La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 17
Valeria estaba sentada en el jardín, contándole a Damián una historia que había escuchado de Teresa, la cocinera.
Según ella, uno de los guardias había intentado impresionar a una muchacha del servicio presumiendo de sus habilidades con las armas. El problema era que, cuando le habían pedido que demostrara su puntería, había terminado rompiendo una lámpara que llevaba años en la familia Montenegro.
—¿Y qué hicieron con él? —preguntó Damián.
—No lo sé. Teresa se rio tanto que tuvo que dejar de contarme la historia.
—Qué informativa.
—Bueno, no puedo saberlo todo. No soy adivina.
Damián soltó una pequeña risa por la nariz.
Valeria sonrió, satisfecha de haber conseguido que el gruñón se divirtiera un poco. Desde que había empezado a acompañarlo a sus consultas médicas, lo notaba menos reacio a salir de su habitación. Seguía teniendo mal carácter, por supuesto, pero ya no parecía dispuesto a pelear con el mundo entero cada vez que alguien le preguntaba cómo se encontraba.
—Además —continuó ella—, creo que el guardia todavía está pagando la lámpara.
—Si la rompió, es justo.
—¿Tú también cobrarías una lámpara rota de tu sueldo?
—Depende de quién la rompiera.
—Qué generoso.
—Soy conocido por mi infinita bondad.
Valeria estaba a punto de responder cuando escucharon pasos acercándose por el sendero del jardín.
Uno de los hombres de la casa se detuvo frente a ellos.
—Señorita Valeria, hay una mujer que la está buscando. Dice que es su tía.
La sonrisa desapareció del rostro de Valeria.
Fue un cambio tan repentino que Damián giró la cabeza hacia ella.
Durante unos segundos, la joven no dijo nada. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y los dedos se le enfriaron alrededor de la taza que sostenía.
Su tía.
No la había visto desde que se había casado con Iván, pero recordaba perfectamente la última vez que habían hablado. Recordaba sus amenazas, sus reproches y aquella manera de mirarla como si Valeria fuera una propiedad que podía entregar a quien mejor le conviniera.
Porque, en cierto modo, eso había hecho.
La había convencido de casarse con Iván, asegurándole que sería un buen marido y que debía sentirse agradecida por la oportunidad. Valeria había confiado en ella. No tenía padres que pudieran defenderla y había pasado buena parte de su vida dependiendo de los familiares que se suponía que debían protegerla.
Después de la boda, comprendió que su tía no la había entregado por amor.
Había querido quitársela de encima.
Y su tío había sido todavía peor.
—¿Valeria? —preguntó Damián.
Ella parpadeó y dejó la taza sobre la mesa.
—Ahora vuelvo.
Intentó levantarse con naturalidad, pero sus manos temblaron ligeramente al alisar la falda.
Damián frunció el ceño.
—¿No quieres que te acompañe?
—No, está bien. Yo me encargo. Ahora vuelvo.
—Valeria…
—De verdad, Damián. No te preocupes.
Ella le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos y se marchó antes de que él pudiera hacerle más preguntas.
Damián permaneció inmóvil, escuchando cómo sus pasos se alejaban.
Algo no estaba bien.
No sabía qué relación tenía Valeria con aquella mujer, pero conocía la diferencia entre su voz habitual y la que acababa de utilizar. La joven había intentado tranquilizarlo, aunque era evidente que estaba asustada.
—Nicolás —llamó.
Su hombre de confianza apareció poco después.
—¿Qué necesita, señor?
—Acompáñame al salón.
—¿Ha ocurrido algo?
—Todavía no lo sé.
Damián tomó su bastón y se puso de pie.
—Pero quiero averiguarlo.
Valeria encontró a su tía en el salón principal.
La mujer estaba de pie junto a uno de los ventanales, observando la decoración con una expresión de desagrado. Vestía ropa elegante y llevaba un bolso de marca colgado del brazo. Al verla entrar, sus ojos se estrecharon.
—Por fin apareces.
Valeria se detuvo a varios pasos de distancia.
—¿Qué haces aquí?
—¿Así saludas a tu tía? Después de todo lo que he hecho por ti.
Aquellas palabras le provocaron una amarga sensación en el estómago.
—No recuerdo haberte pedido que vinieras.
—¡Mira cómo me habla esta desagradecida!
La mujer avanzó hacia ella.
Valeria retrocedió instintivamente, un movimiento que no pasó inadvertido para su tía.
—¿Ahora tienes miedo de mí? —se burló—. ¿O te has vuelto demasiado importante desde que te escondes en esta casa?
—No me estoy escondiendo.
—Entonces, ¿por qué no has vuelto con tu marido?
Valeria apretó los labios.
