Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 19
...AITANA ...
—¿Y bien? ¿Habló? —preguntó, dando un paso hacia mí.
—No, y no lo va a hacer por ahora —le respondí con calma, acomodándome el portafolios—. Ya tomé una decisión sobre cómo vamos a manejar la suspensión de tres días, Montenegro. Ruby, por favor, ayuda a Mía a recoger sus cosas y llévala directo a la camioneta. No dejes que se desvíe por nada.
—Entendido, señorita Aitana —asentió Ruby, entrando de inmediato a la enfermería.
Henrry frunció el ceño, confundido por mi tono y la falta de detalles.
—Espera, ¿qué decisión? Vega, soy su hermano mayor, tengo derecho a saber a dónde...
—Lo discutiremos en el auto —lo corté, dándole una mirada que contenía toda mi seriedad—. Antes de irnos, tengo un asunto pendiente que resolver aquí. Espérame en el estacionamiento con tu hermana.
No esperé a que me discutiera. Me di la vuelta y caminé con paso firme de regreso por el pasillo principal, dispuesta a cumplir la promesa que le había hecho a mi amigo.
Lo encontré saliendo de una de las aulas del segundo piso, cargando un montón de carpetas. Al verme, su rostro se iluminó de inmediato con esa sonrisa tranquila que tanto lo caracterizaba.
—¡Aitana! Pensé que ya te habías ido con los Montenegro —dijo en tono de broma, acomodándose las gafas con el hombro libre.
—No me iría sin despedirme de ti, Samu —le sonreí, sintiendo cómo se me bajaba la tensión del cuerpo—. Las cosas estuvieron... densas ahí adentro. La directora Vance aprobó una suspensión de tres días para Mía por la pelea, pero se va a manejar de forma interna y confidencial.
Samuel asintió, adoptando una postura más profesional pero sin perder la calidez.
—Me alegra escuchar eso. Esa niña tiene un coraza muy gruesa, Aitana, pero en el fondo se nota que está pidiendo auxilio a gritos. Qué bueno que don Augusto te puso a ti a cargo. Si alguien puede ponerle los pies en la tierra, eres tú.
—Bueno, el plan es precisamente ese. Y como la directora aceptó que tú supervises su rendimiento desde casa para no dejar vacíos académicos, necesito que estemos en contacto directo.
—Por supuesto. Cuenta con eso —Samuel dejó las carpetas sobre un casillero cercano y sacó su teléfono—. Pásame tu número actual.
Le dicté los dígitos mientras él los registraba en su agenda. Cuando terminó, me marcó para que me quedara guardado su contacto.
—Listo. Ya tienes mi número —dijo, mirándome a los ojos—. Escríbeme para lo que necesites, Aitana. Ya sea por las notas de Mía... o si necesitas escapar un rato de los Montenegro y tomarte un café para desahogarte. Sigo siendo el mismo buen oyente de la universidad.
—Te tomo la palabra, Samu. De verdad lo voy a necesitar —le aseguré, dándole un abrazo rápido de despedida.
Al separarme, guardé mi teléfono en el saco gris y caminé hacia la salida.
Caminé hacia el estacionamiento ignorando la mirada de rayos X que Henrry me estaba clavando desde su deportivo.
A unos metros, la camioneta negra de los Montenegro ya tenía el motor encendido; alcancé a ver la silueta de Mía a través de los vidrios polarizados, con los brazos cruzados y la cabeza gacha, y a Ruby sentada a su lado.
Llegué hasta donde estaba Henrry. Me planté frente a él, obligándolo a bajarse de su nube de superioridad.
—Súbete a tu auto y síguenos —le dije sin preámbulos, señalando la camioneta—. Nos vamos.
Henrry se despegó del deportivo con lentitud, se quitó las gafas de sol con un movimiento pausado y me barrió con una mirada cargada de hostilidad. Esto era puramente personal.
—¿Se puede saber qué tanto tenías que agendar con el profesorcito de quinta, Vega? —soltó, arrastrando las palabras con un tono peligrosamente calmado—. ¿Te tomó tanto tiempo pasarle el reporte, o es que estabas coordinando tu agenda social para el fin de semana?
Por favor, este hombre no puede ver a otro macho en su territorio porque se le activa el chip de cavernícola.
