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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: La medida exacta del rencor

«Miéntele al contrato si quieres, pero no a mí».

Las palabras de Caleb quedaron suspendidas en el aire denso del taller, pesadas como plomo derretido. La respiración de él le rozaba la mejilla con un calor intolerable; sus dedos ásperos todavía apresaban la mano de ella contra el mango de las tijeras, anclándola a ese segundo exacto donde el pasado amenazaba con devorarla entera.

Por una fracción de segundo, a Victoria le flaqueó la armadura. En los ojos dorados de Caleb volvió a ver al muchacho del desván, la penumbra cómplice de la buhardilla y esa devoción salvaje que alguna vez creyó indestructible.

Pero el recuerdo del 14 de noviembre ardió con más fuerza.

El frío de la terminal de embarque. El avión blanco perdiéndose en la niebla. El papel madera arrugado en su puño. Diez años de soledad, de lágrimas tragadas en silencio y de horas frente a la Singer reconstruyendo su vida puntada a puntada.

La vulnerabilidad se transformó en rabia pura y helada.

Victoria no apartó la mirada. Apretó los dedos con fuerza y, en lugar de soltar las tijeras, forzó la hoja de acero hacia abajo, cerrándola con un chasquido metálico, seco y cortante, a escasos milímetros de los dedos de Caleb.

Él no se apartó por instinto de conservación; se apartó porque entendió el mensaje.

—Esa buhardilla no existe más, Caleb —dijo ella con una voz tan firme y gélida que pareció cortar el aire entre ambos—. Y si alguna vez soñamos algo juntos, se pudrió el día que decidiste ponerle precio a tu talento y marcharte como un cobarde. Esta silueta es mía. Este taller es mío. Tú solo eres el socio forzado que me impuso un jurado mediocre.

Caleb retrocedió medio paso. La mandíbula se le tensó hasta que los músculos de su cuello se marcaron como cuerdas tirantes. Por un instante fugaz, el dolor y la culpa cruzaron su rostro con una crudeza desgarradora, pero la máscara de cinismo corporativo volvió a cerrarse sobre sus facciones antes de que Victoria pudiera regodearse en la herida.

—Si eso te ayuda a mantener la frente en alto, cómprate la mentira, Victoria —respondió él, metiendo las manos en los bolsillos con una calma ensayada que no lograba tapar la aspereza de su tono—. Pero no seas hipócrita con el trabajo. El drapeado de esa cadera funciona porque equilibra los hombros estructurados que yo calculé. Sin mi base, tu tela al bies sería solo una cortina arrugada.

—Eso lo veremos en la prueba de movimiento —retrucó ella, dándole la espalda para volver a clavar alfileres en el maniquí con una velocidad furiosa.

Durante las cuatro horas siguientes, el taller se convirtió en un campo de batalla mudo.

Clara se movía con cautela entre los percheros, pasándoles hilos, reglas de madera y tizas de sastre sin atreverse a romper el cerco electrificado que rodeaba la mesa de corte. Victoria y Caleb no volvieron a mirarse a los ojos de forma directa, pero la interacción de sus cuerpos era inevitable. Compartían el espacio con la sincronía implacable de dos cirujanos operando a corazón abierto: él medía las tensiones de las hombreras con una escuadra metálica, ella definía la caída de los pliegues con cortes certeros; él trazaba correcciones sobre el papel de patrón con trazos secos de carboncillo, ella rectificaba los márgenes de costura con una tiza azul que no dejaba margen al error.

Cada roce accidental de hombros encendía una chispa; cada vez que las manos de ambos buscaban la misma bobina de hilo de hilvanar, una corriente sorda recorría la madera del tablón.

Al caer la tarde, la luz ámbar del sol comenzó a filtrarse por los ventanales industriales, tiñendo el lienzo crudo del prototipo con reflejos dorados.

Victoria dio un paso atrás para evaluar la pieza terminada.

El conjunto sobre el maniquí era imponente. Una chaqueta de corte asimétrico, con una solapa angulosa y afilada que descendía hasta fundirse en una falda midi drapeada al bies, quebrando la rigidez formal con una sensualidad líquida, peligrosa y moderna. No era una prenda de Textil Vanguardia; no era una prenda del Atelier Victoria. Era un híbrido perturbadoramente perfecto: el choque exacto entre la armadura y la carne, el orden y el caos.

