¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 6
El trayecto de regreso desde la gala benéfica hasta el ático de Dante se realizó en un silencio que no era incómodo, sino cargado de una electricidad estática que hacía que el aire dentro del deportivo negro se sintiera pesado. Lía apoyaba la cabeza en el respaldo de cuero, observando cómo las luces de la ciudad se difuminaban a través del cristal. En su mano aún sentía el tacto de la fotografía antigua que Dante le había entregado en la terraza. Aquel pequeño pedazo de papel había actuado como una llave maestra, abriendo una puerta en su memoria que ella misma había sellado con cemento y olvido.
Dante conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, rozando ocasionalmente el muslo de Lía. Cada vez que su piel hacía contacto con la tela de seda de su vestido azul, una descarga recorría la columna de ella. Ya no era solo el deseo carnal que la asaltaba en sus sueños; era una conexión histórica, una validación de que su alma siempre había sabido lo que su mente intentó borrar.
Al llegar al ático, Dante dejó las llaves sobre la consola de la entrada y se quitó la chaqueta del traje, arrojándola sobre el sofá con un gesto de liberación. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se giró para mirar a Lía. Ella seguía de pie junto a la puerta, procesando la magnitud de lo que acababa de ocurrir en la gala.
—¿Estás bien? —preguntó Dante, su voz bajando a ese tono barítono que siempre la hacía vibrar.
—Siento que he estado viviendo la vida de otra persona durante los últimos veinte años —confesó Lía, caminando hacia el centro del salón—. Julián no solo era mi esposo; era el carcelero de una versión de mí que ni siquiera recordaba. Y ahora... ahora me doy cuenta de que cada vez que soñaba contigo, no estaba imaginando un futuro, estaba reclamando mi pasado.
Dante se acercó a ella con pasos lentos y decididos. Se detuvo a escasos centímetros, permitiendo que el calor de su cuerpo la envolviera.
—No podías recordarlo, Lía. Eras una niña y el mundo que conocías se desmoronó. Pero el subconsciente es una caja fuerte persistente. Mis sueños eran mi forma de buscarte, y los tuyos eran tu forma de no dejarme ir.
Lía levantó la vista y se encontró con esos ojos oscuros que ahora reconocía como los del niño que la protegía en el muelle.
—Me siento expuesta, Dante. Como si acabaras de desnudarme el alma antes de tocarme el cuerpo.
—Eso es porque ya nos pertenecemos desde mucho antes de esa noche en el club —dijo él, acortando la última pizca de distancia—. Pero si necesitas tiempo para procesarlo...
—No quiero tiempo —lo interrumpió ella, rodeando su cuello con los brazos—. He perdido demasiado tiempo siendo la esposa perfecta de un hombre que me odiaba. Quiero sentir que estoy viva. Quiero que me demuestres que este hombre de carne y hueso es el mismo que me hace gritar en la oscuridad.
Dante no necesitó más invitación. La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí con una urgencia que hizo que Lía soltara un suspiro entrecortado. El beso que siguió fue una colisión de dos décadas de espera. No hubo sutilezas. Fue un reclamo salvaje, un intercambio de alientos y promesas mudas. Dante la levantó, y Lía envolvió sus piernas alrededor de su cintura, aferrándose a él como si fuera el único punto sólido en un universo que acababa de explotar.
La llevó a la habitación, donde la luz de la luna proyectaba sombras alargadas sobre la cama king-size. Allí, con una lentitud que bordeaba la tortura, Dante comenzó a desvestirla. Cada vez que una prenda caía al suelo, él se detenía para besar la piel que quedaba al descubierto, como si estuviera marcando un territorio que siempre fue suyo. Cuando llegó a la cicatriz en forma de media luna en su hombro, se detuvo.
—Me dolió más a mí que a ti —susurró él, rozando la marca con los labios—. Ese día en el muelle, juré que nunca dejaría que nada más te hiciera daño. Y fallé porque me obligaron a irme. No volverá a pasar, Lía. Te lo juro por mi vida.
Lía sintió lágrimas en los ojos, pero no eran de tristeza, sino de una plenitud abrumadora. Se deshizo de la camisa de Dante, maravillándose con la perfección de su torso, con los músculos que se tensaban bajo su tacto. Cuando finalmente se hundieron en las sábanas de seda negra, el acto sexual trascendió lo físico. Fue una coreografía de piel contra piel, de gemidos que se fundían con el silencio de la noche, de un deseo que había sido alimentado por la fantasía y que ahora ardía con el combustible de la realidad.
