Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
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Devan
Devan se sentó frente a Ren con la postura de alguien que ha aprendido a mantener la espalda recta en cualquier circunstancia como señal de que la situación, sea cual sea, está bajo control.
Sophia le sirvió el té con una eficiencia que tenía algo de deliberado en ella, y luego retrocedió a su posición lateral con el libro de cuentas y la expresión de quien simplemente trabaja en sus cosas y no está prestando atención a ninguna otra.
Estaba prestando atención a todo.
Ren tomó su taza.
Devan tomó la suya.
El jardín era lo suficientemente silencioso como para escuchar el cerezo.
—Gracias por venir —dijo Ren.
—Es parte de mi trabajo, señora. —Su voz era la de siempre: correcta, eficiente, sin más temperatura de la estrictamente necesaria—. El Duque me instruyó ayudarla a asumir sus responsabilidades.
—Lo sé. —Ren dejó la taza sobre la mesa con calma—. Pero podría haber enviado un mensaje en lugar de venir personalmente.
Una pausa breve.
—El Duque prefiere la comunicación directa en asuntos del ducado.
—Y usted también —dijo Ren.
Devan la miró.
Era una observación sin trampa aparente. Pero Devan tenía el instinto de quien ha aprendido que las observaciones sin trampa aparente a veces son las que más trampa tienen.
—¿Qué desea saber de las responsabilidades del ducado? —dijo, tomando la ruta más directa disponible.
—Todavía no —dijo Ren.
—¿Señora?
—Todavía no quiero hablar de responsabilidades. —Lo miró con la calma directa que usaba cuando quería que alguien entendiera que lo que iba a decir era exactamente lo que quería decir y no otra cosa—. Primero quiero conocerlo a usted.
Silencio.
Devan procesó eso.
Su expresión no cambió de forma obvia, pero Ren notó algo en sus ojos verdes — una pequeña reorganización interna, el tipo que ocurre cuando alguien recalibra rápidamente la naturaleza de la conversación en la que está.
—No hay mucho que conocer, señora. Soy el secretario del Duque.
—Es el segundo hijo de la Casa Devallent —dijo Ren—. Tiene diecinueve años. Ganó el concurso imperial para asistentes del futuro Emperador siendo el candidato más joven en aprobar los exámenes en la historia del concurso. Actualmente trabaja con el Duque como período de formación. —Una pausa—. Su hermano mayor Ricart tiene veintidós años, es jefe de los caballeros imperiales, y fue nombrado Marqués este año.
El silencio que siguió fue de una calidad diferente a todos los anteriores.
Devan no se movió. Pero algo en su postura cambió de forma casi imperceptible, ese tipo de cambio que los cuerpos hacen cuando la mente recibe algo que no esperaba y necesita un momento para decidir qué hacer con ello.
Sus ojos verdes miraron a Ren con una atención que era cualitativamente diferente a la de hacía treinta segundos.
—Pensé que esta señora no sabía nada del mundo social —dijo en voz baja.
No lo dijo para ella. Lo dijo para sí mismo, con esa forma de pensar en voz alta que se le escapaba a veces sin que se diera cuenta.
—Eso pensaba todo el mundo —dijo Ren.
Devan la miró.
—¿Usted sabe quién soy?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que viniéramos a tomar el té.
Devan dejó la taza sobre la mesa con cuidado. Sus manos eran las de alguien que trabajaba con documentos: dedos largos, ligeramente manchados de tinta en el meñique derecho, con esa particular limpieza de quien se lava las manos con frecuencia pero nunca completamente.
—La mayoría de las personas en la alta sociedad —dijo finalmente— no conocen el segundo hijo de la Casa Devallent. —Lo dijo sin amargura. Como un hecho.
—Lo sé —dijo Ren.
—¿Entonces por qué usted sí?
Ren lo miró durante un momento. Pensó en cómo responder eso. Pensó en los recuerdos de Adalyn, que no incluían a Devan porque Adalyn nunca había prestado atención a las conversaciones del Duque. Pensó en el corredor del pasillo de servicio, en la voz del Duque diciendo Devan, que no se acerquen más, con ese tono de quien habla de algo que necesita y que teme al mismo tiempo.
—Porque me interesa saber con quién trabajo —dijo—. Y usted trabaja muy cerca del Duque. Lo cual significa que trabaja muy cerca de mí.
Devan la estudió.
