Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
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**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Gian Carlo
El cumpleaños de Gian Carlo Parisi fue exactamente lo que Catarina esperaba de una celebración organizada por una familia rica.
Había música, flores, comida en abundancia y una cantidad considerable de invitados.
Las lámparas iluminaban los salones. Los criados circulaban con bandejas llenas de bebidas y pequeños bocados, mientras los músicos interpretaban melodías alegres para animar los bailes.
Los nobles conversaban en grupos, intercambiaban noticias y aprovechaban la ocasión para fortalecer sus relaciones sociales.
Gian Carlo, vestido con un elegante traje oscuro, recibía las felicitaciones con la expresión de un hombre que habría preferido inspeccionar un cuartel antes que escuchar por décima vez que el paso de los años le sentaba maravillosamente bien.
Catarina lo observó desde el otro extremo del salón.
—Mi pobre primo. Si alguien le desea un feliz cumpleaños con demasiada emoción, probablemente ordenará una formación militar.
Una de sus primas soltó una carcajada.
—No digas eso. Es su cumpleaños.
—Precisamente. Hoy debería ser un día de alegría, no una inspección de tropas.
Su prima negó con la cabeza, divertida.
Catarina llevaba un vestido de color rosa pálido, con bordados delicados y una falda que se movía suavemente cuando caminaba. Su cabello rubio estaba recogido en un peinado elegante, y sus ojos rojos atraían más de una mirada curiosa.
Se sentía hermosa.
Se sentía cómoda.
Y, sobre todo, tenía muchas ganas de bailar.
No iba a desperdiciar una fiesta por estar pendiente de un hombre.
Ni siquiera de un hombre con una mandíbula extraordinaria.
Cuando el mayordomo anunció la llegada del duque Rossi, Catarina giró discretamente la cabeza.
Enzo entró en el salón acompañado de uno de sus asistentes.
Vestía de negro, con un traje impecable que destacaba su figura y reforzaba aquella apariencia seria que parecía formar parte de su naturaleza.
Algunos invitados se volvieron para saludarlo.
Otros intercambiaron comentarios discretos.
El duque Rossi era un hombre importante, y su presencia siempre despertaba cierto interés.
Catarina lo observó durante un instante.
[¡Llegó!].
Después respiró profundamente.
[Compórtate].
Se acercó a él cuando encontró una oportunidad apropiada.
—Su Excelencia. Me alegra que haya podido venir.
Enzo inclinó la cabeza.
—Lady Catarina. Gracias por la invitación. Feliz cumpleaños al señor Parisi.
—Se lo transmitiré. Estoy segura de que apreciará sus buenos deseos.
Catarina hizo una reverencia elegante.
El duque respondió con una inclinación de cabeza.
Y entonces ocurrió algo que lo desconcertó.
Catarina sonrió.
Una sonrisa amable, correcta y perfectamente educada.
Después se despidió.
—Espero que disfrute de la velada, Su Excelencia.
—Gracias, lady Catarina.
Ella se alejó.
Así, sin más.
Sin una broma.
Sin un comentario divertido.
Sin quedarse a conversar.
Enzo permaneció inmóvil durante unos segundos, observándola mientras se dirigía hacia un grupo de invitados.
[¿Eso fue todo?].
La pregunta apareció en su mente antes de que pudiera evitarlo.
Hasta entonces, Catarina siempre había encontrado alguna manera de prolongar brevemente sus conversaciones.
No de forma inapropiada.
Nunca había cruzado los límites que ambos mantenían.
Pero solía bromear sobre los documentos, comentar alguna peculiaridad de los negocios o hacer una observación que conseguía arrancarle una sonrisa.
Aquella noche, en cambio, parecía decidida a mantener la distancia.
Enzo frunció ligeramente el ceño.
Después se recordó que aquella era precisamente la conducta que había considerado apropiada antes de aceptar la invitación.
Era una mujer noble.
Él era un hombre casado.
Y estaban en una celebración familiar.
No había motivo para esperar que Catarina se comportara de manera diferente.
Aun así, por alguna razón, la distancia le resultó extraña.
