Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 13
Piénsalo bien y dime
El Club de Golf Montealto se extendía verde y perfecto hasta donde alcanzaba la vista, con un silencio de dinero viejo que a Camila la hacía hablar más bajo de lo necesario. Beltrán había conseguido prestada la membresía de un amigo con tal de acorralar a la representante de Green en su terreno, y había llevado a las dos: a Camila, porque Kendra no hablaba con nadie más, y a Brenda, que llevaba todo el camino jurando que ese trato lo cerraba ella.
—Tú nada más traes el maletín —le dijo Brenda por lo bajo, apenas bajaron del coche—. Aquí la que sabe negociar soy yo. No te me adelantes.
Camila no le contestó. Kendra ya venía hacia ellas cruzando el pasto, con guantes de golf y esa sonrisa que reservaba para una sola persona.
—Muñeca. —Ignoró por completo a Beltrán y a Brenda y le tendió a Camila una toalla blanca, como si fueran las únicas dos en el campo—. Viniste. Ven, te enseño a pegarle. Es más fácil de lo que parece.
La llevó al tee sin dar opción. Le acomodó las manos en el palo por detrás, pegándose más de lo que cualquier lección exigía, con la barbilla casi en su hombro.
—Así, con calma. —Se lo dijo al oído—. ¿Sabes que desde el aeropuerto no dejo de pensar en ti? Deberías dejar todo esto de las cremas y venirte a trabajar conmigo. O mejor. —Se rio—. Yo me hago tu novia y ya. Te llevo a conocer el mundo.
Camila se puso roja hasta las orejas y no supo dónde meterse. Brenda apretaba los dientes a unos metros, verde de envidia. Y desde la terraza cubierta, donde había aparecido "casualmente" un rato antes, un hombre observaba la escena entera con las manos en los bolsillos y la mandíbula cada vez más apretada.
Una tos seca, cortante, cruzó el campo. Kendra levantó la cara. Max, desde la terraza, le sostuvo la mirada con una advertencia tan clara que no necesitaba palabras. Kendra, divertida, se apartó de Camila medio paso, levantando las manos en falsa rendición.
—Uy. El dueño está celoso —canturreó, en un inglés cómplice que solo Camila entendió—. No te apures, muñeca. A mí me gustan los retos.
Camila no supo qué contestar. Entre Kendra por un lado, con su descaro alegre, y aquel hombre de la terraza por el otro, con su silencio de plomo, se sentía como la pelota que estaban a punto de golpear. Brenda, mientras tanto, había intentado tres veces meterse en la conversación de negocios y las tres veces Kendra la había ignorado sin siquiera mirarla, hasta que la mujer se había ido a fumar sola, mordiéndose el coraje.
Un rato después, cuando Kendra se fue a atender una llamada, Max bajó al campo y encontró a Camila sola en el tee, todavía luchando con el palo.
—Aléjate de Kendra. —Lo dijo bajito, poniéndose a su lado—. No te conviene.
—¿Y a usted qué? —Camila lo enfrentó, más por nervios que por valentía—. Si me quiere conquistar alguien, no es a usted a quien tiene que pedirle permiso.
—Yo también te quiero conquistar. —Max lo dijo sin pestañear, con esa calma suya que desarmaba—. Así que sé mi novia y se acaba el problema.
A Camila se le fue el aire por segunda vez en el día. Antes de que pudiera contestar, él se colocó detrás de ella, le rodeó los brazos con los suyos y le acomodó las manos sobre el palo, tal como había hecho Kendra, pero de un modo completamente distinto. El pecho de él contra su espalda, el mentón junto a su sien, la voz baja guiándole el movimiento.
—Los pies así. Los hombros sueltos. No pienses. —Le movió los brazos con los suyos en un arco limpio—. Ahora.
La pelota salió volando en una curva perfecta y cayó, contra todo pronóstico, cerca del hoyo. Camila se quedó boquiabierta, con el corazón latiéndole en dos frentes: por el tiro imposible y por el cuerpo tibio que todavía no se apartaba del suyo. Sentía cada punto de contacto como una quemadura: el pecho de él respirando contra su espalda, el roce de su mentón en la sien, esas manos grandes cerradas sobre las suyas sin ninguna prisa por soltarla.
—¿Ves? —le dijo él al oído, la voz baja, solo para ella—. Cuando dejas de pelear, todo sale mejor.
"Eso no lo dijo por el golf", pensó Camila, y se le subió el calor a la cara, porque él lo sabía y ella sabía que él lo sabía. A un lado, Kendra, que había vuelto, aplaudía con una sonrisa torcida. Brenda parecía a punto de reventar.
Camila se soltó como pudo, con las mejillas ardiendo, y masculló que iba al baño.
Los sanitarios estaban al final de un pasillo alfombrado y desierto. Camila se echó agua en las muñecas, se miró al espejo, se ordenó calmarse. Cuando salió, él estaba ahí, recargado en la pared, esperándola como aquella vez en el elevador de la oficina.
—No hemos terminado. —Max se despegó de la pared.
—No hay nada que terminar. —Camila retrocedió y topó con la pared del fondo—. Usted y yo... esto no tiene ni pies ni cabeza. Usted es de un mundo, yo soy de otro. Yo vivo en una vecindad, tomo el pesero, debo hasta la camisa. Usted come en lugares donde la carta no trae precios. No sé ni a qué se dedica de verdad. ¿Qué van a decir? No. Somos de aguas muy distintas, y usted lo sabe.
—No sé de qué aguas me hablas. —Max apoyó una mano en la pared, junto a su cabeza, y con la otra le tomó la muñeca, sin apretar, con el pulgar sobre su pulso acelerado—. Sé que te acuerdas de mí. Sé que no tienes novio. Y sé que hace rato, con el palo, no me querías soltar.
—Suélteme. —Pero no forcejeó.
Él la miró un largo momento, tan cerca que ella podía contarle las pestañas. Y luego, para su sorpresa, aflojó la mano él primero, y dio un paso atrás, dejándole todo el espacio del pasillo.
—Está bien. —Su voz bajó, ronca, sin enojo, y por eso mismo más difícil de resistir—. No te voy a obligar a nada. Nunca. —Se guardó las manos en los bolsillos—. Pero piénsalo bien. Y cuando lo hayas pensado, me dices.
Se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo alfombrado, sin voltear, dejándole a Camila la muñeca ardiendo donde él la había tocado y la pregunta clavada en medio del pecho, latiendo al ritmo de un pulso que ella no lograba calmar.