—Porque voy a divorciarme de él.
El rostro de su tía se endureció.
—¿Qué acabas de decir?
—Mi matrimonio terminó. No voy a regresar con Iván.
—¡Tú no decides eso!
—Sí, lo decido yo. Es mi matrimonio.
La mujer la miró como si acabara de escuchar la mayor insolencia de su vida.
—¿Después de todo lo que hicimos para conseguirte un marido? ¿Así nos pagas?
Valeria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Ahí estaba otra vez.
La misma voz, la misma expresión y aquella insistencia en recordarle que le debía algo por haberla criado, alimentado y mantenido bajo su techo.
—No te pedí que me casaras con él —respondió, intentando mantener la voz firme—. Tú me aseguraste que era un buen hombre.
—¡Y lo era hasta que empezaste a comportarte como una esposa inútil!
Valeria bajó la mirada un instante.
Había escuchado insultos peores. Durante años había aprendido a soportarlos sin responder, porque sabía lo que ocurría cuando su tía se enfadaba y su tío decidía intervenir.
Pero ya no vivía en aquella casa.
Ya no tenía que pedir permiso para respirar.
—Te pido que te marches —dijo—. No quiero discutir contigo.
La bofetada llegó antes de que pudiera apartarse.
El golpe le giró el rostro y la hizo perder el equilibrio. Valeria se llevó una mano a la mejilla, aturdida.
El sonido resonó por todo el salón.
—¡Maldita perra ingrata! —gritó su tía—. ¡Iván me contó todo! ¡Te has atrevido a abandonarlo después de todo lo que ha hecho por ti!
Valeria sintió que le ardía la cara.
—Él me engañó.
—¡Los hombres hacen esas cosas! Una mujer decente sabe mantener su matrimonio.
—Me echó de mi propia casa.
—¡Porque seguramente lo provocaste!
Valeria la miró, incrédula.
Incluso después de todo lo que había ocurrido, su tía seguía encontrando la manera de culparla.
—No voy a volver con él.
La mujer se acercó y la agarró del brazo.
—Te vienes conmigo ahora mismo o te mataré a golpes. ¿Me has oído?
Valeria intentó soltarse.
—Suéltame.
—¡Vas a hacer lo que te digo!
—¡He dicho que me sueltes!
El grito sorprendió a ambas.
Valeria nunca había sido capaz de responderle así. Durante años había confundido la obediencia con la supervivencia, y ahora su propio cuerpo parecía incapaz de comprender que podía defenderse.
Su tía levantó nuevamente la mano.
Pero no llegó a golpearla.
—¡Aléjate de ella!
Nicolás cruzó el salón con rapidez. En un movimiento preciso, sacó su arma y apuntó directamente a la cabeza de la mujer.
—¿Quién demonios te crees para venir aquí a dar órdenes, maldita vieja?
La tía de Valeria soltó el brazo de la joven y cayó al suelo del susto.
—¡Estás loco! ¡Baja esa arma!
—Te lo diré una sola vez —respondió Nicolás, sin apartar la pistola—. En esta casa no se golpea a nadie.
—¡Esta mujer es mi sobrina!
—Y tú acabas de agredirla.
—¡Tengo derecho a corregirla!
—¿Corregirla? —repitió Nicolás con una sonrisa sin humor—. Vuelve a levantarle la mano y descubrirás cuánto me interesa tu derecho.
Valeria seguía inmóvil junto al sofá, con una mano sobre la mejilla.
El corazón le latía tan deprisa que apenas podía respirar con normalidad.
No había esperado que alguien interviniera.
Mucho menos que alguien se atreviera a enfrentarse a su tía sin vacilar.
—Nicolás —dijo una voz desde la entrada.
Damián acababa de llegar.
Su bastón golpeó suavemente el suelo mientras avanzaba acompañado por otro empleado. No podía ver el arma ni a la mujer arrodillada, pero había escuchado los gritos desde el pasillo y no necesitaba demasiadas explicaciones para comprender que su sospecha había sido acertada.
—¿Qué ha ocurrido?
Nicolás no bajó el arma.
—La tía de la señorita Valeria ha venido a llevársela por la fuerza. La golpeó y amenazó con matarla a golpes.
El silencio que siguió fue absoluto.
Damián volvió el rostro hacia Valeria.
—¿Te ha golpeado?
Ella intentó responder, pero la voz no le salió.
Aquello pareció bastarle.
—Nicolás, que alguien llame al médico.
—Ya mismo.
—Y que cierren las puertas de la mansión.
La mujer levantó la cabeza, indignada.
—¡No puedes retenerme aquí! ¡No sabes quién soy!
Damián giró lentamente hacia ella.
—No necesito saber quién eres para entender que acabas de agredir a una invitada de esta casa.