No era la respuesta que esperaba. Ren lo sabía. Era la verdad, pero era la verdad seleccionada, que no es exactamente lo mismo que la verdad completa.
Está evaluando si creerme, registró. Bien. Que evalúe. Un aliado que evalúa es mejor que uno que acepta sin pensar.
—¿Qué quiere de mí, señora? —dijo Devan.
Era la pregunta correcta. Directa, sin rodeos, sin protocolo excesivo. Ren archivó ese dato positivamente.
—Por ahora —dijo— quiero que me enseñe todo lo que necesito saber para no cometer errores en mis responsabilidades como Duquesa. —Una pausa—. Sin simplificarlo. Sin asumir que no voy a entender algo. Si no lo entiendo, pregunto.
Devan la miró.
—¿Y a largo plazo? —dijo.
Ren tomó su taza.
—A largo plazo —dijo— quiero que sea honesto conmigo cuando vea algo que no está bien. Aunque eso sea incómodo.
Silencio.
Devan tenía esa expresión que Ren había empezado a asociar con sus momentos de procesamiento real — no la cara profesional sino algo más interior, más genuino, el rostro de alguien que está tomando una decisión que sabe que tiene consecuencias.
Diecinueve años y ya tenía esa expresión.
Lo hicieron crecer rápido, pensó Ren. El que nadie te preste atención hace eso — o te destruye o te vuelve extraordinariamente autosuficiente.
—De acuerdo —dijo Devan finalmente.
No lo dijo con entusiasmo. Lo dijo con la solidez de quien da su palabra porque la da, no porque la situación lo requiere.
Ren asintió.
—Entonces mañana empezamos. —Señaló la taza—. Por ahora, termine el té.
Devan miró la taza.
La tomó.
Y durante el silencio que siguió, que era un silencio diferente al del principio — más tranquilo, con algo de terreno común establecido entre los dos — Ren notó que Sophia había dejado de fingir que leía el libro de cuentas y tenía los ojos ligeramente levantados sobre el borde, con esa expresión de satisfacción contenida de quien observa algo que estaba esperando que ocurriera.
Ren le lanzó una mirada.
Sophia bajó los ojos al libro con la velocidad y la inocencia de alguien que definitivamente no estaba mirando nada.
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Más tarde, cuando Devan se había retirado con la promesa de traer al día siguiente los primeros documentos del ducado, Sophia recogió el servicio de té con sus movimientos habituales de siempre.
—¿Qué opinas de él? —dijo Ren.
Sophia ordenó las tazas sobre la bandeja con cuidado.
—Es inteligente —dijo—. Más de lo que muestra.
—¿Algo más?
—Está acostumbrado a que lo ignoren. —Una pausa—. Cuando le dijo que sabía quién era, por un momento... —Sophia se detuvo, eligiendo las palabras—. Fue como cuando alguien lleva mucho tiempo siendo transparente y de repente se da cuenta de que alguien puede verlo.
Ren la miró.
Sophia levantó la bandeja.
—Me recordó a algo —dijo, en voz baja, casi para sí misma.
No especificó qué.
No necesitaba hacerlo.
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Tres plantas arriba, en su estudio, el Duque Kael Prevail firmaba documentos con la cadencia metódica de las tardes largas.
Devan había regresado con el informe habitual de la reunión — breve, preciso, sin adornos — y el Duque lo había escuchado con el mismo semblante de siempre.
Pero había una línea en el informe que había leído dos veces.
La Duquesa conocía mi nombre completo, mi posición, y la situación con mi familia antes de que yo dijera nada. No pudo haberlo obtenido de los registros del ducado porque esos no incluyen información personal de empleados. Fuente desconocida.
El Duque dejó la pluma sobre el escritorio.
Miró el documento sin verlo realmente.
La fuente no era desconocida para él. O al menos, tenía una hipótesis que no compartió con Devan porque compartirla habría requerido explicaciones que no estaba listo para dar.
Había una sola persona en esa mansión que podría haber llegado a esa información de esa forma.
Y esa persona llevaba aparentemente tres semanas haciendo exactamente eso: llegando a cosas por caminos que nadie había anticipado.
El Duque retomó la pluma.
Firmó el siguiente documento.
Y en algún lugar de su mente, con la persistencia molesta de las cosas que no deberían importar y que sin embargo insisten, se instaló una pregunta que no tenía respuesta todavía.
¿Qué más sabe?
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor