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El Capo y la Enfermera

El Capo y la Enfermera

Status: Terminada
Genre:Acción / Romance / CEO / Mafia / Completas
Popularitas:140
Nilai: 5
nombre de autor: Paula menezes

Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.

Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.

Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.

Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.

Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.

NovelToon tiene autorización de Paula menezes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Lucca

Empiezo a darle puñetazos a la pared de la sala de espera. Alex no dice nada; él también está afectado, y sé que, si pudiera elegir, se llevaría una bala por nosotros.

Llegan mis padres y mi hermana. Mi madre, que es una mujer muy fuerte, en este momento está llorando y queriendo ir a ver a Gustavo.

Mi padre la sostiene entre sus brazos, tratando de calmarla. Me mira, ve mis manos sangrando y dice:

—Hijo, tener miedo de perder a alguien no te hace débil; al contrario, te hace fuerte. Ese miedo es el que te motiva a seguir vivo y luchando por quien amas. Culparte no cambiará nada; usa ese dolor que sientes a tu favor.

Yo solo asiento con la cabeza, y mi madre y mi hermana vienen a abrazarme. Mi padre dice que tenemos que descubrir a los culpables de este ataque; tiene la mirada sombría, y sé que está sediento de sangre y venganza, igual que yo.

Horas después vuelven el médico y Ana. El médico dice que pasó por una cirugía, que la bala le alcanzó el tórax y el pulmón, que por muy poco Gustavo se salvó y que, de no haber sido por el drenaje improvisado que hizo Ana, probablemente no habría resistido. Ahora está en la UCI del hospital y por el momento no puede recibir visitas.

Mi madre se acerca a ella y la abraza, agradeciéndole por haber ayudado a mi hermano, y le dice que de ahora en adelante puede contar con ella para lo que necesite.

Mi hermana también le sonríe y la abraza.

Mi padre, con las dos manos en los bolsillos, me mira un instante, luego la mira a ella y le agradece por su actitud. Dice que quizá, si hubiera sido otra persona, el miedo la habría paralizado, pero ella fue valiente, porque incluso en medio de un tiroteo ayudó a mi hermano, y que ahora la familia Hernandes está en deuda con ella.

Increíble: esta estresadita conquistó hasta a mi padre.

Se pone visiblemente avergonzada y agradece, pero dice que es su trabajo y que no hizo más que su obligación. Eso lo admiro; quizá otra persona buscaría sacar ventaja de la situación, pero ella fue sincera y humilde.

Pide permiso y el médico le sonríe y le dice que vaya a descansar. Por la forma en que le habla y le toca el hombro, es evidente que tiene interés en ella, y a mí me pone furioso su cercanía.

Entonces la llamo y ella me mira.

—Vamos, te llevo a casa.

Me mira con desconfianza, y estoy seguro de que iba a negarse para darme más rabia, hasta que mi madre dice:

—Ve, Ana, ya es tarde para que vayas sola. Él tiene esa cara, pero no muerde.

Se ríen y a mí no me hace ninguna gracia. Entonces Ana decide venir, se despide de todos, y el médico se queda mirando cómo se va conmigo. Reparo en un detalle importante que confirma mis sospechas: aprieta la tablilla que tiene en la mano con tanta fuerza que se le ponen blancos los dedos.

Vamos hasta mi auto. La mayoría de mis hombres se quedan aquí y solo algunos me acompañan.

Tomo el camino a su casa sin preguntarle dónde vive, y entonces ella pregunta:

—Lucca, ¿cómo sabes dónde vivo, si ni siquiera nos conocemos bien?

—No importa. ¿Quién es ese médico? ¿Qué es tuyo?

—Dios mío, eres un grosero y un arrogante, ¿sabías? No te interesa lo que él sea o deje de ser.

—Niña, no me irrites y respóndeme de una vez.

—No te debo explicaciones de mi vida, Lucca.

Me detengo frente a la casa humilde donde vive; ella ya está lista para bajar y yo trabo la puerta del auto. Me mira asustada y me pide que la abra.

Entonces me acerco a ella, que queda inmóvil; le paso la mano por el pelo, le acaricio los labios con los dedos, subo la mano hasta su nuca y la jalo hacia un beso.

Un beso que ni yo sabía que necesitaba, un beso adictivo que parece una droga hecha especialmente para mí.

Ella me lo devuelve, pero de pronto rompe el beso y veo lágrimas en sus ojos. Se pasa las manos por el pelo y empieza a llorar y a decir que esto no debió pasar, que yo estaba corriendo peligro; se muestra completamente alterada.

Le sostengo la cara con las dos manos y digo:

—Voy a protegerte. Nadie puede hacerme daño a mí ni a ti. De ahora en adelante eres mía, Ana, y no voy a dejarte nunca más.

—Déjame en paz, Lucca, eres raro. Olvida este beso, esto no podía pasar. Quiero entrar, es tarde. Abre la puerta, Lucca.

Me mira y yo la dejo salir, pero a partir de mañana no se apartará más de mi lado; ya lo decidí. Si tengo que casarme, que sea con alguien que valga la pena.

Nadie me había llamado la atención como ella. Las mujeres llegan a ser fastidiosas tirándome los perros, generalmente por interés, pero ella… ella no… ella actuó por instinto, y aun frente a mí no agachó la cabeza.

Eso lo admiro mucho: una mujer con carácter.

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