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¡ESCÁNDALO! LA ABUELA VIUDA ES LA OBSESIÓN DEL JOVEN GRAN CONSEJERO

¡ESCÁNDALO! LA ABUELA VIUDA ES LA OBSESIÓN DEL JOVEN GRAN CONSEJERO

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.

Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.

Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.

¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!

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En los salones de la corte

La gran sala de recepciones del palacio imperial deslumbraba con su esplendor: suelos de mármol pulido que reflejaban las lámparas de cristal, paredes adornadas con tapices que narraban antiguas victorias del Imperio, y el murmullo constante de voces educadas que se entrelazaba con la música suave de los músicos en el rincón más alejado. Al entrar, Mariana sintió cómo se le aceleraba el pulso, pero mantuvo la cabeza alta y el paso sereno. Llevaba un vestido de seda color gris perla, sencillo pero de excelente factura, con un collar de perlas que había sido de su madre. No buscaba destacar, pero tampoco pasar desapercibida: debía verse exactamente lo que era: una dama respetable, digna, y dueña de su propia historia.

Andrés caminaba a su lado, con la mano sobre el pomo de su espada, visiblemente incómodo entre tanta pompa y extraños. Claudia venía detrás, sosteniendo a Lucas de la mano mientras el niño miraba todo con ojos muy abiertos, asombrado por las luces y los colores. Teresa se mantuvo discretamente a un lado, como siempre, observando cada rincón con atención silenciosa.

—Respira, hijo —le susurró Mariana a Andrés—. No estás solo. Y recuerda: cortés, amable, pero prudente. No digas más de lo necesario.

—Lo sé, madre —respondió él, aunque su voz sonó tensa—. Es solo que… hay demasiadas miradas. Y no todas parecen amables.

—Que miren. Lo importante es que nosotros no olvidemos quiénes somos.

No habían estado allí diez minutos cuando lo vio. Raúl Peredo apareció entre un grupo de cortesanos, con una sonrisa amplia y una postura que intentaba parecer majestuosa pero que delataba su arrogancia. Vestía terciopelo oscuro con bordados dorados excesivos, y sus ojos, pequeños y brillantes como los de un pájaro rapaz, barrieron la sala hasta posarse en ellos. Se acercó con paso lento, como saboreando el momento, y Mariana sintió cómo Andrés se ponía rígido a su lado.

—¡Mi querido Duque de Monteluna! —exclamó Peredo con voz melosa, extendiendo ambas manos como si fueran viejos amigos—. Y la encantadora Duquesa Viuda. Qué alegría tan grande tenerlos por fin en la capital. Temíamos que las montañas los hubieran aislado por completo de nosotros.

—Buenas noches, Conde Peredo —respondió Mariana con calma, haciendo una reverencia cortés pero sin exceso—. Monteluna es un lugar tranquilo, pero nunca olvida sus deberes con el Imperio.

Peredo la miró un instante más de lo necesario, y esa atención le resultó desagradable, como una caricia fría.

—Por supuesto que no. De hecho, estaba comentando con algunos amigos que es una lástima que una familia tan estimada como la suya lleve tantas cargas sola. Si alguna vez necesitaran… asesoramiento, o simplemente alguien que les abra puertas aquí en la corte, no duden en buscarme. Mis recursos y mi influencia están a su entera disposición.

—Le agradecemos su amabilidad —intervino Andrés, con voz firme—. Pero Mancilla ha gestionado sus propios asuntos durante generaciones. No necesitamos intermediarios.

Peredo soltó una pequeña risa, como si la respuesta le pareciera encantadora en su ingenuidad.

—Qué noble respuesta. La juventud siempre cree que puede con todo. Pero recuerden: en la capital, las apariencias engañan. Y no todos tienen tan buenas intenciones como yo. Que tengan una velada agradable. Nos veremos pronto, sin duda.

Se alejó entre la multitud, y Mariana contuvo el aliento hasta que su figura desapareció.

—No confíen en él —les dijo en voz baja a su familia—. Cada palabra que dijo tiene un gancho escondido. Es la primera red que lanza. No caigamos en ella.

Poco después, un murmullo recorrió la sala. Las cabezas se giraron hacia la gran escalinata del fondo, y la música pareció suavizarse aún más. Por las escaleras descendía el Emperador Alan Ledesma: joven, de porte noble pero con cierta timidez en su mirada, seguido muy de cerca por un hombre que, aunque no llevaba corona, imponía más presencia que cualquier monarca.

Roberto Cáceres caminaba con paso firme y sereno. Vestía un traje de terciopelo negro con bordados en hilo de plata sobre el pecho, y en su cuello brillaba la medalla del Gran Duque, el honor más alto del Imperio. Su cabello oscuro estaba recogido con orden, y su rostro, de rasgos marcados y ojos profundos de color avellana, tenía una seriedad que rara vez se interrumpía. No miraba a nadie con arrogancia, pero todos se sentían observados cuando él pasaba. Era el pilar sobre el que descansaba el Imperio, y todos lo sabían.

