud tortuosa. El segundero emitía un chasquido metálico que, para Liam Volkov, sonaba como el conteo de una bomba de tiempo. Llevaba exactamente cincuenta y ocho minutos sentado en aquella silla de plástico naranja, rodeado de una humanidad que normalmente evitaba: el llanto de un niño, el murmullo de una radio vieja y el persistente olor a sopa de hospital.

Cada fibra de su ser le gritaba que se levantara, que llamara al Ministro de Salud y que hiciera que arrestaran a esa doctora por insolencia. Pero entonces, la imagen de Ian —pálido, frágil y conectado a un respirador— se filtraba en su mente, aplastando su orgullo.

Finalmente, la puerta de la oficina se abrió. La Dra. Elena Ríos asomó la cabeza, con un estetoscopio colgando del cuello y una mancha de café fresca en su pantalón de patitos.

—Señor Vodka, pase. Si no se ha quedado pegado a la silla, claro —dijo ella con un tono que pretendía ser ligero, pero sus ojos delataban que había estado revisando expedientes con una intensidad feroz.

Liam entró en la oficina como un animal enjaulado que recupera su territorio. No esperó a que ella se sentara. Dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, con la mandíbula tan apretada que le dolían los oídos.

—Ya esperé. Ya jugamos a su juego de poder, doctora —dijo Liam, su voz era un susurro peligroso—. Mi hijo tiene siete años. Su corazón late fuera de ritmo porque una válvula decidió fallar. Cada minuto que usted pasa dándome lecciones de moral, es un minuto que él pierde de vida.

Él sacó una pluma de oro de su bolsillo interior y, con un movimiento rápido y agresivo, firmó un nuevo cheque de su chequera personal. Lo puso sobre la mesa, justo encima de los papeles de Elena.

—Ahí tiene. Un cheque en blanco. Ponga el número de ceros que su codicia o su justicia social requieran. Compre una planta entera para este hospital, jubílese en una isla privada, no me importa. Solo tome sus cosas y salve a mi hijo. Ahora.

Elena bajó la mirada hacia el papel rectangular. El silencio en la oficina se volvió denso, casi eléctrico. Liam esperaba que ella flaqueara; al fin y al cabo, todos tenían un precio. Había visto a políticos, jueces y modelos arrodillarse ante menos que eso.

Sin embargo, Elena no tomó la pluma. Se cruzó de brazos y miró a Liam directamente a los ojos. En su mirada no había avaricia, sino una profunda y auténtica lástima.

—¿Sabe cuál es su problema, señor Volkov? —preguntó ella suavemente—. Usted cree que el talento es un producto que se almacena en una estantería. Cree que porque su cuenta bancaria tiene diez dígitos, puede saltarse las leyes de la biología y de la decencia humana.

—Le estoy ofreciendo una fortuna —escupió él, desconcertado por su calma.

—Y yo le estoy diciendo que el dinero no compra el talento, y mucho menos compra el compromiso de un médico —Elena tomó el cheque entre sus dedos índice y corazón. Lo levantó como si fuera un trozo de basura—. Su actitud, su arrogancia de "dueño del mundo", es lo que aleja a la gente que realmente podría ayudarlo. Los médicos mediocres se deslumbrarán con su oro. Los médicos mediocres le dirán lo que quiere oír para quedarse con sus migajas. Pero los que somos capaces de salvar a un niño como Ian, no trabajamos por cheques. Trabajamos por la vida.

Con un movimiento seco y deliberado, Elena rasgó el cheque por la mitad. Luego volvió a rasgarlo hasta que solo quedaron pedazos diminutos que dejó caer sobre el regazo de Liam, como una lluvia de confeti humillante.

Liam se quedó inmóvil. El shock fue tan físico como si lo hubieran abofeteado. Nadie en sus treinta y cuatro años de vida le había negado algo, y mucho menos le había tirado su fortuna a la cara con tanto desdén. Sintió una oleada de calor subirle por el cuello; era una mezcla de humillación y una extraña, casi dolorosa, epifanía.

—Usted... acaba de desperdiciar la oportunidad de su vida —dijo él, aunque su voz sonaba menos firme que antes.

—No —respondió ella, poniéndose de pie y tomando su maletín médico—. Acabo de darle a usted la oportunidad de su vida: la oportunidad de entender que no todo es una transacción.

Elena caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y lo miró por encima del hombro. El brillo sarcástico de sus ojos había desaparecido, reemplazado por la seriedad profesional de una cardióloga de élite.

—Voy a ir al Hospital Central. Voy a evaluar a Ian y, si está en condiciones de ser intervenido por mi técnica, lo operaré.

Liam parpadeó, confundido por el cambio repentino.

—¿Acepta el trato? ¿A pesar de... todo?

