Durante diecisiete años fui la heredera de los Albuquerque. Bastó una prueba de ADN, leída en voz alta ante cuatrocientos invitados, para que dejara de serlo.
No lloré. No supliqué. Mientras la familia que me crió me devolvía como quien cancela un contrato mal hecho y coronaba a otra en mi lugar, yo salí del salón con la copa intacta y la cabeza en alto. Porque ellos creían que habían echado a la calle a una muchacha sin nada… y no tenían la menor idea de quién era yo en realidad.
Lo que la élite de São Paulo no sabe es que la falsa heredera controla fortunas que ellos ni sueñan, que hay puertas que se abren solo con mi nombre y talentos que el mundo entero admira sin conocer mi rostro. Ahora vuelvo a la familia de sangre que nunca dejó de buscarme —la que tiene poco dinero y toda la ternura del mundo— y, con ellos a mi espalda, empiezo a cobrar cada humillación, una a una, con la calma de quien siempre supo esperar.
Pero detrás del escándalo hay un secreto mucho más oscuro que una herencia robada: una conspiración de treinta años, un cambio de cunas y una benefactora que sonríe mientras teje la ruina de todos. Entre columnas de sociedad, salas de juntas y un amor de infancia que reaparece para protegerme sin pedir nada a cambio, tendré que decidir hasta dónde estoy dispuesta a llegar.
Me desecharon pensando que era descartable. Van a aprender —uno por uno— lo que cuesta subestimar a la mujer equivocada.
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La campeona y la falsa heredera
POV: Manu
Volví de un campeonato de taekwondo justo la semana en que Noemi puso la facultad de cabeza, así que me perdí la mejor parte. Me puse furiosa. La escena de Igor Menezes bajándole los humos a la tal Sabrina solo la vi por los videos que rodaron en los grupos, y vaya que rodaron.
Vi el video como quince veces en el vestidor, entre un entrenamiento y otro, riéndome sola como loca mientras las chicas del equipo preguntaban qué tenía de tan gracioso. ¿La parte en que Igor se quita los lentes y pregunta quién se atrevió a llamar copia a su trazo? La pausaba, la regresaba, la pausaba de nuevo. La cara de la tal Sabrina en ese cuadro merecía marco. Y yo no estaba ahí. Una semana fuera y mi mejor amiga se volvió leyenda de la facultad sin mí. Llegué a casa esa noche todavía resoplando.
Encontré a Noemi en el patio dos días después, sentada en una banca leyendo, tranquila como quien no ha incendiado nada.
—Me dejas una semana fuera —dije, tirando la mochila en la banca— y aparece Igor Menezes llamándote musa en el auditorio. Yo tenía que estar aquí. Quería ver la cara de esas.
Ella levantó los ojos del libro y sonrió, de ese modo pequeño suyo.
—Hola, Manu.
Solo eso. «Hola, Manu», como si su semana hubiera sido la cosa más banal del mundo. Me senté a su lado en la banca, hombro con hombro, y sentí esa rabia buena que da la amistad: las ganas de golpear a todo el que se atrevió a reírse de ella antes de que yo llegara.
Nos conocemos desde niñas. Mi familia es dueña de un grupo de comunicación, diario, radio, esas cosas, y la de ella, en esa época, era de los Albuquerque, así que nos cruzábamos en los mismos eventos aburridos de adultos, dos niñas aburridas escapándose a comer brigadeiro a escondidas detrás de los meseros. Siempre supe que Noemi no era lo que aparentaba. Nadie que yo conozca se queda tan calmado cuando el mundo se le derrumba del modo en que se le derrumbó a ella. Pero nunca le pregunté los detalles. Una amiga de verdad no anda hurgando en lo que la otra todavía no quiso contar. Yo solo me quedo cerca y, cuando hace falta, golpeo a quien haya que golpear.
Hubo una vez, debíamos tener unos diez años, en una boda aburridísima, en que un chico mayor se burló de mí por mi vestido. Yo ya iba a írmele encima cuando llegó Noemi, le susurró tres frases al oído al mocoso, y él se puso blanco y desapareció el resto de la fiesta. Nunca me contó qué le dijo. Solo sonrió de ese modo suyo y me ofreció más brigadeiro. Fue ahí donde decidí: a esta niña la protejo para siempre, aun sabiendo que casi nunca lo necesita.
