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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16. ¿La heredera era Camila?

Los meseros y los guardaespaldas llegaron al oír la discusión y se interpusieron. Las amigas de Renata alcanzaron a sostenerla antes de que golpeara el suelo.

Leonardo también estaba allí.

No le gustaban los bailes, pero había decidido acompañar a Camila para evitarle más problemas.

Se quitó el saco, se lo puso sobre los hombros y se volvió hacia Renata, furioso.

—No estás en una de las empresas de tu familia. Antes de hacer otro escándalo, piensa con quién te metes. ¿Los Cárdenas quieren enemistarse con los Montenegro?

Renata tenía la cara roja.

—Esto es entre Camila y yo. No tiene nada que ver contigo. ¡Ni con tu familia! ¡Quítate!

Ver tanta gente protegiendo a Camila la llenaba de rabia e impotencia. También empezaba a asustarse.

Acabó llorando en medio de la protesta.

Sus amigas se apresuraron a calmarla.

—No vale la pena pelearte con los Montenegro por esto. Vamos a dejarlo.

—Además, Gabriel podría estar aquí...

Mencionarlo solo la hizo sentirse peor.

Clavó en Camila una mirada cargada de odio.

En la penumbra, la discusión apenas había llamado la atención de quienes estaban cerca.

El resto del salón reaccionó de pronto a algo que ocurría en la pista.

Una pareja bailaba bajo las luces.

Él y ella avanzaban con una elegancia serena, perfectamente acompasados. Entre los destellos, parecían hechos el uno para el otro.

Camila reconoció al hombre al instante.

Gabriel.

—Es Alcázar... —murmuró una de las amigas de Renata.

Todas miraron a Camila.

Habían dado por hecho que, después de protegerla en la cena, bailaría con ella.

Renata observó la pista y soltó una risa desdeñosa.

—Parece que me equivoqué contigo. ¿Cómo iba Gabriel a fijarse en ti? Ya veo que no vino por ti.

Pero al mirar a la mujer que él tenía entre los brazos, la satisfacción se le deshizo.

Hasta de lejos, Gabriel seguía pareciéndole deslumbrante. Inalcanzable.

Ya no quiso quedarse. Salió del salón con prisa.

Leonardo tuvo que llamar varias veces a Camila para que lo mirara.

—No escuches a Renata. Está bailando con Inés Solano. Son amigos desde hace años.

Era una explicación incompleta.

Gabriel e Inés habían crecido juntos. Los Solano eran una familia de intelectuales y artistas; su abuelo era un pintor muy reconocido, de quien Gabriel había recibido clases de dibujo desde pequeño.

Después eligieron carreras distintas y fueron viéndose menos.

Inés había sido una de las presentadoras de la gala. El evento les había dado la oportunidad de reencontrarse.

Camila la había notado sobre el escenario: elegante, segura, una mujer que destacaba sin esfuerzo. No sabía que también era una invitada especial.

Volvió a mirar la pista.

Gabriel e Inés se movían con tanta coordinación que parecían haber ensayado.

Camila los observó unos segundos y apartó los ojos. Tomó una copa de champaña y bebió un sorbo.

No tenía por qué importarle.

Dejó la copa y salió del salón.

Su vuelo salía temprano. Descansar era más útil que quedarse allí mirando.

Cuando acabó de hacer la maleta en su habitación, se encendió el celular.

Tres llamadas perdidas. Un mensaje.

Daniel había llamado dos veces. También preguntaba si regresaría a México al día siguiente, con esa forma suya de tantear lo que ella hacía.

Camila quitó el aviso sin responder. Con él tenía todavía menos ganas de hablar.

La otra llamada era de Gabriel. El registro indicaba que había sonado apenas unos segundos. Podía haber sido un error. No había dejado mensaje.

Miró su nombre. Acercó el dedo para devolverle la llamada y lo retiró.

No hacía falta.

La alianza podía seguir su curso. Buscar más contacto del necesario solo la haría parecer insistente.

Después de un matrimonio sostenido por un acta falsa, había aprendido a separar lo que sentía de lo que le convenía.

Gabriel era admirable. Ella podía reconocerlo.

Su vida privada le pertenecía a él.

Apagó la pantalla y se acostó. La luz de la luna atravesaba la cortina.

Durmió sin soñar.

Al amanecer salió con su maleta, caminando con ligereza. Tenía mucho que resolver de vuelta en casa.

Antes de que dejara el hotel, un empleado le entregó un paquete envuelto en terciopelo y seda.

—El señor Alcázar lo dejó para usted. Salió temprano y no quiso despertarla.

Dentro había un estuche pequeño de madera oscura, con motivos delicadamente tallados.

Camila lo abrió.

Sobre el terciopelo negro descansaba un anillo de esmeralda.

La piedra era ovalada y extraordinariamente grande, de un verde profundo y limpio. Un contorno sencillo de diamantes bastaba para convertirlo en una joya deslumbrante.

Leonardo no pudo ocultar su admiración.

—Camila, esa piedra es excepcional.

Ella no era experta. Aun así, sabía que una esmeralda de aquel tamaño y calidad debía de ser tan rara como costosa.