Dante la poseía con una mezcla de ferocidad y devoción, mirándola a los ojos en todo momento, obligándola a estar presente, a sentir cada embestida, cada caricia, cada latido compartido. Lía se arqueó bajo él, sintiendo que las paredes de su antigua existencia terminaban de derrumbarse, dejando espacio para un incendio que la consumía y la purificaba al mismo tiempo. En el clímax, cuando el mundo se redujo a la presión de sus cuerpos unidos, Lía gritó su nombre, no como un susurro onírico, sino como un grito de guerra y liberación.
...
Mientras Lía y Dante encontraban su redención en los brazos del otro, el ambiente en una habitación de hotel de mala muerte en las afueras de la ciudad era radicalmente distinto.
Julián Montero caminaba de un lado a otro, con una botella de whisky medio vacía en la mano. La humillación en la gala benéfica le ardía en las venas más que el alcohol. Había visto las miradas de sus antiguos socios: la mezcla de burla y desprecio. Había visto a Lía, radiante y poderosa, del brazo de un hombre que lo superaba en todo lo que él valoraba: dinero, prestigio y virilidad.
—¡Ese maldito Valerios! —rugió Julián, lanzando la botella contra el televisor apagado. El cristal estalló en mil pedazos, reflejando su propio rostro descompuesto—. Cree que puede quedarse con mi esposa y con mi dinero. Cree que puede entrar en mi mundo y darme lecciones de moral.
Sara estaba sentada en un sillón raído, fumando un cigarrillo con parsimonia. Su vestido de la gala estaba arrugado y su maquillaje corrido, dándole un aire de villana de película antigua.
—No seas patético, Julián —dijo Sara, soltando una nube de humo—. Los gritos no van a devolverte las cuentas bancarias que Victoria ha bloqueado. Lía se ha vuelto inteligente, o quizás siempre lo fue y nosotros estábamos demasiado ocupados subestimándola.
—¡Me robó el momento! —gritó Julián, deteniéndose frente a ella—. Iba a pedir el divorcio yo, Sara. Íbamos a salir de esto con las manos llenas. Y ahora ella me ha dejado en la calle. ¿Viste cómo la miraba ese tipo? No es solo sexo. Hay algo más. La foto, Sara. La foto que él le dio en la terraza.
Sara arqueó una ceja, finalmente interesada. —¿Qué foto?
—Una foto vieja. La vi desde lejos. Lía se puso a llorar. Valerios no es un extraño que conoció en un bar. Es alguien de su pasado. Y si hay un pasado, hay secretos. Y si hay secretos, hay una forma de destruirlos.
Julián se sentó frente a su ordenador portátil, el único objeto de valor que había logrado sacar de la casa antes de que Lía cambiara las cerraduras. Sus dedos volaban sobre el teclado.
—¿Qué haces? —preguntó Sara, acercándose.
—Estoy entrando en los archivos históricos de la Constructora Montero —murmuró Julián con una sonrisa torva—. Tu padre era un hombre muy meticuloso, Sara. Guardaba registros de todo, incluso de las cosas que no eran legales. Recuerdo que había una carpeta sobre las tierras del lago del norte. Algo sobre un conflicto de propiedad con los lugareños hace veinte años.
Sara se cruzó de brazos. —Papá siempre decía que ese lago era su mayor orgullo.
—O su mayor pecado —corrigió Julián—. Si Valerios estuvo allí de niño, y si su familia fue una de las que tu padre "convenció" para que se fueran, entonces tenemos una narrativa. "Abogado oportunista seduce a heredera traumatizada para vengarse de la familia que lo echó de sus tierras". Los jueces aman las historias de venganza retorcida. Si puedo demostrar que Dante la está usando para llegar al patrimonio de los Montero, el juez anulará cualquier acuerdo y podré alegar manipulación psicológica.
Julián encontró un archivo encriptado titulado "Proyecto Esmeralda - Lago Norte". Sus ojos brillaron con una luz malévola mientras la barra de descarga avanzaba.
—Mira esto, Sara —dijo Julián, señalando la pantalla—. No es solo una disputa de tierras. Hubo un informe policial por un incendio "accidental" en una de las cabañas colindantes. La familia afectada se apellidaba... Valerios. El padre de Dante era el cuidador de la finca de al lado.
Sara dejó caer la ceniza de su cigarrillo en la alfombra. —¿Un incendio?
—Tu padre no jugaba limpio, querida. Y parece que Julián Montero acaba de encontrar el fósforo que va a quemar el nuevo romance de mi querida Lía.
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