Caleb se detuvo a su lado, con la camisa desabrochada en el cuello y el cabello ligeramente despeinado por las horas de trabajo. Contempló el maniquí en silencio, cruzado de brazos.

—Funciona —admitió él en un susurro grave, desprovisto por completo de sarcasmo.

Victoria no pudo evitar un suspiro largo. El cansancio comenzaba a pesarle en los hombros, pero la satisfacción profesional le devolvió un atisbo de calma.

—Funciona en lienzo de prueba —aclaró ella, cruzándose de brazos también, manteniendo la distancia prudencial de un metro entre sus cuerpos—. Ahora necesitamos el género definitivo. Para sostener ese cuello necesitamos una lana fría de cuatrocientos gramos con cuerpo, y para la falda, una seda salvaje con trama cerrada. Si usamos telas estándar de catálogo, la gravedad va a deformar el corte en tres horas de pasarela.

—Vanguardia tiene un depósito fiscal en el puerto con partidas exclusivas de lana importada de Biella y sedas crudas de Como —dijo Caleb, girándose hacia ella—. Géneros que tu taller no podría costear ni en diez años de pedidos por encargo.

Victoria frunció el ceño, sintiendo el aguijonazo del orgullo herido.

—No necesito limosnas de tus contenedores.

—No son limosnas, idiota. Es el presupuesto de la Bienal —cortó él con un bufido impaciente—. Si queremos que este monstruo gane el Oro, no vamos a escatimar en materiales. Mañana a las siete de la mañana nos encontramos en el puerto para seleccionar los rollos.

Caleb recogió su abrigo del respaldo de una silla y se dirigió hacia la salida. Pero antes de alcanzar el picaporte de la puerta, sus pasos se frenaron en seco.

Sus ojos se posaron en el rincón más iluminado por la luz del atardecer.

Allí, bajo la ventana lateral, descansaba la vieja máquina de coser Singer a pedal, con su mesa de fundición negra, sus dorados desgastados por el roce de miles de telas y su pedal de hierro lustrado por el uso constante.

Caleb se quedó completamente inmóvil. El aire pareció escaparse de sus pulmones. Avanzó dos pasos hacia ella, con una lentitud casi hipnótica, extendiendo una mano como si temiera que el mueble fuera un fantasma.

Sus dedos acariciaron el hierro frío de la rueda lateral.

—La trajiste contigo —murmuró él, con un quiebre en la voz tan íntimo y desarmado que a Victoria se le encogió el estómago—. Te mudaste tres veces desde que saliste de la escuela... y todavía coses con ella.

Victoria sintió el pánico invadirle el pecho. El secreto de esa máquina era la única prueba tangible de que jamás había podido extirparlo del todo de su vida.

Se plantó entre Caleb y la máquina de coser, bloqueándole el paso con una mirada fiera.

—Coso con ella porque tiene una puntada recta más precisa que cualquiera de tus máquinas electrónicas —mintió, sosteniéndole la mirada con toda la furia que pudo convocar—. No te creas tan importante, Caleb. Las máquinas duran más que los hombres que juran lealtad y huyen al primer cheque.

Caleb clavó sus ojos en ella. Estaban tan cerca que Victoria pudo ver las motas oscuras en su iris y la línea tensa de sus labios.

En lugar de defenderse o responder con otro sarcasmo, Caleb bajó la vista hacia el cajón lateral de madera de la Singer. Durante un segundo que pareció eterno, su mano tembló apenas sobre el tirador de bronce. Sabía exactamente lo que solían guardar ahí.

—A las siete en el puerto, Victoria —dijo él en voz baja, retirando la mano como si la madera quemara—. Y no te pongas tacones. Vamos a tener que trepar entre contenedores.

Abrió la puerta y bajó las escaleras de madera con pasos apresurados, dejándola sola en la penumbra del taller.

Victoria esperó a escuchar el portazo de la calle. Solo entonces se dejó caer sobre la banqueta de la máquina, temblando de la cabeza a los pies. Con manos torpes, abrió el cajón lateral de la Singer, apartó los carretes de hilo gastados y extrajo del fondo la muñequera imantada de alfileres que él había dejado diez años atrás.

La apretó contra su pecho con fuerza, cerrando los ojos mientras se maldecía a sí misma por no haber tenido el coraje de tirarla a la basura.

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