—¡Es mi sobrina! ¡Me pertenece!
La mano de Valeria se cerró en un puño.
Damián permaneció callado durante unos segundos.
Cuando volvió a hablar, su voz era mucho más fría.
—Las personas no pertenecen a nadie.
Su tía palideció.
—Tú no entiendes nada. Esa muchacha es una malagradecida. Nosotros la criamos, le dimos un techo y la casamos con un hombre que podía mantenerla. ¡Y ahora nos avergüenza abandonándolo!
—¿La casaste con él para que la mantuviera? —preguntó Damián—. ¿O para librarte de ella?
La mujer abrió la boca, pero no respondió.
Damián ladeó ligeramente la cabeza.
—Eso imaginaba.
—¡No tienes derecho a juzgarme!
—Estás en mi casa. El derecho a decidir quién permanece aquí me basta.
Señaló la entrada con el bastón.
—Sáquenla.
Dos guardias se acercaron, pero la mujer se aferró al borde de una mesa.
—¡Valeria! ¡Diles que me suelten!
La joven se estremeció.
Aquel tono le resultaba demasiado familiar. Durante años, su tía había alternado los insultos con súplicas calculadas, exigiéndole obediencia y después reclamándole cariño cuando necesitaba algo.
—¡Soy tu familia! —gritó la mujer—. ¡No puedes permitir que me traten así!
Valeria miró a Damián y luego a Nicolás.
Su mejilla seguía ardiendo. Le temblaban las piernas, pero por primera vez en mucho tiempo no estaba sola frente a aquella mujer.
—No quiero que vuelva a entrar aquí —dijo finalmente.
Su tía se quedó inmóvil.
Valeria tragó saliva.
—Y no vuelvas a buscarme.
—¡Maldita desagradecida! ¡Te arrepentirás de esto!
Los guardias consiguieron apartarla de la mesa y la condujeron hacia la salida, mientras ella continuaba lanzando amenazas que se fueron apagando conforme se alejaba.
Cuando las puertas se cerraron, Valeria soltó el aire que había estado conteniendo.
Entonces comprendió que estaba temblando.
Damián extendió una mano en su dirección.
—Valeria, ven aquí.
Ella se acercó despacio y encontró su mano. En cuanto él notó sus dedos helados, los envolvió entre los suyos.
—Ya se fue —le dijo.
Valeria apretó los labios.
—Lo siento.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
—Por causar problemas en tu casa.
Él guardó silencio un instante y luego negó con la cabeza.
—Tú no has causado nada. Esa mujer vino aquí y decidió comportarse como una salvaje.
Valeria soltó una risa débil que se quebró casi de inmediato.
—Siempre ha sido así.
Damián no la interrumpió.
—Mi tío también —añadió ella, con la mirada fija en el suelo—. A él le tenía todavía más miedo. Cuando se enfadaba, mi tía decía que yo debía aprender a obedecer para evitar que las cosas empeoraran.
Sus dedos se aferraron a la mano de Damián.
—Cuando me casé con Iván, pensé que por fin podría vivir tranquila. Creí que, si hacía las cosas bien, nadie tendría motivos para enfadarse conmigo.
Damián sintió que algo se le endurecía en el pecho.
No podía borrar lo que le habían hecho. Tampoco podía devolverle los años en los que había vivido con miedo de su propia familia.
Pero podía escucharla.
—No tienes que ganarte el derecho a que te traten bien —dijo—. Ni aquí ni en ningún otro lugar.
Valeria bajó la cabeza. Esta vez no intentó esconder las lágrimas.
Damián le apretó suavemente la mano.
—Y si tu tío aparece por esta casa, Nicolás tendrá una conversación con él.
Desde unos pasos más atrás, Nicolás respondió con absoluta seriedad:
—Una conversación muy desagradable, señor.
A Valeria se le escapó una pequeña risa entre lágrimas.
Damián inclinó el rostro hacia ella.
—¿Te duele mucho la mejilla?
—Un poco.
—Vamos a hacer que te la revisen.
Ella asintió, sin soltarle la mano.
Mientras la acompañaban fuera del salón, Nicolás se quedó unos segundos observando la puerta por la que habían sacado a la mujer.
Después sacó su teléfono.
Si aquella señora se había atrevido a entrar en la mansión para llevarse a Valeria por la fuerza, era evidente que no había ido allí únicamente por preocupación familiar.
Y Nicolás tenía la intención de averiguar qué había detrás de todo aquello.
Porque una cosa acababa de quedar clara.
La familia de Valeria no había venido a rescatarla.
Había venido a reclamar algo que creía suyo.
Y ahora tendría que aprender que Valeria ya no estaba a su alcance.