Y ese día hubo que golpear. Metafóricamente. Casi.
Nos estábamos yendo cuando un grupito del salón de Sabrina rodeó a Noemi cerca de los casilleros, creyendo que sin Igor cerca volvía a ser presa fácil. Una de ellas estiró el pie para tirarle la mochila al suelo, de esas maldades pequeñas y cobardes.
Puse la mano en el casillero, al lado de la cabeza de la chica. Con un poco más de fuerza de la necesaria.
El ruido del metal resonó por todo el pasillo. Las chicas se congelaron.
—Déjenme explicarles una cosa, porque parece que nadie lo hizo —dije, con mi mejor sonrisa—. Esta de aquí es mi amiga. Amiga de la infancia. Y yo soy cinturón negro, campeona estatal, y tengo cero paciencia. —Incliné la cabeza—. Así que la próxima vez que alguna de ustedes piense en estirar el piecito, recuerde que yo peleo para lastimar y que mi papá es dueño del diario que da la noticia. Elijan bien en qué titular quieren aparecer.
La que había estirado el pie abrió la boca para replicar, de esas que solo tienen coraje en manada.
—Nosotras solo estábamos…
—Estaban yéndose —completé, dando un paso hacia ella—. Excelente idea. Vayan.
Ella cerró la boca con un clic casi audible.
Se dispersaron tan rápido que una casi se cae de verdad, sola, sin que yo tuviera que hacer nada. Noemi recogió la mochila del suelo con toda la calma del mundo, como si aquello fuera un día normal, que para ella probablemente lo era.
Reparé en una cosa mientras ella le sacudía el polvo a la mochila: sus manos no temblaban. Ni un poquito. Mi corazón todavía iba a mil de adrenalina, y el de ella latía al ritmo de quien espera el autobús. Ya he visto gente dura en la vida, entreno con varias, pero calma así no se aprende en el tatami. Eso viene de otro lado, de algún lugar que Noemi nunca me mostró por entero.
—No hacía falta —dijo ella.
—Ya sé que no hacía falta. Probablemente ibas a desmontar a las tres con una frase y todavía te sobraba tiempo para el recreo. —Me encogí de hombros—. Pero es más rápido a mi manera. Y más divertido.
Ella se rió. Que Noemi se ría es una rareza, así que contabilizo cada una.
Caminamos juntas hacia afuera. Le conté de mis medallas, ella escuchó de verdad, a su manera, y yo me quejé de mi novio, Enzo, con quien tengo uno de esos compromisos de familia arreglados desde que usábamos pañales y que juro que no me tomo en serio, aunque él insista en ser irritantemente encantador cada vez que aparece.
Noemi escuchó todo con esa paciencia que solo tiene para poca gente, y al final comentó que Enzo no parecía tan insoportable, y que a lo mejor la insoportable era yo por no admitir que me gustaba un poquito. Le tiré la mochila. Ella la esquivó riéndose. Es raro, pero es en esos momentos tontos cuando recuerdo por qué aguanto la vida de lujo de mis padres: para tener una amiga así, a la que no le importa nada mi apellido ni el diario de la familia, solo mi conversación.
En el portón, me detuve de repente, porque me había acordado del motivo que me tuvo rumiando toda la semana.
—Ah, hablando de eso —me volví hacia ella—. Me dijeron una cosa que necesito confirmar. ¿Es verdad que esa tal Valentina, la que ocupó tu lugar allá con los Albuquerque, se va a transferir aquí? ¿A nuestro salón?
Noemi dejó de caminar. No pareció sorprendida. Noemi nunca parece sorprendida, y eso a veces asusta.
—Es verdad —dijo, y la sonrisa pequeña cambió de calidad, se volvió más afilada—. Sí, viene.
Tronché los dedos.
—Perfecto —dije—. Justo estaba necesitando un motivo para entrenar.