Mariana sintió que el corazón le daba un vuelco inesperado cuando sus miradas se cruzaron por un instante. Fue solo un momento, pero en esos ojos no vio frialdad ni soberbia. Vio cansancio, sí, y una responsabilidad pesada que cargaba solo desde demasiado joven. Y también algo más: una inteligencia aguda que lo veía todo, que no se dejaba engañar por las sonrisas de la corte.

El Emperador intercambió algunas palabras con varios nobles, y cuando llegó al grupo donde estaban los Mancilla, Roberto iba a su lado, atento, escuchando cada conversación.

—Duque Andrés, Doña Mariana —dijo el Emperador con amabilidad—. Qué bueno verlos. Espero que su estancia en la capital sea agradable. Monteluna siempre ha sido leal al Imperio, y lo apreciamos mucho.

—Le agradecemos su hospitalidad, Majestad —respondió Mariana con respeto—. Es un honor estar aquí.

En ese momento, Roberto habló por primera vez, y su voz fue grave y medida.

—Monteluna tiene buena reputación —dijo, mirándola directamente a los ojos—. He oído que sus tierras están bien cultivadas, que sus arrendatarios viven en paz, y que las leyes se cumplen con justicia, no con severidad. Son cualidades raras de ver hoy en día. ¿Es cierto?

Mariana sostuvo su mirada sin apartarse.

—Es cierto, Gran Duque. No porque seamos mejores que otros, sino porque creemos que cuando se trata a la gente con justicia, ellos también cuidan de su tierra y de los suyos. No hay secreto en ello. Solo constancia y respeto.

Roberto asintió lentamente, y por primera vez, una sombra de algo parecido al interés cruzó su rostro serio.

—Palabras sensatas. Ojalá más personas de la corte pensaran de ese modo.

El Emperador sonrió, satisfecho, y se alejó hacia otro grupo. Pero Roberto se quedó allí unos instantes más, y aunque no dijo nada más, Mariana tuvo la clara sensación de que esa conversación no había terminado. Que aquel hombre la recordaría. Y que cuando llegara el momento de hablar en serio, ella no partiría desde cero.

Sin embargo, no todo eran buenas impresiones. Mientras se retiraban a un rincón más tranquilo, escucharon a dos damas hablar en voz baja cerca de una columna, creyendo que no las oirían.

—¿Viste cómo la miraba el Gran Duque? —decía una—. Es una viuda, y no precisamente joven. Debería estar en casa cuidando de sus nietos, no brillando en la corte.

—Calla —respondió la otra—. Pero tienes razón. Es extraño. Un hombre como él podría elegir a cualquiera. ¿Qué puede ver en una mujer que ya ha vivido su mejor época?

Mariana apretó los labios, pero no se giró. Andrés quiso volver sobre sus pasos, indignado, pero ella lo detuvo con un gesto suave de la mano.

—No vale la pena, hijo —le dijo cuando salieron al fresco del balcón—. Las palabras son como el viento: pasan, pero no hieren si uno no las deja entrar. Lo que piensen los demás no define quiénes somos. Tú lo sabes.

—Pero no es justo, madre —murmuró él—. Usted es la mujer más sabia y digna que conozco. No merece que hablen así.

—La justicia no depende de lo que digan los demás, sino de lo que nosotros somos. Y yo sé quién soy. Eso es suficiente.

Se quedó mirando las luces de la ciudad extendidas bajo el balcón, sabiendo que la corte ya había tomado partido, al menos con sus murmullos. Pero también sabía algo más: Roberto Cáceres no era como el resto. Y aunque el camino sería difícil, acababa de dar el primer paso. Había sido vista, escuchada, y recordada. Y en un lugar donde la mayoría solo veía lo que aparentaban ser las cosas, que alguien viera lo que eran de verdad… era el comienzo de todo.

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Josealexander Fajardo
Me encanta estoy pegada linda que inventa ahora hacer elmofioso
EspirituCreativo: 🤭 Gracias por tus comentarios, arriba el romance
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Josealexander Fajardo
Me enca.nota pero se me pierde mucho
BERNARDINA PASTELIN
🤔🤔🤔🤔🤔🤔, se te cruzaron las historias?
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
EspirituCreativo: ¡Hola Bernardina! Qué bueno que preguntas, así nos aseguramos de que todo quede claro. Andrés y Elena son hermanos, hijos de Mariana. Andrés está casado y es padre del pequeño Lucas, y Elena es su hija soltera, la que está comprometida con Raúl Peredo. ¡Gracias por estar atenta y por leer la historia!
total 1 replies
BERNARDINA PASTELIN
estoy confundida, que no Mariana solamente tiene un hijo Andrés y helena es su nuera
.
BERNARDINA PASTELIN
ya denle su merecido
EspirituCreativo: Pegale con la silla
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