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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

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Capítulo 13: El informe roto

La pantalla del terminal táctico desplegada sobre el escritorio de nogal de la suite emitía un resplandor azul frío, el único punto de luz en la penumbra del cuarto.

Eran las tres y media de la madrugada. Afuera, la lluvia sobre las colinas de Brianza había dado paso a una niebla lechosa que borraba los cipreses del jardín, dejando la villa sumida en un silencio de tumba.

Dereck permanecía inmóvil frente al monitor, con los codos apoyados en la madera y las manos entrelazadas cubriéndole la boca. Tenía la camisa desabrochada en el pecho y las mangas arremangadas, revelando las venas tensas de los antebrazos. Sus ojos grises, fijos en el flujo continuo de datos clasificados que descendía por la pantalla con el sello encriptado de la división de inteligencia de Zúrich, no habían pestañeado en media hora.

Cincuenta y cuatro páginas. Cero fisuras.

El informe sobre los seis años de Martina Moretti en suelo estadounidense no dejaba un solo rincón a la interpretación o al rumor corporativo. Sus agentes en la Costa Este habían rastreado registros bancarios, contratos de arrendamiento, cámaras de tráfico municipal, expedientes académicos y hasta las fichas médicas de las clínicas privadas de urgencias en Boston.

La primera sección, dedicada al rendimiento académico y financiero, era un insulto directo a cualquier noción de debilidad:

Doble titulación en tiempo récord. Primer puesto de su promoción en Harvard Law School y en el programa de postgrado en Finanzas Corporativas de MIT. Asistencia del noventa y nueve por ciento. Renuncia explícita a residencias exclusivas en Beacon Hill; vivienda propia en un apartamento modesto de sesenta metros cuadrados en Somerville, financiado con becas de mérito y rendimientos propios de arbitraje bursátil.

Dereck deslizó el cursor con un toque de nudillo.

Buscaba la vida social. Buscaba las fiestas privadas en los Hamptons, las noches en clubes nocturnos de Manhattan, la lista de pretendientes de la élite que supuestamente habían alimentado la leyenda de la heredera frívola.

El archivo arrojaba un vacío absoluto.

Cero denuncias por alteración del orden. Cero registros en eventos de la alta sociedad. Rutina diaria documentada: biblioteca universitaria de seis a diez de la mañana; clases hasta las cuatro de la tarde; biblioteca de nuevo hasta las siete; cuatro horas diarias de entrenamiento físico intensivo en el gimnasio "Iron Grip" en los muelles de South Boston, bajo la tutela de Misha Volkov, exinstructor de sambo militar soviético.

Dereck leyó la transcripción de las entrevistas a los pocos que habían cruzado palabras con ella en aquellos seis años. La descripción era unánime y demoledora: Una sombra. Hermética. Intocable. Rechazaba cualquier invitación a eventos sociales. Nunca se le conoció pareja ni compañía en su residencia.

Y luego estaba el anexo médico:

Fisura de escafoides en muñeca derecha (2023). Tres costillas rotas en combate de sumisión (2024). Treinta y dos puntos de sutura acumulados en cejas, cuero cabelludo y hombros en entrenamientos de contacto pleno.

Cada herida que él había entrevisto bajo la seda y la lana no procedía de caprichos burgueses; eran los galones de una mujer que se había quebrado a sí misma una y otra vez para construir una fortaleza donde nadie pudiera volver a someterla.

Finalmente, el cursor se detuvo sobre el expediente de Liam Vance.

Los informes de llamadas y correos electrónicos cruzados entre ambos en los últimos tres años ocupaban apenas dos páginas. Liam: estudiante de leyes, hijo de un juez de apelaciones, seleccionado en el último semestre para la división de contrainteligencia de la academia federal de Quantico.

La transcripción del último encuentro en un café de Cambridge, un mes antes del regreso de Martina a Milán, era una sentencia de muerte emocional:

> Liam: "Podemos pedir protección federal para ti. Si testificas contra las redes holding de tu familia, el Departamento de Justicia te garantiza una identidad limpia en Washington. No tienes que volver a ese infierno."

> Martina: "No me vuelvas a insultar ofreciéndome una jaula con bandera americana, Liam. No vendo mi sangre ni le debo favores a ningún gobierno. Olvida que me conociste."

>

Dereck reclinó la espalda contra el respaldo de cuero del sillón, dejando escapar una exhalación pesada y áspera que pareció quemarle la garganta.

El informe era un espejo que le devolvía su propio rostro deformado por la soberbia y la paranoia.