Catarina, entretanto, estaba disfrutando de la fiesta.
Bailó con varios invitados, conversó con comerciantes conocidos por su familia y se permitió hacer bromas que provocaron más de una carcajada.
Era coqueta, vivaz y alegre.
Sus ojos rojos brillaban con picardía cada vez que encontraba una oportunidad para bromear con alguno de los caballeros que solicitaban un baile.
—Mi lady, debo decir que su sonrisa es extraordinariamente encantadora
Catarina inclinó la cabeza.
—Qué amable. Espero que no haya venido a la fiesta únicamente para decirme eso.
El conde Sartori rio.
—Confieso que tenía otras intenciones.
—¡Excelente! Entonces conde, todavía tenemos posibilidades de mantener una conversación interesante.
El conde Sartori volvió a reírse.
Desde el otro extremo del salón, Enzo observó la escena sin proponérselo.
Catarina se movía con una seguridad que no parecía forzada. No necesitaba permanecer junto a una sola persona para disfrutar de la velada.
Hablaba con unos invitados, bailaba con otros y se acercaba a sus familiares cuando quería compartir alguna ocurrencia.
Parecía conocer a todo el mundo.
O, al menos, tener la capacidad de conseguir que cualquier conversación resultara agradable.
Enzo se sorprendió observándola durante más tiempo del necesario.
[Es una mujer muy sociable].
Desvió la mirada.
[Además, parece disfrutar de la fiesta].
Regresó a la conversación que mantenía con uno de los invitados.
Pero unos minutos después volvió a escuchar su risa.
Una risa franca, espontánea y tan contagiosa que varios de los presentes terminaron sonriendo también.
Enzo miró en aquella dirección.
Catarina estaba hablando con dos comerciantes y una joven noble. Había dicho algo que parecía haberlos divertido enormemente.
Sus ojos brillaban.
Sus labios se curvaban en una sonrisa.
Y no parecía necesitar la atención de nadie en particular.
El duque bajó la mirada hacia su copa.
[Es una mujer inteligente, alegre y hermosa].
El pensamiento apareció con una naturalidad que lo sorprendió.
Inmediatamente después, se reprendió a sí mismo.
[Es una mujer soltera... No. Espera. Yo soy el hombre casado].
Apretó ligeramente la copa.
[Estoy casado. Ella es soltera. Y esto no significa absolutamente nada].
Se aclaró la garganta.
[Es una socia comercial. Una conocida. Una mujer que sabe comportarse en sociedad].
Tomó un sorbo.
[Una mujer que, por cierto, está bailando con el Conde Sartori otra vez].
Levantó la mirada.
Catarina acababa de aceptar una nueva invitación para bailar.
Enzo dejó la copa sobre una mesa cercana.
Y se preguntó por qué estaba prestando tanta atención a una mujer que, hasta hacía unos minutos, había estado comportándose exactamente como él consideraba apropiado.
La respuesta llegó más tarde, cuando comprendió el motivo de su distancia.
Catarina no se había alejado porque estuviera molesta con él.
Tampoco porque hubiera perdido el interés en sus negocios.
Simplemente había decidido disfrutar de la fiesta sin dar lugar a rumores.
Sus primos estaban pendientes de ella.
Algunos invitados conocían la historia de sus antiguos sentimientos por el duque.
Y, aunque Catarina no pensaba vivir sometida a las expectativas de los demás, tampoco deseaba comprometer la reputación de su familia ni poner a Enzo en una situación incómoda.
Así que había tomado una decisión sencilla.
Saludarlo con respeto.
Tratarlo como a cualquier otro socio comercial.
Y continuar con su vida.
Era exactamente lo que una mujer sensata debía hacer.
Lo que Enzo había esperado de ella.
Y, sin embargo, cuando llegó el momento de despedirse, el duque descubrió que tenía ganas de volver a conversar con Catarina.
No lo hizo.
Se limitó a despedirse de Gian Carlo, agradeció la invitación y abandonó la residencia con la extraña sensación de que algo había cambiado.
No sabía qué.
Y, por el momento, no estaba dispuesto a averiguarlo.
Solo Catarina al natural