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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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El precio de la ayuda

El vehículo se detuvo frente a la entrada principal de la mansión cuando ya la noche había cubierto todo el jardín de sombras profundas. Los faros del auto se apagaron de golpe, dejando solo la luz tenue y amarillenta de las lámparas de la fachada que temblaban con la brisa fría que bajaba de las colinas cercanas. Gino bajó primero, sin mirar hacia atrás, y dio una orden breve al conductor en voz baja. Candance salió despacio, con el vientre pesado de cinco meses y las piernas temblorosas por el cansancio y el miedo acumulado desde que lo habían encontrado en el pueblo. Sabía que no había vuelta atrás, que la brecha que había logrado abrir para escapar se había cerrado para siempre, al menos por ahora. No hubo gritos ni empujones bruscos, pero ese silencio tenso de Gino le resultaba más aterrador que cualquier amenaza que hubiera escuchado antes en la mansión.

Lo siguieron por el pasillo largo y poco iluminado que llevaba hacia el ala baja, la zona que ella nunca había recorrido por voluntad propia. A medida que avanzaban, el aire se volvió más frío y húmedo, con un olor a piedra antigua y encierro que le helaba la piel. Al fondo del corredor, una puerta de hierro macizo se abrió al paso de los guardias: era el lugar que ellos llamaban la sala de confesión, una especie de celda subterránea donde Gino resolvía los asuntos que no quería que nadie del resto de la casa presenciara.

Cuando entró, sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la luz débil de una sola bombilla colgada del techo con un cable desgastado. Allí, contra la pared de piedra gris, estaba su padre, atado de muñecas y tobillos con cuerdas gruesas. Se veía agotado, con moretones visibles en el rostro y la ropa desgarrada y sucia, apenas capaz de levantar la cabeza para mirarla al entrar. Candance dio un paso hacia él con el corazón roto, pero Gino se interpuso de inmediato, bloqueando su camino con el cuerpo y la mirada fija sobre ella.

—No puedo golpearte a ti —le dijo él, bajando el tono de voz hasta que fue casi un susurro amenazante—. Llevas a mi hijo, y no voy a ponerlo en peligro por nada del mundo. Pero eso no significa que no pueda hacer pagar a otros por lo que tú decidiste hacer. Cada vez que intentes escapar, cada vez que busques quien te ayude a traicionarme… alguien cercano a ti pagará el precio de tu elección.

Hizo un gesto breve con la mano y los guardias soltaron las cuerdas que sujetaban al hombre. Este cayó al suelo como una muñeca de trapo, inmóvil sobre el frío de la piedra. Candance se adelantó con lágrimas en los ojos, queriendo arrodillarse a su lado para comprobar si respiraba bien, pero Gino la detuvo por el brazo con fuerza suficiente para que ella sintiera el peligro latente en ese contacto.

—No lo toques —ordenó con voz tajante—. Está herido y sucio. Si te contagias, si le pasa algo a mi bebé… no quieres saber qué pasará después.

—Pero está herido —sollozó ella, intentando zafarse sin éxito—. No podemos dejarlo así, solo está…

Gino la miró con dureza, sin compasión:

—Eres una estúpida, Candance. Él te vendió por cincuenta mil dólares. Si yo no hubiera pasado por ahí ese día, ya estarías perdida en algún rincón del mundo, sin nadie que te recuerde. ¿Crees que a él le importó tu destino? Ni siquiera lo pensó cuando firmó ese trato. Y ahora tú lloras por él. La gente como tú no sobrevive en este mundo porque se deja llevar por la compasión donde no la hay, donde solo hay intereses y traiciones.

Candance bajó la mirada y las lágrimas siguieron cayendo por sus mejillas sin poder detenerlas. Recordó lo que el médico había advertido semanas atrás: las emociones muy fuertes podían alterar su tensión arterial y dañar al bebé. Gino pareció recordarlo también, porque frunció el cejo y chasqueó los dedos para llamar a uno de sus ayudantes, que trajo al doctor al instante desde el piso superior.

—Cuídalo, báñalo y dale de comer —ordenó Gino señalando al hombre en el suelo. Luego volvió a mirar a Candance con expresión impasible—. ¿Ahora estás contenta? Puedes dejar de llorar.

Ella intentó contener los sollozos, pero le costaba mucho respirar con normalidad. Gino se dio cuenta de que sus piernas flaqueaban y la alzó en brazos para sacarla de esa sala oscura. Sentía el corazón de él latiendo rápido, lleno de furia contenida, mientras ella no podía dejar de llorar contra su pecho.

—Ya deja de llorar, mujer —le dijo él con voz seca—. Me estás desesperando.

Candance levantó la vista hacia su rostro, temblando:

—Y si no fuera un niño… si fuera una niña… ¿la cuidarías igual?

Él la miró mientras subían las escaleras hacia su habitación.

—¿Y cuál es la diferencia? Igual es mi sangre, igual es mi carne. Si fuera niña, tendría que ser más delicada, sí… pero quiero que sea tan hermosa como tú, y que saque mi carácter, no que sea llorona y débil. Mi madre fue jefa de clan, nadie se atrevía a cruzarla.

Llegaron a la habitación y la dejó suavemente sobre la cama. Candance lo miró con sorpresa por esa respuesta, y por un instante dudó de lo que sabía de él. Se acercó gateando hasta su lado y le dio un beso breve en la mejilla.

—Gino… eres un hombre muy interesante —le susurró—. Tengo hambre… ¿me traes algo de comer?

Él cerró los ojos un momento, como si luchara contra algo que no quería mostrar, y asintió con la cabeza.

—Está bien. Diré que te traigan una sopa caliente. Cámbiate y descansa mientras tanto.

Cuando él salió y cerró la puerta detrás de sí, Candance se quedó sola en la habitación. Sabía que ese momento de aparente calma no era más que una pausa entre advertencias. Él podía mostrar facetas distintas, pero el peligro seguía allí, oculto detrás de cada gesto, de cada mirada silenciosa. No sabía qué decidiría hacer después, solo que el precio de intentar escapar había sido muy alto, y que el riesgo seguía presente en cada segundo que pasaba bajo ese techo.

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