—No hay "trato", señor Volkov. No lo hago por usted. No me importa su dinero, ni su empresa, ni su estatus. Lo hago por ética médica. Lo hago porque Ian es un niño de siete años que merece crecer, y porque yo hice un juramento que no incluía cláusulas sobre padres imbéciles.

Liam sintió un nudo en la garganta que se negó a tragar. Estaba acostumbrado a las negociaciones donde se ganaba o se perdía. Elena acababa de romper todas las reglas del juego. Ella aceptaba la misión, pero le arrebataba a él el control del proceso. Lo dejaba desarmado.

—¿Qué quiere a cambio? —insistió él, incapaz de procesar la generosidad desinteresada—. Nadie hace nada por nada.

Elena suspiró, y por un momento, Liam vio en ella un cansancio profundo, una humanidad que lo hizo sentir pequeño en su traje de mil dólares.

—Quiero que se aparte del camino —dijo ella—. Quiero que deje de tratar a los médicos como si fueran sus empleados domésticos. Y quiero que, cuando esté con su hijo, sea un padre, no un CEO de una lista de Forbes. Ian no necesita un administrador de fondos; necesita a alguien que le tome la mano cuando tenga miedo.

Elena salió de la oficina a paso rápido. Liam se quedó allí, solo, rodeado por el silencio de la pequeña habitación y los restos de su cheque esparcidos por el suelo. Se llevó una mano al pecho, sintiendo su propio corazón latir con fuerza.

Por primera vez en años, Liam Volkov sintió que no tenía el mapa de la situación. Se sentía expuesto, vulnerable y extrañamente aliviado.

Odiaba a esa mujer por su insolencia, por su ropa barata y por su lengua afilada. Pero, al mismo tiempo, sentía una chispa de esperanza que no había sentido en meses. Si alguien era lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a él, tal vez, solo tal vez, era lo suficientemente fuerte como para vencer a la enfermedad de su hijo.

Salió de la oficina e intentó alcanzarla en el pasillo.

—¡Doctora Ríos! —llamó él.

Ella no se detuvo, solo levantó una mano en un gesto de despedida mientras se subía a un viejo auto compacto que chirrió al arrancar.

Liam se quedó de pie en la acera del hospital público. El sol de la tarde empezaba a caer, bañando la ciudad de un tono dorado. Se subió a su propio coche de lujo, pero esta vez no encendió la radio para escuchar las noticias financieras. Condujo en silencio, procesando el hecho de que acababa de conocer a la única persona en el planeta que no quería nada de él, excepto su humanidad.

El choque de mundos apenas comenzaba, y Liam Volkov sospechaba que, al final de este viaje, nada de su antiguo mundo quedaría en

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mariela Robledo
Felicitaciones autora!!!! hermosa historia.
mariela Robledo
hahaja,este niño si que se pasa,anda co un ramo de flores y todo como en las peliculas,jajaj🤭
mariela Robledo
pero no se la habian llevado presa???
Olga Nempeque
Wow excelente historia aveces no sabiamos si llorar o reír
Olga Nempeque
Que tonta tienes los medicamentos sacalos o llama a Liam para advertirle lo que va a pasar y la verdad Saldrá
Olga Nempeque
Uff ya me cansó ese vieja no merece nads
Olga Nempeque
Humm ojalá esa bruja no se salga con la suya y logren ver lo que planea, por qué a pesar del dinero ni siquiera la manda a seguir, pareciera que ella tiene el mando total de la vida de Liam y de Ian aun de la doctora y eso no me agrada la hace ver la fuerte de la historia y los otros apenas si pude hacer algo
Olga Nempeque
Yo creí que había rotó lazos con la familia de Sabrina desde el momento que la hizo echar, entonces que pasó?
Olga Nempeque
Mucho imbécil las lágrimas de la bruja lo desarman jahh ni piensa en el hijo
Olga Nempeque
Hasta que por fin comienza a pensar tonto
Olga Nempeque
Tan bravo pero se deja mandar por sexo jahh como dicen perro que ladra no muerde y Liam es un perrito aparentemente bravo pero que obedece solo por cuerpo de la bruja que idiota
Jeni Dragan Eugenia
un tonto🤣
mariela Robledo
vamos revisa tu maleti x ultima vez,y date cuenta q tenes cosas q no son tuyas!!!! vamos a gnarle a esa serpiente!!! por favoooor
mariela Robledo
pero que hdrp!!!😡😡😡 porque se meten con el niño? peleen de frente cagones..
mariela Robledo
que hdp!!! dejo a su hijo??
mariela Robledo
Sabrina,no estaba en la comiaaria? y le advirtieron a lafamilia q no se metieran con ellos?? en que momento retrocedimos?
LUZ MARIA HERNANDEZ
no que está presa?
DAINADIE ZAMOR
Bonita historia
mariela Robledo
pero q hdp😡😡😡
DAINADIE ZAMOR
porque si es opcional descartarlo inmediatamente 🤭🤭🤭🤣🤣🤣🤣
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