Durante semanas, durante meses antes de que ella pisara el aeródromo de Milán, se había convencido a sí mismo de que Martina Moretti era un parásito con apellido noble: una consentida que desperdiciaba el patrimonio familiar, una libertina que se acostaba con cualquiera que le diera una dosis de adrenalina barata, una traidora en ciernes que comprometería la corona que él estaba a punto de heredar. Había asumido el papel de custodio para justificar su desconfianza, para encontrar la mancha que le permitiera romper el acuerdo nupcial con la bendición de los clanes.

Y lo que tenía enfrente era una criatura de hierro.

Una mujer que había pasado seis inviernos sola en un continente extraño, sangrando en el silencio de gimnasios olvidados por Dios, rechazando comodidades y amputándose sus propios sentimientos para no ser un adorno ni una debilidad para su gente.

El peso de su error cayó sobre los hombros de Dereck con la violencia de un derrumbe.

Apagó el monitor táctico de un golpe seco. La pantalla en negro dejó el cuarto en una oscuridad casi total, excepto por el destello pálido de la luna filtrándose entre la bruma del balcón.

Un crujido tenue en el pasillo exterior captó su atención.

Dereck se puso de pie sin hacer ruido, calzándose las botas con movimientos mecánicos. Su instinto ya no buscaba una amenaza perimetral; buscaba una presencia que, en cuestión de días, se había convertido en el único pensamiento capaz de quebrar su frialdad matemática.

Abrió la puerta de su suite y salió a la galería del primer piso.

Las luces de cortesía en los zócalos de madera iluminaban débilmente la balaustrada que daba al gran salón. Al fondo del pasillo, la puerta de la biblioteca familiar estaba entreabierta, dejando escapar una franja de luz cálida sobre el parqué encerado.

Dereck avanzó con pasos sordos hasta el umbral.

Martina estaba sentada frente a una mesa baja de caoba, con una lámpara de banquero proyectando un círculo dorado sobre un fajo de balances aduaneros.

Llevaba un pantalón de chándal de algodón oscuro y una camiseta gris de tirantes anchos. El vendaje que él mismo le había colocado horas antes cubría su antebrazo izquierdo desde la muñeca hasta el pliegue del codo, limpio y firme. Tenía el cabello suelto, cayendo en ondas rebeldes sobre sus hombros descalzos, y en la mano derecha sostenía un bolígrafo con el que anotaba cifras al margen con una concentración implacable.

En la mesa descansaba un vaso con dos dedos de whisky y una bolsa de hielo que había apartado a un lado.

Dereck se quedó apoyado contra el marco de la puerta, contemplándola en silencio.

Por primera vez, no buscaba un fallo en su armadura; la observaba con una reverencia descarnada que amenazaba con devorarlo por dentro. Las líneas suaves de sus hombros, la palidez de su cuello expuesto, la mandíbula tensa mientras calculaba desvíos arancelarios... Cada detalle era un recordatorio vivo de la injusticia con la que la había juzgado.

Martina no levantó la vista de las páginas, pero su mano se detuvo sobre el papel.

—Si viniste a recordarme que debo dormir para rendir en las juntas de mañana, puedes ahorrarte el sermón, Dereck —dijo ella, con una voz baja y ronca por el cansancio, que cortó la quietud de la biblioteca—. La adrenalina tarda en bajar más de lo que tus manuales de escolta prevén.

Dereck no respondió con su habitual sarcasmo. Se despegó del marco y entró despacio en la estancia, deteniéndose al otro lado de la mesa baja.

—El brazo necesita reposo si no quieres que los puntos de aproximación se abran con el movimiento continuo —dijo él, y el tono de su voz fue tan suave, tan desprovisto de esa aspereza militar que utilizaba como escudo, que Martina alzó la cabeza de golpe.

Sus miradas colisionaron en la penumbra dorada.

Martina lo examinó con recelo, buscando la burla o la insolencia en los ojos grises del gigante. No encontró nada de eso. Había en las pupilas de Dereck una gravedad honda, una sombra de culpa mal disimulada y una intensidad tan desnuda que a ella se le cortó el aire en la garganta.

—Sé cuidar de mis propias heridas —respondió ella, endureciendo el tono para restablecer la distancia—. Lo he hecho durante seis años.

Dereck bajó la mirada hacia el vendaje de gasa blanca y luego volvió a clavarla en los ojos oscuros de ella.

—Lo sé —susurró él, y la palabra cayó con un peso tan íntimo, tan cargado de secretos que la biblioteca entera pareció encogerse alrededor de ambos—. Sé que lo has hecho sola.

Martina frunció el ceño, desconcertada por el cambio de marea en el hombre que hasta hacía unas horas la trataba con desprecio abierto. Dejó el bolígrafo sobre los papeles y se reclinó hacia atrás en el sofá, cruzándose de brazos a pesar del dolor punzante en el antebrazo.

