Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 16
Capítulo 16. Una cita a ciegas
¿Qué? Camila y Lucía cambiaron de expresión.
Valeria miró a su hermana y fingió sorpresa.
—¿En serio? ¿Alejandro no te contó que anoche me besó? —Repasó el recuerdo con atención—. Fue brusco, sin ninguna técnica. Tan malo que hasta me pregunto si sabe besar.
Camila lo miró, atónita. ¿Había besado a Valeria?
El rostro de Alejandro se volvió helado. No estaba claro si le molestaba que ella lo hubiera contado delante de Camila o que criticara sus besos en público. En cualquier caso, la miró con una frialdad cortante.
—¡Valeria!
Ella sonrió con desdén. ¿Se había enojado porque le había dicho dos cosas a Camila?
—¿Por qué gritas? Besas tan mal que no quiero pasar ni un minuto más casada contigo. ¡Divorciémonos!
Los tres se quedaron sin respuesta. ¿Se había vuelto loca?
Alejandro tensó las facciones.
—Muy bien. ¡Ahora mismo!
Valeria se sentó en el asiento trasero del Rolls-Royce Phantom. Alejandro conducía hacia el Registro Civil. Ninguno decía nada dentro del auto lujoso y silencioso.
La mano de él, con su costoso reloj, sujetaba el volante mientras aceleraba, cambiaba de carril y giraba con movimientos precisos y fluidos.
—¿Quién pasó a buscarte anoche?
Anoche. La palabra le tensó los nervios a Valeria.
—El hombre que me conseguiste no era de mi tipo. Busqué a otro. —Añadió—: Uno que besara muy bien.
Alejandro apretó el volante. Por el retrovisor le dirigió una mirada de advertencia.
—¿No dejas de hablar de ese beso porque sigues recordándolo?
Valeria se quedó un instante sin palabras, pero no cedió.
—Parece que tú tampoco lo olvidaste.
Él no debió preguntar nada sobre la noche anterior. Se lo había buscado por abrir la boca. El silencio volvió, más pesado, cargado de tensión.
Entonces sonó el teléfono. Llamaban de la residencia familiar de los Montenegro. Alejandro contestó y oyó la voz de quien dirigía el servicio de la casa.
—Señor, su abuela lleva unos días delicada otra vez. Extraña a la señora y no deja de pedir verla. Por favor, tráigala cuanto antes.
Él frunció el ceño. Justo cuando iban a divorciarse, su abuela quería ver a Valeria. Giró el volante y cambió de rumbo.
—¿Adónde me llevas? —preguntó ella enseguida.
—Mi abuela quiere verte. Cuando lleguemos, sabes qué hacer, ¿no?
Valeria encontró aquello irónico.
—¿Fingir que nos queremos? No puedo.
Alejandro soltó una risa fría.
—Antes te encantaba hacerlo delante de ella.
A Valeria le dolió. La abuela tenía mala salud; en sus visitas, él siempre se mostraba frío y solo ella intentaba aparentar cariño. Una representación en la que actuaba sola.
Y ahora él se lo echaba en cara para burlarse.
Media hora después llegaron. Valeria cruzaba el césped cuando se encontró con Renata Montenegro, que salía de la casa. Pertenecía a la segunda rama de la familia y era muy amiga de Camila.
Renata la miró con desprecio.
—Alejandro no te quiere. ¿Otra vez vienes a adular a mi abuela? ¡Es la única de esta familia que te quiere! ¿Quién te crees? Una campesina que aprovechó que Cami no estaba para casarse en su lugar, ¿y ya se considera la señora de los Montenegro? No estás a la altura de Alejandro. Divórciate de una vez.
Valeria estaba acostumbrada. Los familiares de él no la querían, igual que sus amigos. No respondió y entró directamente en la casa.
Doña Teresa, la abuela de Alejandro, tenía el cabello completamente blanco. Le tomó las manos, feliz.
—Val, llevas días sin venir. ¿No extrañas a tu abuela?
Era la única calidez que Valeria había encontrado entre los Montenegro. La anciana la quería de verdad. Valeria sonrió y la abrazó con ternura.
—Claro que te extrañaba, abuela.
Doña Teresa no podía dejar de sonreír. Entonces apareció Alejandro, alto y erguido. Valeria soltó a su abuela.
—Hace días que no tomas tus preparaciones medicinales, ¿verdad? Voy a hacerte algo.
Entró en la cocina. Alejandro se sentó junto a la anciana.
—Abuela.
Ella miró hacia la cocina.
—¿Te peleaste con Val?
Él no quería alterarla, con la salud que tenía.
—No.
—¿Entonces por qué se refugió en la cocina en cuanto te vio? Antes no hacía eso. No dejes que Camila te nuble la cabeza. Hace tres años, cuando quedaste en estado vegetativo, ella te dejó y se fue al extranjero. Valeria fue la que se casó contigo y te cuidó.
La anciana continuó:
—Yo recibí un golpe terrible. Pasé esos tres años con la salud muy mal, y Val no solo te atendía a ti: también venía a cuidarme y a prepararme sus comidas medicinales. Sin ella, esta familia se habría deshecho.
—Sé reconocer a la gente, Alejandro —añadió—. Val es una buena muchacha. Si una mujer se entrega así a ti, no la decepciones. Cuando una mujer acumula demasiadas decepciones, se marcha. Y, cuando se va, no vuelve. No esperes a perderla para arrepentirte.
Él levantó la vista hacia Valeria. Se había recogido el cabello negro en una cola baja, dejando al descubierto el rostro delicado y el cuello esbelto, como el de un cisne. Era increíblemente hermosa.
Pronto le llegó el olor de lo que estaba preparando: amargo, con una frescura peculiar. Lo conocía bien. En esos tres años, ella le había dado muchos caldos medicinales.
Durante su estado vegetativo había mantenido la conciencia. Sabía que una mujer permanecía a su lado. Tenía unas manos especialmente suaves, que habían recorrido cada parte de su cuerpo.
Había creído que era Camila.
Pero al abrir los ojos la vio a ella, y ella le dijo que se llamaba Valeria.
Doña Teresa les pidió que pasaran la noche allí. Ninguno pudo negarse. Cuando Alejandro entró en el dormitorio, encontró a Valeria de espaldas, con una pluma, escribiendo algo.
Del teléfono de ella salió una nota de voz de Dani.
—Mi querida Val, vas a divorciarte. ¿Puedes dejar de servirles de empleada? Sal de ahí. Te organicé una reunión para que conozcas a alguien.