Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 10
Capítulo 10. Solo obedecemos al señor Montenegro
¿Una lesión en la cabeza?
Alejandro volvió a mirar a Sofía y frunció aún más el ceño. Recordó que en el circuito ella se había llevado la mano a la frente algunas veces.
Había estado soportando el dolor sin decir nada.
—Asigne a los mejores médicos y enfermeras. Quiero que reciba toda la atención que necesite.
—Por supuesto, señor Montenegro.
* * *
Cuando Valeria se enteró de que Alejandro había llevado a Sofía al hospital, estuvo a punto de arrojar el celular contra la pared.
Creía que él solo le seguía el juego. No imaginaba que la tomara tan en serio.
Llamó a Diego de inmediato, fingiendo preocupación.
—Acabo de saber que Alejandro llevó a Sofía al hospital. ¿Y si lo hizo a propósito? Tal vez fingió estar enferma para darle lástima.
No le dio tiempo a responder.
—Tengo una amiga que trabaja allí. Dice que Sofía está perfectamente. Se hace la enferma y le habla a Alejandro con voz de niña mimada. No puedo creerlo. Apenas se separó de ti y ya está buscando a otro hombre.
Diego frunció el ceño.
Una parte de él quería creer que Sofía fingía para acercarse a Alejandro. Pero otra recordaba su rostro pálido y el modo en que se había desplomado.
No parecía una actuación.
Además, la actitud de Alejandro lo inquietaba. La trataba con una atención que iba mucho más allá de la cortesía.
—Ya escuché —dijo, cortante.
Colgó y se pasó una mano por el cabello. No conseguía ordenar sus pensamientos.
* * *
Sofía abrió los ojos despacio.
Lo primero que vio fue el techo blanco. Olía a desinfectante y, muy cerca, permanecía aquel perfume fresco que empezaba a reconocer.
Intentó moverse. Tenía el cuerpo pesado y le dolía mucho la cabeza.
—Ya despertó.
Una enfermera joven entró en la habitación con una sonrisa amable.
—¿Usted me trajo? —preguntó Sofía, con la voz ronca.
—Fue el señor Montenegro. Después tuvo que irse por un asunto urgente de la empresa, pero nos pidió que estuviéramos pendientes de usted. Si necesita algo, solo tiene que decirlo.
Alejandro. Otra vez él.
Recordó que, después de la carrera, él se había marchado porque tenía una reunión. No sabía por qué había aparecido en su puerta aquella mañana, ni por qué se había encargado de llevarla al hospital.
Tenía muchas preguntas. Sobre todo, quería hablar con él de la máscara.
Tendría que esperar.
Otra enfermera entró con una bandeja. La comida estaba preparada con un cuidado que no parecía propio de un menú hospitalario corriente.
—Su almuerzo, señorita Serrano.
Dejó la bandeja sobre la mesita junto a la cama.
Sofía la miró, sorprendida.
—¿Todo esto es para mí? Si viene alguien más a comer, prefiero que me avise ahora.
La enfermera se rio. Sofía miró de nuevo la bandeja, todavía sorprendida.
—El señor Montenegro pidió que la cocina preparara sus platos favoritos. Dijo que descansara y que nos avisara si se le antoja algo más.
¿Sus platos favoritos?
Llevaban apenas unos días tratándose. ¿Cómo podía saber lo que le gustaba?
Sofía tomó la cuchara y probó el caldo suave. Tenía el sabor delicado que ella prefería.
Fue a dar las gracias otra vez, pero la enfermera ya se había apartado para dejarla comer.
En casa de Diego, Sofía había pasado años procurando que todo estuviera a su gusto. Si él cambiaba de planes, ella se adaptaba. Hasta la última cena que le había pedido quedó pendiente.
Ahora alguien había pensado en lo que ella podía comer y en cómo se sentiría al despertar.
Dejó la cuchara un momento. Se le humedecieron los ojos y bajó la cabeza, sorprendida por su propia reacción.
Después volvió a probar el caldo. Todavía quería saber cómo Alejandro conocía sus gustos, pero, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que ganarse aquel cuidado.
Le costaba aceptar que unas pocas visitas pudieran darle una atención que no había recibido en tres años de matrimonio. Había entregado su cariño a una persona que se acostumbró a tomarlo sin corresponderle.
Pensar en ello le dolía. También le permitía ver algo con más claridad: aún estaba a tiempo de empezar otra vez y de dejar de organizar su vida alrededor de lo que Diego quisiera.
* * *
Diego no consiguió tranquilizarse después de hablar con Valeria.
Terminó conduciendo hasta el hospital privado de los Montenegro. Era famoso por sus especialistas y por la discreción con la que trataba a sus pacientes. Sin la información de Valeria, no habría sabido que Sofía estaba allí.
Salió del ascensor y avanzó hacia la habitación vigilada al final del pasillo.
Antes de que llegara, dos hombres altos de traje negro le cerraron el paso.
—Por favor, deténgase aquí.
Diego frunció el ceño.
—Vengo a ver a Sofía. Quítense.
—Lo siento, señor. El señor Montenegro indicó que necesita reposo y que no reciba visitas.
—¿Visitas? ¡Soy su marido! ¡Tengo derecho a verla!
Los guardias mantuvieron la expresión impasible.
—Estamos cumpliendo instrucciones.
Diego sintió que la humillación le subía a la cara. Era el director del Grupo Ferrer y dos guardias le impedían ver a la mujer que todavía consideraba su esposa.
—¿Saben quién soy? ¿De verdad se atreven a detenerme?
Uno de los hombres lo miró sin inmutarse.
—Solo obedecemos al señor Montenegro.