Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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Capítulo 5: Frente al espejo del rechazo
El sol golpeó con fuerza los ventanales del vestíbulo principal de Grupo Varela cuando Yoselin entró al día siguiente. Llevaba el vestido azul marino que había cosido ella misma, y las joyas que brillaban suavemente sobre la tela; cada paso que daba era firme, aunque el corazón le latía acelerado. Al fondo, junto a la recepción, Camila la saludó con la mano y se acercó a ella con una sonrisa cálida.
—Te ves espectacular —dijo Camila, tomándola del brazo—. Ya le avisé a Alejandro que llegamos. No te preocupes: yo estaré a tu lado en todo momento.
Caminaron juntas hacia el despacho que Yoselin ya conocía demasiado bien. Al cruzar la puerta, encontraron a Alejandro Varela de pie junto a la ventana, mirando la ciudad. Se giró lentamente, y su mirada se detuvo primero en su hermana, luego en Yoselin. Por un instante, sus ojos se posaron en el collar que ella llevaba, y Yoselin notó una leve contracción en su mandíbula, como si reconociera el mismo diseño que había visto en el antro.
—Gracias por aceptar escucharla —dijo Camila antes de que él pudiera hablar—. Ya sé que la primera impresión fue distinta, pero te pido que mires su trabajo con atención, sin prisas.
Alejandro asintió con sequedad, se sentó detrás de su escritorio y señaló la silla de enfrente.
—Si Camila confía en usted, le daré esa oportunidad —dijo con voz grave—. Pero no cambia mi opinión sobre las reglas de esta empresa. Muéstreme lo que trae.
Yoselin colocó su carpeta y una caja pequeña sobre la mesa. Esta vez no tembló ni dudó.
—Traje diseños nuevos, y también las piezas terminadas —empezó con calma—. Quiero mostrarle que no elijo entre personalidad y elegancia: las puedo unir.
Abrió la carpeta y desplegó los bocetos que había hecho al amanecer: vestidos con cortes limpios pero detalles únicos, joyas que combinaban fuerza y delicadeza. Luego sacó la caja y puso sobre la mesa el collar, los aretes y la pulsera que llevaba puestos, además de un reloj con correa de plata entrelazada.
Alejandro tomó las piezas una por una. Las examinó detenidamente, observó los grabados, el engaste de las piedras, la precisión de las líneas. No interrumpió, no hizo comentarios burlones. Solo miraba, y por primera vez Yoselin no sintió que juzgaba sin saber.
—La técnica es impecable —dijo al fin, sin levantar la vista de un boceto—. Pero sigo pensando que algunas propuestas son demasiado arriesgadas para nuestra clientela habitual.
—Su clientela no es estática —respondió Yoselin con la misma firmeza que la primera vez, pero sin agresividad—. La gente busca reconocerse en lo que usa, no solo usar algo que diga que tiene dinero. Mis diseños cuentan quién es quien los lleva. Y eso es lo que se queda en la memoria.
Alejandro alzó la mirada. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, y Yoselin sintió esa intensidad que antes le había intimidado, pero ahora ya no le daba miedo. Vio algo más allá de la frialdad: curiosidad, y tal vez una duda que nunca admitiría en voz alta.
—¿Y si me equivoco? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Si al introducir esto perdemos lo que hemos construido?
—¿Y si se equivoca al no intentarlo? —replicó ella—. Lo que construyó se mantiene si se atreve a crecer. No le pido que cambie todo de golpe. Le pido que me deje probar una colección pequeña. Si no funciona, aceptaré su decisión sin quejas.
Hubo un silencio largo. Camila miraba a su hermano con expectación, sin intervenir. Alejandro apartó los diseños, se recostó en la silla y cruzó los brazos.
—Le daré un mes —dijo finalmente—. Trabajará bajo la supervisión del equipo de diseño, con las reglas que correspondan. Si al final el resultado no cumple con los estándares, no habrá segundas oportunidades.
—Acepto —dijo Yoselin, sintiendo cómo el alivio recorría su cuerpo, pero manteniendo la compostura—. Y demostraré que no se arrepentirá.
—Eso veremos —respondió él, pero por un segundo, casi imperceptible, pareció que el rígido rostro del CEO se suavizaba apenas—. Camila te acompañará a tu nuevo puesto. Empezarás mañana.
Mientras salían del despacho, Camila le apretó la mano emocionada. Al cruzar la puerta, Yoselin miró hacia atrás una última vez. Alejandro estaba mirando el boceto que ella había dejado encima, con la expresión concentrada, como si estuviera viendo algo que nunca antes había considerado.
Ya no era solo una entrevista fallida ni un encuentro casual en un antro. Ahora estaba dentro. Y aunque él seguía siendo frío, desconfiado y lleno de reservas, Yoselin sabía que había logrado lo más difícil: hacerle verla de verdad.