Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 7
El resto del camino hacia la mansión Vance transcurrió en un silencio tenso, cargado de electricidad estática. La residencia era una mole de piedra y cristal situada en lo alto de una colina, protegida por muros que parecían diseñados para mantener el mundo fuera. Al entrar, el lujo se hizo asfixiante: candelabros de cristal que pendían como lluvia congelada, suelos de mármol donde podía verse el propio reflejo, y una atmósfera tan gélida que el aire parecía faltar.
Los padres de Milton estaban en el salón principal. El Sr. Vance, un hombre de hombros anchos y mirada calculadora, levantó una ceja al verlos entrar. La Sra. Vance, con una elegancia rígida que recordaba a un arma blanca, dejó su copa de cristal sobre la mesa con un ruido seco.
—Milton —dijo la mujer, su voz era pura seda con filo de afeitar—. ¿Quién es esta criatura? Y más importante aún, ¿por qué traes a una desconocida a nuestra casa sin previo aviso?
Alexia se encogió, deseando que el mármol se abriera bajo sus pies.
—Es mi tutora —respondió Milton, caminando hacia adelante con una actitud desafiante, situándose a medio paso por delante de ella—. La escuela me exige mejorar mis notas si quiero mantener mi posición en el equipo y en la academia. Ella es la única que tiene la capacidad de aguantarme.
La Sra. Vance escaneó a Alexia. Sus ojos se detuvieron en la ropa de lujo, pero no con aprobación, sino con sospecha. Una mueca de desagrado cruzó sus labios finos.
—¿Tutora? —se burló, poniéndose en pie con una gracia depredadora—. Milton, querido, no soy tonta. Veo cómo te mira. Veo la desesperación en sus ojos. Sé reconocer a las oportunistas que intentan escalar peldaños usando el apellido de nuestra familia como escalera. ¿Cuánto te está pagando para que le compres ese disfraz? Porque eso es lo que es, ¿no? Un disfraz para ocultar la miseria de la que viene.
Alexia sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. El calor le subía por el cuello, una vergüenza quemante que le impedía articular palabra. Quiso salir corriendo, desaparecer en la noche, pero Milton dio un paso más, situándose completamente frente a ella, ocultándola de la mirada depredadora de su madre.
—Cállate, madre —la voz de Milton fue un gruñido bajo, peligroso.
—¿Perdón? —la Sra. Vance abrió los ojos con incredulidad.
—He dicho que te calles —repitió Milton, su furia contenida vibrando en el aire como una cuerda de piano a punto de romperse—. Alexia no es lo que tú crees. Es la única persona en este maldito pueblo que no me ha pedido nada. Está aquí porque se lo he pedido yo.
—No puedes traer a cualquiera a esta casa, Milton. Estamos en medio de una temporada social crucial y no permitiré que nuestra reputación se vea empañada por... esto.
El Sr. Vance, hasta ahora silencioso, soltó una carcajada fría.
—Déjalo, Eleonor. Es solo un capricho. Milton se aburrirá de su pequeño proyecto de caridad en cuanto la novedad se disipe. No vale la pena perder los nervios.
Alexia sintió una punzada en el pecho. Proyecto de caridad. Las palabras le dolieron más que el insulto de la madre. Era cierto, después de todo. Para ellos, ella no era más que un experimento, una nota a pie de página en su opulenta existencia. Sus manos buscaron el borde de su chaqueta de cuero, aferrándose al tejido como un salvavidas.
Milton se giró ligeramente, captando su vulnerabilidad. Su rostro, habitualmente una máscara de indiferencia arrogante, se suavizó apenas un milímetro al ver el brillo de las lágrimas en los ojos de ella. Pero esa suavidad desapareció al volver a mirar a sus padres, reemplazada por una frialdad gélida que hizo que incluso su madre diera un paso atrás.
—Alexia no es un proyecto —dijo Milton, y esta vez, su voz no admitía réplicas—. Está aquí bajo mi protección. Si alguno de los dos vuelve a abrir la boca para menospreciarla, les aseguro que el resto del año académico será el menor de sus problemas. Se quedará aquí, cenará conmigo y terminará su trabajo. Y no habrá una sola palabra más al respecto. ¿Está claro?
El silencio se adueñó del salón. Era un silencio denso, pesado, cargado con el peso de años de resentimiento y autoridad. El Sr. Vance miró a su hijo, evaluándolo, buscando cualquier rastro de duda, pero solo encontró una determinación férrea. Milton no estaba bromeando; estaba marcando una frontera que nadie, ni siquiera sus padres, podía cruzar.
La Sra. Vance apretó los labios, conteniendo un comentario mordaz. Se limitó a asentir con un movimiento de cabeza aristocrático, dándose la vuelta para dirigirse hacia la biblioteca, sus tacones resonando sobre el mármol como disparos.
—Haz lo que quieras, Milton —lanzó ella sin mirar atrás—. Pero recuerda lo que le pasó a la última persona que creyó que podía cambiar las reglas de esta casa.
Alexia sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Milton, ajeno o indiferente a la amenaza velada, se giró hacia ella. Su pose protectora se mantuvo, sus hombros bloqueando el acceso de cualquier mirada externa.
—Vamos —dijo él, su voz perdiendo parte de su veneno—. Tenemos mucho que estudiar.
Mientras subían la gran escalinata de mármol, Alexia no pudo evitar notar cómo las sombras de ambos se proyectaban largas y entrelazadas sobre la pared. Se sentía atrapada, sí, pero también extrañamente segura bajo el manto de la autoridad de Milton. El lujo que la rodeaba ya no le parecía tan alienígena; ahora, se sentía como parte de un escenario donde ella era una pieza clave en un juego de poder que apenas empezaba a comprender.
Miró de reojo a Milton. Él no miraba hacia adelante, sino que, por un instante, su mirada volvió a posarse en ella. No había burla en sus ojos, sino una intensidad posesiva, casi feroz. Alexia bajó la vista, sintiendo que su corazón latía en sintonía con el suyo. Era un equilibrio precario: entre la oscuridad de su mundo, la humillación de sus padres y la extraña y nueva conexión que se estaba forjando entre ellos.
El capítulo de su vida en la pobreza, con sus jeans desgastados y sus inseguridades silenciosas, parecía cerrarse detrás de ella como la pesada puerta de roble de la mansión. Lo que venía después, entre las sombras de aquel palacio y la protección a menudo asfixiante de Milton Vance, era un terreno desconocido donde las reglas habían cambiado y el peligro, al igual que la atracción, estaban a punto de volverse insoportables. Alexia apretó los dientes.
Si querían que fuera su tutora, lo haría. Si querían ver a una chica humilde, les daría algo más: les demostraría que incluso alguien que ha crecido entre las sombras puede aprender a manejar la oscuridad mejor que aquellos que se creen dueños de la luz. Porque en ese momento, bajo el resplandor frío de la lámpara de araña, supo que Milton Vance no la estaba protegiendo de sus padres; la estaba preparando para algo mucho más grande, algo donde ellos dos, vestidos con el negro del poder, serían los únicos que importaban.