ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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Que eres realmente
El despacho permanecía en silencio.
El alfa estaba de pie frente al escritorio, escuchando las excusas del hombre que tenía delante. Este último intentaba justificar por qué todavía no había pagado la deuda al jefe Luka.
—Por favor, dile a tu jefe que necesito un poco más de tiempo —suplicó el hombre—. Puedo conseguir el dinero, solo necesito unos días más.
El alfa no respondió.
Su rostro permanecía inexpresivo. Para él, aquellas palabras no significaban nada. Había recibido una orden y estaba acostumbrado a cumplirla.
Lentamente, llevó una mano hacia el interior de su chaqueta y sacó su arma.
El hombre palideció.
—E-espera… ¿Qué haces?
El alfa levantó el arma y apuntó hacia él.
—Se acabó el tiempo.
Eiden, que permanecía junto a la pared, abrió los ojos con sorpresa.
—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó, sacando rápidamente su propia arma—. ¡Baja la tuya!
El alfa ni siquiera giró la cabeza para mirarlo.
—No te metas.
—¡No voy a dejar que lo hagas! ¡Baja el arma!
El hombre retrocedió detrás de su escritorio, temblando.
Eiden apuntó al desconocido, intentando encontrar una manera de detenerlo sin que nadie resultara herido.
—¡Por favor, escúchame! —insistió—. ¡Todavía podemos resolver esto de otra manera!
Pero el alfa ya había tomado su decisión.
Su dedo comenzó a presionar el gatillo.
¡BANG!
Un disparo resonó en toda la habitación.
Eiden había disparado contra el brazo del alfa, obligándolo a soltar el arma.
Esta cayó al suelo con un fuerte ruido metálico y se deslizó bajo una mesa.
El alfa retrocedió medio paso y miró su brazo.
—Tch…
Después levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se dirigieron hacia Eiden.
Y su expresión cambió.
—Tú… —murmuró con evidente molestia.
Eiden permaneció apuntándolo, respirando agitadamente.
—¡Aléjate de él! —ordenó, aunque su voz temblaba ligeramente.
El hombre del escritorio aprovechó para apartarse y buscar refugio detrás de un mueble.
Pero entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes esperaba.
La herida del brazo del alfa comenzó a cerrarse.
La sangre dejó de brotar y la piel se regeneró ante sus propios ojos, hasta que no quedó más que una pequeña marca que desapareció unos segundos después.
El alfa flexionó los dedos como si solo hubiera recibido un golpe insignificante.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Eiden bajó ligeramente la mirada hacia el brazo y después volvió a observar su rostro.
—N-no puede ser…
Miró su propia arma, completamente desconcertado.
Le había disparado.
Había visto cómo la bala alcanzaba al desconocido.
¿Cómo podía estar de pie como si nada hubiera pasado?
—¿Qué… qué eres? —preguntó Eiden.
El alfa no respondió.
Comenzó a caminar hacia él.
Eiden retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared.
Aun así, no bajó el arma.
—¡No te acerques! —advirtió.
El alfa se detuvo a pocos pasos.
Estaba molesto. No solo porque Eiden había interferido en su misión, sino porque era precisamente él quien acababa de descubrir una parte de su verdadera naturaleza.
—Baja esa cosa —ordenó el alfa con voz fría.
—¡Primero dime qué acaba de pasar! ¡Tu brazo… tu herida se cerró sola!
El alfa apretó la mandíbula.
—No es asunto tuyo.
—¡¿Cómo que no es asunto mío?! ¡Acabo de verte recibir un disparo y estás completamente bien!
Eiden sentía miedo. No entendía lo que tenía delante, pero sabía que aquel hombre no era alguien corriente.
El alfa inclinó ligeramente la cabeza.
—Te lo advertí. No debiste meterte.
—¡Estabas a punto de matar a alguien!
Por un instante, ambos se quedaron mirándose.
El alfa podía desarmarlo en cuestión de segundos, pero no hizo ningún movimiento para atacarlo.
Algo en su interior le impedía actuar como lo habría hecho con cualquier otra persona.
Era Eiden.
El mismo chico que le había ofrecido la mano en el parque.
El mismo que había caído sobre él por accidente.
Y ahora estaba frente a él, apuntándole con un arma, aterrorizado por lo que acababa de presenciar.
El alfa apartó la mirada con frustración.
—Maldita sea…
Entonces, desde el otro lado de la habitación, el hombre del escritorio gritó:
—¡Guardias! ¡Vengan inmediatamente!
Se escucharon pasos apresurados en el pasillo.
Eiden giró la cabeza hacia la puerta durante un instante.
Cuando volvió a mirar al alfa, descubrió que este ya había recogido su arma del suelo.
El desconocido se colocó frente a él una última vez.
—No vuelvas a seguirme, Eiden.
Eiden se quedó helado.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Pero el alfa no contestó.
Su cuerpo comenzó a quedar rodeado por una sombra oscura. Bajo las vendas negras, sus ojos brillaron con una luz blanca y una presencia aterradora llenó el despacho.
Eiden se quedó pegado a la pared, incapaz de comprender lo que estaba viendo.
Y, justo cuando los guardias entraron en la habitación…
El número 69B dejó de parecer humano.