ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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Una noche fuera de la guarida
La noche comenzaba a caer cuando el jefe de la pandilla 69 ordenó reunir a todos sus hombres en la sala principal.
Los miembros fueron llegando poco a poco. Algunos llevaban armas en sus cinturones, otros conversaban en grupos pequeños y unos cuantos permanecían apoyados contra las paredes.
El Alfa de cabello negro estaba sentado al fondo, con su habitual ropa oscura y la venda cubriéndole los ojos.
No hablaba con nadie. Simplemente esperaba.
Finalmente, el jefe apareció acompañado de Vanessa.
—¡Silencio todos! —ordenó.
Las conversaciones cesaron inmediatamente.
El jefe dejó una carpeta sobre la mesa y observó a sus hombres con expresión seria.
—Tenemos varios asuntos que resolver. En los últimos días, hemos perdido a algunos de nuestros miembros. Otros han desaparecido y todavía no sabemos quién está detrás de todo esto.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Creen que fue otra pandilla? —preguntó uno de los hombres.
—Es una posibilidad —respondió el jefe—. Por eso, desde hoy, nadie saldrá a trabajar sin informar primero de su destino.
Vanessa cruzó los brazos junto a él.
—Y quiero que todos mantengan los ojos abiertos. Si descubren algo sospechoso, deben comunicarlo inmediatamente.
El jefe comenzó a repartir las tareas.
A unos hombres les encargó vigilar los almacenes. A otros, revisar las propiedades de la organización y comprobar que los negocios siguieran funcionando. Varios recibieron instrucciones para investigar las desapariciones de sus compañeros.
—Tú te encargarás del almacén del norte.
—Entendido.
—Ustedes dos revisarán los informes de las últimas semanas.
—Sí, jefe.
Uno tras otro, los miembros recibieron sus órdenes.
El Alfa permaneció sentado, escuchando en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Finalmente, el jefe dirigió su atención hacia él.
—Número 69.
El Alfa levantó ligeramente la cabeza.
—Mañana hablaremos de tu siguiente misión. Por ahora, quiero que descanses. Has trabajado bastante.
—Entendido.
Vanessa lo observó durante unos segundos, como si intentara descubrir qué pasaba detrás de aquella expresión indiferente.
—Espero que esta vez no tengamos sorpresas desagradables —comentó ella.
El Alfa no respondió.
La reunión continuó durante varios minutos más, hasta que el jefe dio por terminada la sesión.
—Eso es todo. Pueden retirarse.
Los hombres comenzaron a levantarse y abandonaron la sala en pequeños grupos. Algunos se dirigieron a sus habitaciones dentro de la guarida; otros salieron para regresar a sus hogares.
El Alfa fue uno de los últimos en levantarse.
No tenía ganas de hablar con nadie.
Tampoco quería quedarse encerrado entre aquellas paredes.
Después de recoger sus pertenencias, salió de la guarida.
La noche estaba fresca y las luces de las calles iluminaban las aceras casi vacías. El ruido de los vehículos llegaba desde la avenida cercana.
El Alfa caminó sin rumbo fijo, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta.
Necesitaba aire.
Dentro de la guarida, todos parecían conocer su lugar. Sabían qué debían hacer, a quién obedecer y cómo comportarse.
Él también lo sabía.
Había sido creado para eso.
Pero últimamente, cada vez que se quedaba solo, su mente comenzaba a hacer preguntas que nunca antes se había permitido formular.
¿Por qué tenía que obedecer siempre?
¿Por qué no podía elegir?
¿Y por qué aquel omega de cabello amarillo aparecía constantemente en sus pensamientos?
Se detuvo junto a una pequeña plaza y se sentó en una banca.
A unos metros, una pareja caminaba con su perro. Cerca de la fuente, dos jóvenes conversaban mientras compartían unos auriculares.
El Alfa los observó en silencio.
Parecían personas corrientes, viviendo vidas corrientes.
Algo que él jamás había tenido.
Bajó la cabeza y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Qué tontería… —murmuró.
Entonces escuchó unas risas infantiles que llegaban desde la otra parte de la plaza.
Giró el rostro hacia ellas.
Varios niños jugaban bajo la supervisión de una mujer, mientras uno de ellos corría detrás de una pelota.
Sin querer, recordó el parque donde había visto a Eiden por primera vez.
Recordó cómo el omega había sonreído cuando uno de los pequeños lo abrazó.
Y, una vez más, sintió aquel extraño latido en el pecho.
—Eiden… —pronunció en voz baja.
Se quedó sorprendido al escuchar su propio susurro.
Ni siquiera estaba allí, pero seguía pensando en él.
El Alfa se reclinó contra el respaldo de la banca y levantó el rostro hacia el cielo nocturno.
—¿Qué me has hecho, omega?
No obtuvo respuesta.
Solo el sonido lejano de la ciudad.
Permaneció allí durante un buen rato, intentando ordenar sus pensamientos. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando sacó su teléfono y miró la pantalla vacía.
No tenía mensajes.
Nadie lo esperaba en casa para preguntarle cómo había sido su día.
Nadie se preocupaba por si regresaba tarde.
Aquella había sido siempre su vida, y nunca le había importado.
Hasta ahora.
Porque, por primera vez, deseaba encontrarse con alguien al día siguiente.
Y ese alguien era precisamente la persona a la que tenía prohibido acercarse.