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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 25: Alerta en el nido

El manual de operaciones de Foster Cargo and Aviation tenía trescientas páginas dedicadas a la gestión de turbulencias severas, aterrizajes de emergencia en pistas heladas y contingencias mecánicas de nivel cinco.

Ninguna de esas páginas, sin embargo, contemplaba qué hacer cuando la dueña absoluta de la flota quedaba embarazada por segunda vez.

Para la séptima semana de gestación, Elena Morel descubrió que su esposo había implementado lo que Lucía Álvarez bautizó formalmente como «El Protocolo de la Seda».

La alfombra del pasillo principal del laboratorio fue cambiada en una noche de domingo por un modelo de amortiguación ortopédica que parecía un colchón de nubes. En el despacho de Elena, el sillón ergonómico de piel alemana fue sustituido por una butaca térmica con soporte lumbar inteligente que medía el ritmo cardíaco de quien se sentara en ella. Y en la cafetería ejecutiva del edificio, el café convencional fue confiscado y desterrado bajo fianza, sustituido por estantes enteros de infusiones orgánicas de manzanilla silvestre, frutos del bosque y hojas deshidratadas sin teína.

Cuando Elena llegó a su laboratorio aquella mañana de martes vestida con una bata blanca impecable sobre un vestido camisero azul marino y vio a dos técnicos de Foster Logistics instalando un purificador de aire con filtros de grado hospitalario en su oficina privada, se cruzó de brazos en el marco de la puerta.

—Alexander James Foster —dijo ella, modulando la voz con una calma que a cualquier miembro de su directorio le habría puesto los pelos de punta.

Alexander, que estaba de espaldas revisando las especificaciones de caudal de aire en una tableta, se enderezó como impulsado por un resorte. Vestía un traje gris grafito a medida, sin corbata, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos.

Al verla, sus ojos grises se iluminaron con esa devoción automática que jamás lograba disimular, pero de inmediato bajó la vista hacia los pies de ella.

—¿Tacones de cinco centímetros, Elena? —soltó él, señalando sus zapatos con el lápiz digital como si acabara de detectar una falla estructural en el tren de aterrizaje de un avión—. Habíamos acordado que durante el primer trimestre el calzado plano era prioritario para el equilibrio gravitacional.

Elena entró a su despacho, despidió a los técnicos con un gesto amable de la mano y esperó a que la puerta se cerrara para acercarse a su esposo con una ceja arqueada:

—Son tacones de cuatro centímetros con plantilla de gel anatómico, señor inspector. Y estoy embarazada de siete semanas, no hecha de cristal de Murano. Soy una doctora en bioquímica, no una inválida.

Alexander dejó la tableta sobre el escritorio, rodeó la mesa con pasos largos y la tomó por la cintura con una delicadeza tan exagerada que parecía tener miedo de quebrar una escultura milenaria.

—Eres la mujer que lleva adentro al futuro copiloto de esta familia —murmuró él, pegando su frente a la de ella y aspirando su aroma a jazmín fresco—. Y mi deber logístico es asegurarme de que no resbales, no te canses, no respires aire contaminado y, sobre todo, que no te saltes la colación de media mañana.

—Trajiste a mi oficina tres canastas de fruta fresca traída directamente en vuelo charter desde la Patagonia —se burló ella, acariciándole las solapas del saco—. A este paso, voy a dar a luz a un melocotón gigante.

—Eran manzanas silvestres con certificación biológica —corrigió él con una seriedad fingida, antes de inclinar la cabeza y robarle un beso pausado y dulce que le aflojó las defensas—. Además, tu padre me miraría desde el cielo con reproche si permito que te agotes entre reactivos químicos.

Elena suspiró, enredando los brazos alrededor de su cuello y dejándose sostener contra su pecho sólido.

—Mi padre se estaría riendo a carcajadas de ver al gran Alexander Foster discutiendo el grosor de una alfombra con los técnicos de mantenimiento.

—Tu padre sabía que yo estaba loco por ti mucho antes de que yo tuviera el cerebro para admitirlo —sentenció Alexander sobre sus labios, acariciándole la espalda con un calor protector que la envolvía entera.

El almuerzo familiar en la residencia principal de William Foster fue el escenario de la rendición oficial de la noticia.

El comedor de caoba, iluminado por una araña de cristal y con los ventanales abiertos hacia los rosales del jardín, respiraba una alegría que hacía años no se sentía en aquella casa. Clara, sentada en una trona de plata antigua que había pertenecido a cuatro generaciones de los Foster, devoraba gajos de mandarina mientras su abuelo, apoyado en su bastón de caoba, la miraba con una ternura infinita.

En el extremo de la mesa, Lucía Álvarez se servía vino blanco con soltura, revisando un expediente notarial mientras miraba de reojo a Elena y a Alexander.

—Bueno, suéltenlo ya —dijo Lucía, dejando la copa sobre el mantel—. Llevan dos semanas con una sonrisa sospechosa y Alexander acaba de rechazar una invitación al Foro Económico de Davos en pleno enero alegando 'compromisos de hangar'. ¿Qué están ocultando?

Alexander miró a Elena, pidiéndole permiso en silencio con los ojos.

Elena sonrió, colocó una mano sobre su vientre y miró al anciano patriarca en la cabecera:

—Don William... creo que va a tener que encargar otra trona de plata al platero de la familia para el próximo invierno.

