Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 8: Ya no más una niña
Capítulo 8: Ya no más una niña
Aquella mañana, Anna se despertó con un dolor extraño en el vientre.
Al principio pensó que quizás había comido algo que le había hecho mal. Se levantó como cualquier otro día y fue al baño.
Pero cuando entró, descubrió algo que la llenó de miedo.
Estaba sangrando.
Anna se quedó paralizada.
Nadie le había explicado nunca qué era la menstruación. Nadie le había contado que, al llegar a cierta edad, las adolescentes comenzaban a tenerla.
Para ella, la sangre solo podía significar una cosa:
*Estoy herida.*
Y estaba sola.
Sin saber qué hacer, salió corriendo de la casa y se dirigió hacia la vivienda de una de sus tías, Alice, que vivía a una cuadra.
Pero antes de llegar, ocurrió algo inesperado.
Ana dobló una esquina a toda velocidad y chocó contra alguien.
—¡Ay! —exclamó.
Levantó la mirada.
Y se quedó completamente inmóvil.
Frente a ella había un muchacho.
Era, sin duda, el chico más hermoso que había visto en su vida.
Tenía el cabello rubio, unos ojos verdes intensos y medía aproximadamente un metro setenta y cinco.
Durante unos segundos, Anna se olvidó incluso de por qué estaba corriendo.
Se quedó mirándolo, completamente embobada.
Pero no fue la única.
El muchacho también quedó sorprendido al verla.
Anna tenía el cabello castaño, ojos verdes y una belleza natural que llamaba la atención. Pero más que sus rasgos, fue la dulzura de su mirada lo que atrapó al joven.
—Lo siento —dijo él—. Te choqué sin querer. ¿Te sucede algo? Estás sangrando. ¿Estás bien? ¿Querés que te lleve al médico?
Anna salió de su trance.
—Perdón... lo siento. Me tengo que ir enseguida. No te preocupes, no me pasa nada.
Y, sin darle tiempo a responder, salió corriendo.
El muchacho se quedó observándola mientras se alejaba.
—Qué chica tan extraña...
Anna llegó finalmente a la casa de su tía Alice
Alice tenía cuarenta y cinco años y vivía allí con su hija Camile, de dieciséis.
En cuanto entró, Anna les contó lo que estaba sucediendo.
Camile y su madre comenzaron a reír.
Anna no entendía nada.
¿Por qué se reían?
Ella estaba asustada.
Sentía que algo grave le estaba pasando.
—¡No te preocupes! —le explicó Camila entre risas—. Eso es normal.
Pero antes de que pudieran explicarle mucho más, alguien llegó a la casa.
Era el mismo muchacho con el que Anna había chocado unos minutos antes.
Su nombre era Felix .
Camile sonrió inmediatamente.
—¡Felix!
Resultó que era el nuevo vecino.
Camile ya lo conocía de vista y estaba encantada con él. De hecho, acababa de invitarlo a pasar la tarde en la piscina que tenían en el patio trasero.
Pero cuando vio a Anna, Felix se acercó preocupado.
La encontró llorando.
—Tranquila —le dijo suavemente—. No tengas miedo. Es algo completamente normal. Les pasa a las chicas cuando llegan a cierta edad.
Anna lo miró todavía confundida.
—¿No estoy herida?
—No —respondió él con una sonrisa—. Andá al baño, lavate y cambiate. Yo te voy a conseguir algo para que puedas usar.
Camile observó la situación.
Inmediatamente se adelantó.
—Yo me ocupo de ella —dijo, fingiendo amabilidad—. Tengo ropa que puede ponerse y también toallas femeninas.
Luego miró a felix.
—Vos andá tranquilo a la piscina. Ahora te sigo.
Felix dudó.
No parecía muy convencido de dejar a aquella dulce chica en manos de Camile.
Pero tampoco le parecía apropiado quedarse.
Finalmente, salió hacia el patio.
Apenas felix cruzó la puerta, la expresión de Camile cambió por completo.
Agarró a Anna del cabello.
—¡Mosquita muerta! —le dijo entre dientes—. ¡Siempre lo mismo con vos! ¡Haciéndote la víctima!
Anna se quedó paralizada.
—Esta vez no te voy a dejar acercarte a Félix. ¡Él es mío! ¡Yo lo vi primero y no me lo vas a quitar!
Antes de que Anna pudiera reaccionar, Camila le dio una cachetada.
Anna quedó inmóvil.
No podía entender lo que acababa de suceder.
Hacía apenas unos minutos había conocido a Félix en la calle.
Ni siquiera sabía quién era.
Y, sin embargo, aquel muchacho ya había logrado despertar algo nuevo dentro de ella.
Algo que nunca había sentido antes.
Pero ahora descubría que era precisamente el chico que le gustaba a su prima.
Y lo que más le costaba comprender no era siquiera eso.
Era que Camile había sido capaz de golpearla por alguien a quien apenas conocía.
Anna se llevó una mano a la mejilla.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Ella no había hecho nada.
No había buscado a Felix.
No había querido quitarle nada a nadie.
Solo había salido corriendo porque estaba asustada.
Y, una vez más, la vida le demostraba que incluso cuando no hacía nada malo...
**alguien podía encontrar una razón para hacerle daño.**