—¿Qué te pasa esta noche, Dereck? —preguntó ella, con una suspicacia afilada como el cristal—. Esta mañana casi me partes el cuello en el estacionamiento acusándome de vender a mi familia a los federales, y ahora entras aquí mirándome como si me hubieran firmado una sentencia de muerte.

Dereck dio un paso rodeando la mesa, acortando la distancia hasta detenerse junto al brazo del sofá donde ella estaba sentada.

La cercanía fue inmediata, invasiva y eléctrica. Martina sintió el calor de su cuerpo envolviéndola, el olor a cedro y lluvia limpia que jamás lo abandonaba, y por un instante tuvo que obligar a su corazón a no perder el compás.

Dereck se inclinó despacio, apoyando una mano en el respaldo del sofá, justo detrás de la cabeza de Martina, obligándola a levantar el mentón para sostenerle la mirada.

—Me equivoqué —dijo él.

Las dos palabras resonaron en la estancia como un disparo amortiguado.

Martina parpadeó, completamente descolocada. En el mundo de la mafia, los hombres no pedían disculpas; no admitían debilidades ni concedían territorio jamás. Y mucho menos un hombre con la presencia de Dereck, que parecía haber nacido para mandar sobre legiones de soldados.

—¿En qué te equivocaste? —preguntó ella en un susurro involuntario, sintiendo la respiración tibia de él acariciándole la frente.

Dereck bajó los ojos hacia los labios de Martina. La tentación de cerrar la distancia, de tomar su rostro entre sus manos y besarla hasta borrar cualquier rastro de la farsa que los separaba, le quemó en las entrañas con una furia casi incontrolable. Pero el honor que le quedaba, el peso del juramento que lo ataba a su propio clan, le impidió cruzar la línea final.

No todavía. No mientras ella siguiera creyendo que él era solo un custodio a sueldo.

—En todo lo que pensé sobre ti desde el primer minuto en que bajaste de esa escalinata —confesó Dereck con la voz rota por una devoción peligrosa que le erizó la piel a Martina—. Pensé que eras una niña mimada buscando jugar a las guerras corporativas para llamar la atención de tu padre. Pensé que no sabías lo que costaba esta vida.

Se inclinó un milímetro más, hasta que sus narices casi se rozaron en la penumbra.

—No eres nada de eso, Moretti. Eres una fiera. Y este mundo no te merece.

Martina sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.

La armadura que había forjado durante seis años de exilio, el desapego con el que había aprendido a tratar a los hombres que la rodeaban para que ninguno pudiera quebrarla, se cuarteó bajo la fuerza de aquellas palabras. El pecho de Dereck subía y bajaba al mismo ritmo acelerado que el suyo, atrapados en una gravedad magnética que hacía que cualquier resistencia pareciera inútil.

Despacio, Martina levantó la mano sana, la derecha, y apoyó las yemas de sus dedos contra la mandíbula cuadrada de él.

Sintió la aspereza de la barba incipiente, la dureza del hueso y la tensión salvaje con la que Dereck apretaba los dientes bajo su tacto. Por un segundo interminable, no hubo guardia ni heredera, ni sospechas ni mafias: solo dos almas forjadas en la violencia reconociéndose en la oscuridad.

—No me mires así, Dereck —susurró ella, y por primera vez el hielo en su voz se deshizo, dejando al descubierto una vulnerabilidad ardiente y peligrosa—. No me hagas creer que eres diferente al resto.

Dereck cerró los ojos un instante, saboreando el roce de los dedos de ella sobre su piel como si fuera la última absolución en la tierra.

Tomó la muñeca de Martina con una lentitud reverente, apartándola de su rostro pero sin soltarla, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el tapiz del sofá.

—No soy diferente, Martina —murmuró él, abriendo sus ojos grises de par en par, cargados de una promesa que sellaría el destino de ambos—. Soy peor que todos ellos. Porque ahora que sé quién eres... no hay infierno en este continente que me obligue a dar un paso atrás.

Soltó su mano con una deliberación que le dolió a los dos, dio media vuelta y salió de la biblioteca sin mirar atrás, perdiéndose en las sombras del pasillo.

Martina se quedó inmóvil en el sofá, con el pulso martilleándole en las sienes y la piel de la mano ardiendo en el lugar exacto donde los dedos de él la habían rozado, comprendiendo con un terror silencioso que el peligro real en aquella casa ya no venía de las balas enemigas.

Venía del hombre que acababa de jurarle que no se marcharía jamás.

1
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
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