El silencio duró dos segundos exactos.

William Foster parpadeó, soltó el bastón de caoba —que cayó sobre la alfombra con un golpe seco que a nadie le importó— y apoyó ambas manos sobre la mesa, con el rostro iluminado por una emoción desbordante.

—¿Otro? —la voz del viejo magnate tembló de una forma que jamás había mostrado en ninguna asamblea de accionistas—. ¿Un hermano para Clara?

—O una hermana —dijo Alexander con orgullo, rodeando los hombros de Elena con un brazo protector—. Aunque Elena insiste en que las náuseas son idénticas a las de su primer embarazo.

William se levantó con una agilidad sorprendente para sus ochenta años, rodeó la mesa y tomó las manos de Elena entre las suyas, inclinando la cabeza con una veneración pura:

—Que Dios te bendiga, hija mía. Esta casa estuvo vacía y fría durante décadas por culpa de hombres que solo sabían contar dinero. Tú le devolviste el alma a esta familia.

Clara, contagiada por el alboroto, golpeó la mesita de su trona con las dos manos llenas de jugo de mandarina:

—¡Bebé! ¡Bebé en la panza de mamá!

Lucía soltó una carcajada limpia, levantando su copa hacia Alexander con ironía mordaz:

—Brindo por ti, Foster. Tu capacidad para acaparar la felicidad ajena empieza a rozar la ilegalidad antimonopolio. Pero más te vale que no le des dolores de cabeza a mi clienta, porque todavía tengo guardada la copia original de aquella demanda de divorcio exprés en mi caja fuerte por si necesito recordarte quién manda aquí.

Alexander soltó una risa honda, levantando su copa de agua mineral —había jurado no beber una gota de alcohol durante los nueve meses que Elena tuviera que abstenerse— y chocándola contra la de la abogada:

—Esa demanda está enmarcada en mi despacho privado, doctora Álvarez. Justo al lado del primer balance que firmé cuando Elena me quitó la mitad de los aviones. Es mi recordatorio diario de que las derrotas más hermosas son las que te salvan la vida.

La noche cayó tibia sobre la ciudad, y de regreso en el ático, la paz volvió a ganar el terreno.

Clara se había dormido en el trayecto en auto, acurrucada en los brazos de su padre mientras Alexander la subía con una destreza que hacía sonreír a Elena. Después de acostar a la pequeña en su habitación, Alexander regresó al dormitorio principal aflojándose el cuello de la camisa.

Elena estaba sentada frente al tocador, desmaquillándose con suavidad frente al espejo iluminado. Llevaba puesto un camisón de seda marfil que dejaba al descubierto sus hombros y la línea curva de su espalda.

Alexander se acercó por detrás, deteniéndose a contemplarla en el reflejo.

Sus ojos grises recorrían cada centímetro de su silueta con una intensidad que no disminuía con los años; se volvía más densa, más hambrienta, más agradecida. Se inclinó, apoyando las manos en los hombros de ella, y hundió la nariz en la curva de su cuello, dejando un beso lento y caliente en la piel sensible bajo la oreja.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en un susurro, sintiendo el estremecimiento delicioso que siempre le provocaba su cercanía.

—Nada —murmuró él, mirándola a través del espejo—. Solo pensaba en la suerte que tuve.

—¿Otra vez con eso, señor Foster?

—Siempre con eso —respondió Alexander, levantándola suavemente de la banqueta por las caderas para que quedara frente a él. Con una lentitud casi litúrgica, deslizó las manos por debajo de la seda del camisón, apoyando las palmas desnudas sobre su vientre todavía liso—. Cuando me quedé solo en aquella terraza del palacio de justicia, con el Porsche arrancando y la abogada diciéndote 'al fin soltera', sentí que el suelo se abría y me tragaba entero. Creí que el castigo por haber sido tan ciego duraría toda mi vida.

Elena levantó los brazos, enredando sus dedos en el cabello corto de él, sintiendo la firmeza de su mandíbula y el calor arrollador de su cuerpo.

—Tu castigo fue volver a aprender a mirar, Alexander —dijo ella, con esa voz suave que a él le desarmaba el alma—. Y aprendiste con honores. Bajaste al barro, te congelaste las manos y me diste alas para volar más alto que tus aviones.

Alexander la alzó en brazos con un movimiento fluido, haciéndola soltar un gemido ahogado de sorpresa que se convirtió en una risa cómplice cuando la depositó sobre la inmensa cama de lino blanco. Se colocó sobre ella, apoyando el peso en los antebrazos para no aplastarla, mirándola con los ojos encendidos en una devoción sin límites.

—Voy a cuidarte cada segundo de estos meses, Elena —susurró él sobre sus labios, acariciándole el rostro con el pulgar—. Y cuando este niño nazca, le enseñaré que no hay avión en el mundo más rápido que el corazón de su madre cuando decide salvar a alguien.

—Y yo le enseñaré —respondió ella, atrayéndolo hacia abajo con una dulzura hambrienta— que su padre es un hombre terco, arrogante y peligroso... pero que no hay brazos más seguros en toda la tierra para aprender a vivir.

Alexander capturó su boca en un beso hondo, devorador y tierno, mientras las luces lejanas de la ciudad velaban en silencio el santuario donde el amor más herido había aprendido a renacer como un imperio indestructible.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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