—Estaba haciendo mi trabajo, Montenegro. Ese "profesorcito" es el titular del área de Mía y va a supervisar sus notas desde casa para que la directora esté más tranquila —le respondí, clavándole los ojos con firmeza—. Intercambiamos números por cuestiones estrictamente profesionales.
Henrry dio un paso al frente, acortando la distancia entre los dos. Podía oler el aroma de su perfume costoso mezclado con el aire fresco de la tarde.
—No me gusta que la gente que trabaja para mí mezcle el beneficio profesional con sus... asuntos personales en horario laboral —siseó, entornando los ojos—. Así que mantén al poeta lejos de los asuntos de mi hermana. ¿Está claro?
—En primer lugar, yo trabajo para tu padre, no para ti. Y en segundo... —le di un toque ligero pero firme con el dedo índice en el centro de su impecable corbata—, a mí ningún idiota con dinero me dice con quién hablo o no. Ahora muévete, porque el tiempo corre y tu hermana tiene que empacar.
Me di la vuelta dejándolo con la palabra en la boca y subí al asiento del copiloto de la camioneta. El chofer me miró por el retrovisor esperando órdenes.
—Arranca, por favor —le dije.
—¿A la mansión, señorita Vega? —preguntó el hombre.
—Sí. Pero solo por media hora. Mía va a empacar una maleta con ropa para tres días.
Desde el asiento trasero, Mía dio un respingo y se inclinó hacia adelante, agarrando el espaldar de mi asiento con desesperación.
—¿Qué? ¡Estás loca! ¡Yo no me voy a ir a ningún lado contigo! —chilló, con la voz rota por el remanente del llanto—. ¡Henrry! ¡Henrry, dile algo!
Miré por el espejo lateral. El deportivo rojo de Henrry ya se había incorporado a la vía, pegado a nuestra defensa como un tiburón siguiendo a su presa.
—Tu hermano no puede hacer nada, Mía —le dije, girándome a medias para mirarla con una serenidad aplastante—. Don Augusto me dejó a cargo. Así que vas a ir a la mansión, vas a guardar tres mudas de ropa sencillas, tus libros de estudio y tus artículos de aseo. Nada de maquillaje excesivo, nada de joyas y, por supuesto, te olvidas de las tarjetas de crédito. Nos vamos para mi casa.
—¡Es un secuestro! ¡Ruby, dile que es un secuestro! —lloró Mía, buscando el apoyo en ella.
Ruby me miró de reojo, con una mezcla de sorpresa y un profundo respeto. Guardó silencio, limitándose a acomodarle un mechón de pelo a la niña con suavidad. Nadie en esa casa se había atrevido nunca a ponerle un límite real a Mía, y aunque la medida era extrema, el rostro de Ruby dejaba claro que era exactamente lo que la menor de los Montenegro necesitaba antes de terminar en un ataúd o en una celda.
El trayecto de regreso a la mansión fue un tormento de quejas y sollozos ahogados por parte de Mía, escoltadas todo el camino por el rugido ensordecedor del motor de Henrry detrás de nosotros. Cuando las enormes rejas de hierro de la propiedad se abrieron, la camioneta se detuvo frente a la entrada principal.
Me bajé de inmediato. Henrry ya había estacionado su auto de lado y venía hacia mí con zancadas furiosas, dispuesto a exigir la explicación que le había aplazado en la escuela.
—Muy bien, Vega. Ya estamos aquí —soltó Henrry, tomándome del brazo para detenerme en seco en la escalinata—. Ahora me vas a decir exactamente qué significa eso de que Mía no pasará la suspensión en la mansión. ¿A dónde diablos piensas llevarte a mi hermana?
Le sostuve la mirada a Henrry, zafándome de su agarre con un movimiento limpio y seco. El personal de la entrada fingía mirar hacia otro lado, pero la tensión en la escalinata era muy evidente.
—A donde tu hermana aprenderá que sus acciones tienen consecuencias reales, Montenegro —le respondí, manteniendo la voz firme—. Se viene tres días a mi casa.
Henrry soltó una carcajada amarga, una mezcla de incredulidad y pura indignación.
—¿Estás demente? ¿Te vas a llevar a Mia a ese hueco? ¡Ni lo sueñes, Vega! No voy a permitir que expongas a mi hermana de esa manera. Esto es ridículo, es peligroso y sobrepasa cualquier límite de tu contrato. Mía se queda en esta casa bajo mi supervisión.
