Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 8
Tras la partida del médico, mi única idea era buscar un lugar mejor donde esconder el huevo. Pero Ignis no se apartó de mí ni un solo instante, y cada minuto que pasaba me sentía más ansioso. Me obligué a no dejar traslucir nada; sin embargo, un leve temblor me sacudía, fuera de mi control.
—Bellamy, tienes frío —Ignis me tomó en brazos con sumo cuidado y me depositó en la cama. Esa gentileza no me tranquilizó: me hizo pensar aún más.
—Ignis… ¿por qué estás siendo tan tierno conmigo hoy? —pregunté, esperando que se molestara, para así tener una excusa y poder salir de allí—. ¿Es por algo en particular?
Ignis se detuvo justo frente a mí, demasiado cerca. Me acarició el cabello y me tomó de la mano con una suavidad que me desarmó.
—No estoy haciendo nada tierno —respondió él, con voz baja y sincera—. Solo… estaba pensando que no recuerdas nada. Que no sabes cómo somos en realidad. Y sentí que si no te demuestro lo que siento, te alejarías de mí.
—¿Estás diciendo que… que lo malinterpreté todo? —dije, sin poder creerle.
Esa suavidad, esa paciencia… era mucho más que un simple cambio de actitud. Me está mintiendo, pensé. No puede ser real. Martin tuvo que decirle algo. Su comportamiento cambió justo después de verlo.
—Bellamy… ¿me escuchas? —Ignis tocó suavemente mi mejilla, devolviéndome al presente—. Te pregunté si quieres ir a cenar.
—Ah… sí. Vamos —respondí, aunque por dentro me sentía inquieto. ¿De verdad lo malinterpreté todo? Es cierto que no me lastimó tanto… y mi cuello sanó muy rápido. Pero entonces… ¿por qué siento que todo esto es una trampa?
Catrina debe saberlo. Ella sabe cómo somos en realidad.
—Ignis… baja tú primero —dije, apartando su mano con suavidad—. Quiero darme un baño antes.
Ignis sintió una punzada en el pecho en el instante en que lo aparté. Sus ojos reflejaron un dolor claro, sincero.
—Está bien. Te espero —respondió él, con voz suave—. Avísame cuando estés listo.
Suspiré aliviado en cuanto se fue. Apenas unos segundos después, Catrina entró en la habitación.
—¿Todo bien, señor? —preguntó ella con ternura y una sonrisa amable—. Todos vieron cuando el señor Ignis lo cargó. Me preocupé mucho cuando llamaron al médico; temí que le hubiera ocurrido algo grave.
—Catrina… ¿cómo somos él y yo? —pregunté, con la mirada baja, inseguro—. Es que… hoy no parecía ser el hombre brusco que pensé que era.
—Usted y el señor Ignis son de dos formas muy distintas —respondió ella, sentándose a mi lado—. Su relación es… diferente a lo común. Por ejemplo, casi siempre es usted quien lo provoca. Es muy celoso, su señoría… y el Duque parece disfrutar de esos celos.
—Eso no me ayuda en nada —murmuré, sintiéndome aún más perdido—. ¿Alguna vez te dije que quería divorciarme de él?
—¿Divorcio? La única vez que lo mencionó fue cuando escuchó esa conversación que le conté —lo miró con serenidad—. Pero se prometió a sí mismo que nunca lo haría.
Catrina notó mi ánimo decaído y me tomó la mano.
—No sé qué pasa exactamente entre ustedes dos, señor. Pero lo que sí sé es que no quería divorciarse. Y no se preocupe: para cualquier cosa que necesite, yo lo ayudaré. Siempre.
—Gracias,, Catrina —suspiré—. Tenemos que cambiar de lugar el huevo. El sótano ya no es seguro. Entiéndes.
Catrina asintió con firmeza.
Me bañé y bajé después. Le dije a Catrina que moviera el huevo mientras yo estaba con Ignis. Al llegar al comedor, no vi ningún plato sobre la mesa. El mayordomo se acercó con respeto.
—Señor, el Duque lo espera en el jardín.
Asentí y salí. Allí estaba Ignis, de pie. Apenas me vio, extendió la mano para que la tomara.
—Ordené que llevaran la comida al mirador —dijo con calma—. Sé que es tu lugar favorito.
La revelación me tomó por sorpresa. No sabía qué estaba tramando… si era solo un detalle amable o si intentaba que cambiara de idea sobre él. Mis sospechas, sin embargo, seguían intactas.
Al llegar al mirador, me sentí completamente fuera de lugar. El viento soplaba suave, la comida olía delicioso, la mesa de piedra con cojines suaves era justo el tipo de lugar que uno desearía tener. Era perfecto. Demasiado perfecto para mí.
Me senté y se me cerró la garganta. No podía probar bocado.
Mientras tanto...
Catrina entró al sótano empujando una carreta. Tomó la incubadora con el huevo dentro con sumo cuidado, la colocó sobre la carreta y la cubrió con una manta, rodeándola de plantas para ocultarla por completo.
—Listo. Así nadie lo verá —susurró.
Sacó la carreta por la salida que daba al exterior, directo hacia el huerto de hierbas medicinales, donde conocía una pequeña cueva del tamaño justo para la incubadora. Un escondite perfecto.
—Pequeño príncipe... aquí nadie lo encontrará —murmuró mientras la acomodaba con ternura, asegurándose de que estuviera bien colocada—. Nadie se acerca a este lugar.
En el instante en que ajustó la temperatura, el huevo brilló con una intensidad cálida y viva. Una luz dorada que parecía agradecer su cuidado... sin saber que, al mismo tiempo, algo invisible y silencioso comenzaba a beber de ella.
—Ay... ¿Por qué me siento tan agotada? —susurró Catrina, sintiendo su cuerpo de pronto pesado como plomo. No era cansancio por el esfuerzo. Era algo más adentro, más profundo, como si le hubieran vaciado el pecho.
Terminó de cubrir la entrada de la cueva con ramas y plantas... y entonces cayó hacia atrás, desmayada.
Sin saber que su propio cuerpo acababa de confirmar la verdad que Ignis conocía desde el principio: que Bellamy no sobreviviría si seguía alimentándolo solo.
No podía saberlo. Ni ella, ni Bellamy. Nadie les había dicho que el huevo no solo necesitaba las feromonas de sus padres sino también la energía de un omega: la tomaba. La consumía. La vivía. Que cada vez que lo tocaban, lo cuidaban, lo amaban... una parte de ellos pasaba a él.