Era demasiado, incluso para alguien con quien pensaba casarse.

—No puedo aceptarlo.

Iba a devolvérselo al empleado cuando Leonardo la detuvo.

—Es un regalo de Gabriel. Si quieres rechazarlo, tendrás que hacerlo tú misma, cuando lo veas.

Camila tuvo que admitir que era lo correcto. Cerró el estuche y lo guardó por el momento.

***

El avión de Mauricio aterrizó en el aeropuerto de Puerto Claro a las cuatro de la tarde.

Daniel acababa de llegar al mismo lugar con su asistente para despedir a un cliente.

Después de tantas pérdidas, aquella negociación era vital. No podía descuidarla antes de asegurar el acuerdo.

Si Camila estuviera allí...

Siempre conseguía convencer a los clientes con una rapidez que él no alcanzaba.

Después de despedirse, volvió a mirar el celular. Lo había hecho a cada momento durante todo el día.

Camila no respondió al mensaje de la noche anterior. Por la mañana, su teléfono estaba apagado.

¿De verdad iba a seguir ignorándolo?

Nunca habían pasado tanto tiempo distanciados.

Lo peor era que empezaba a parecerle que ella no intentaba castigarlo. Simplemente había dejado de importarle.

Había periodistas esperando cerca del acceso privado. Como su auto estaba estacionado en aquella zona, Daniel le pidió al asistente que averiguara qué ocurría.

—Esperan a la heredera de los Montenegro, señor.

Él se detuvo.

—¿A la hija?

—Regresa de la gala benéfica de Panamá. Antes iba la familia que dirige el grupo. Ahora todos se preguntan si habrá cambios y si los Montenegro van a conservar su posición en los negocios.

El asistente estaba bien informado. Grupo Montenegro era uno de los posibles inversionistas que Daniel intentaba atraer desde hacía años.

Nunca le habían respondido a una sola propuesta.

Su empresa todavía no estaba a la altura.

Pero una nueva persona al frente podía abrir una oportunidad.

Daniel buscó información en el celular.

No encontró nada útil sobre la heredera. Se decía que era muy reservada y todavía no se había presentado públicamente ante la prensa de México.

Recordó el grupo de sus antiguos compañeros. Buscó entre los mensajes, pero la foto ya no estaba disponible.

Mientras tanto, Camila entró al estacionamiento por el acceso privado, rodeada de guardaespaldas.

Ella y Leonardo saldrían en vehículos distintos.

Su primo había hecho retirar a los periodistas. Cuando la camioneta de Camila se acercó a la salida, no había nadie esperando afuera.

Entonces otro auto se cruzó delante y los obligó a detenerse.

El conductor tocó el claxon. El guardaespaldas sentado junto a Camila se enderezó.

Un hombre bajó del auto.

Camila, que empezaba a adormilarse, se despejó al instante.

Daniel.

¿Qué hacía allí?

Él golpeó con los nudillos la ventanilla junto a ella. Se inclinó con una educación que Camila conocía demasiado bien.

—Señorita Montenegro, disculpe la interrupción. ¿Podría concederme un minuto?

Antes de que ella hablara, el guardaespaldas bajó, furioso.

—¿Quién es usted? ¿Qué cree que hace? ¿Quién le dio permiso de cerrarnos el paso?

El hombre era corpulento e intimidante. Daniel mantuvo la compostura.

—Admiro a Grupo Montenegro desde hace mucho tiempo y me gustaría explorar una colaboración. Supe que la señorita estaba aquí y pensé en presentarme. Solo pido unos minutos.

—Hay gente mucho más importante haciendo fila para hablar con ella. ¿Usted quién se cree?

Camila lo observaba a través del cristal oscuro, sin decir una palabra.

Daniel tenía mala cara, pero parecía haber previsto que lo trataran así.

Sonrió y le tendió su tarjeta con una cortesía exagerada. Miró otra vez hacia la ventanilla.

—Mi empresa no es de las más grandes de Puerto Claro. Pero nuestra capacidad está al nivel de cualquiera. Si me da una oportunidad, ambos podemos beneficiarnos.

El guardaespaldas tomó la tarjeta y la arrojó al suelo.

El conductor miró a Camila.

—¿Le digo a nuestro hombre que vuelva al auto?

Ella ladeó un poco la cabeza.

—Déjelo. Por conseguir lo que quiere, ese hombre es capaz de cualquier cosa.

—¿Señorita?

El conductor no supo a quién se refería.

Daniel llamó a su asistente y pidió otra tarjeta, como si nada hubiera pasado.

—Por favor, acéptela. Ya que la hice perder tiempo, no dejemos que sea para nada.

Le hablaba a Camila, aunque seguía ofreciéndosela al guardaespaldas.

Sonreía con los labios. En los ojos empezaba a formársele una tormenta.

El guardaespaldas se quedó un instante sin saber qué más decirle. Tomó la segunda tarjeta, dispuesto a tirarla también.

—Entonces acéptela.

La voz de Camila salió desde detrás del cristal.

Daniel se estremeció.

—¿Cami?

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