—¿Tu supervisión? —Arqueé una ceja, cruzándome de brazos—. ¿La misma supervisión con la que terminó consumiendo pastillas sintéticas antes de entrar a clases? No me hagas reír, Henrry.
Él se tensó, el golpe directo a su orgullo de hermano mayor lo dejó mudo por un segundo, pero la furia en sus ojos oscuros solo aumentó. Dio un paso hacia mí, intimidante.
—No me importa lo que digas. Yo soy el que está aquí, mi papá está en un avión a diez mil pies de altura y mi palabra es la ley en esta casa. Mía no va a ningún lado.
—¿Ah, sí? Vamos a comprobarlo —dije, sacando mi teléfono del bolsillo del saco gris.
Busqué el contacto de Augusto Montenegro. Sabía que el vuelo de su jet privado a Dubái solía tener una escala técnica de reabastecimiento en las islas Azores a esta hora exacta. Marqué la línea directa confidencial.
El teléfono repicó dos veces. Henrry se quedó estático, mirándome.
—¿Señorita Vega? —La voz profunda, imponente y perfectamente nítida de Augusto Montenegro resonó a través del altavoz que activé deliberadamente—. Estoy a mitad de camino sobre el Atlántico. Supongo que me llama porque ya salió de St. Jude's. Deme el reporte.
—Buenas tardes, señor Montenegro. Lamento interrumpir su viaje —hablé con total calma, clavando mis ojos en los de Henrry—. El asunto en la academia es sumamente delicado. Mía tuvo una pelea física y el examen de toxicología rápida dio positivo para estupefacientes sintéticos en su sistema.
Se produjo un silencio pesado del otro lado de la línea. Sentí cómo Henrry contenía el aliento a mi lado.
—¿Consumo? —La voz de Augusto bajó un tono, cargada de una frialdad que daba escalofríos—. Dígame que tomó medidas drásticas inmediatas, señorita Vega.
—Así es, señor. Logré negociar con la directora Vance una suspensión interna de tres días para evitar que el caso pase a la policía de menores o a los medios, manteniendo el expediente limpio a cambio de entregar al proveedor. Pero para que la disciplina surta efecto y Mía no lo tome como vacaciones, he decidido sacarla de la mansión. Cumplirá sus tres días de suspensión en mi casa, bajo mis reglas, estudiando con el material que el profesor titular me entregará, sin lujos, sin pantallas y sin comodidades.
Henrry no pudo contenerse más y se inclinó hacia el teléfono, alterado.
—¡Padre, esto es una locura! —intervino a gritos—. ¡Aitana se quiere llevar a Mía a ese horrendo lugar! Es peligroso, es un ambiente que Mía no conoce y yo puedo manejar la disciplina aquí en la casa, no tienes por qué autorizar esta estupidez...
—¡Cállate, Henrry! —El rugido de Augusto a través del teléfono fue tan tajante que Henrry se quedó callado en el acto, apretando los dientes—. Tuviste tu oportunidad de manejar este tipo de problemas y lo único que hiciste fue armar un escándalo en los suburbios la semana pasada. No tienes la menor autoridad moral para opinar sobre la disciplina de mi hija.
Henrry desvió la mirada, con el rostro encendido de la rabia y la humillación.
—Señorita Vega —continuó Augusto, regresando a su tono seco—, tiene mi autorización total y absoluta. Si usted considera que ver la realidad fuera de su burbuja es lo que Mía necesita para reaccionar, hágalo. Henrry, no vas a interferir. No hay problema con la seguridad; ordenaré que un equipo discreto vigile el perímetro del sector sin intervenir a menos que sea una emergencia extrema. Señorita Vega, confío en su criterio. Manténgame informado cuando aterrice.
—Así lo haré, señor Montenegro. Buen viaje.
Colgué la llamada y guardé el teléfono. Miré a Henrry, quien seguía inmóvil en la escalinata, con los puños metidos en los bolsillos del traje y una expresión de derrota absoluta mezclada con un resentimiento puro hacia mí.
—Ya lo escuchaste, Director —le dije en voz baja, pasando por su lado para entrar a la mansión.