Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 6
El automóvil que llevaba a Sebastián avanzó despacio, dejando atrás la zona de la plantación de té. A través del cristal de la ventanilla, la extensión verde que se desplegaba por las laderas de la montaña fue encogiéndose hasta desaparecer tras una curva.
Patricia se volvió hacia su hijo, sentado junto a la ventanilla. —No te exijas tanto con el trabajo —le pidió con suavidad—. Cuando tengas tiempo, regresa. A tu abuelo le dará mucho gusto.
Sebastián asintió. —Sí, mamá.
Aunque sus labios respondieron con brevedad, la cabeza de Sebastián estaba en otro sitio. La imagen del rostro de Valeria no dejaba de darle vueltas. La muchacha hablaba poco. Mantenía la mirada baja casi todo el tiempo. Sin embargo, cada vez que le dirigían una pregunta, respondía con educación, sin el menor asomo de molestia.
Pero había un detalle que lo inquietaba. La mejilla izquierda de Valeria.
La primera vez que se vieron, esa mejilla se veía ligeramente hinchada y enrojecida. Alguien la había cubierto con una capa fina de maquillaje, pero la marca seguía siendo visible. Cuanto más lo pensaba, más raro le parecía.
En aquel momento, Marta y Ramón habían contestado varias veces preguntas que debió responder la propia Valeria. Como si temieran que la muchacha dijera algo inconveniente.
Sebastián soltó el aire despacio. —Tal vez estoy pensando demasiado —murmuró para sí.
Aun así, la corazonada no se le quitaba. La rutina en la capital reclamó su tiempo de nuevo. Por las mañanas ya estaba en la sala de juntas. Al mediodía pasaba a inspeccionar la planta procesadora de té de la familia.
Por las tardes se reunía con posibles socios. Y por la noche aún tenía que revisar los informes de producción que se apilaban en su escritorio. La vorágine del trabajo hacía que los días se consumieran a toda velocidad.
Pero entre una tarea y otra, sus pensamientos volvían siempre a la muchacha que había conocido en la montaña. Intentó convencerse varias veces de que aquello no era asunto suyo. Al fin y al cabo, Valeria todavía no era su esposa.
Quizá la mejilla enrojecida se debía realmente a un golpe accidental. Sin embargo, cada vez que la imagen de Valeria le aparecía en la mente, algo dentro de él lo contradecía.
Los ojos de aquella muchacha no eran los de alguien que acaba de tropezar con algo. Había en ellos vacilación y miedo. Como si estuviera acostumbrada a esconder algo.
Sebastián se frotó la sien. —Solo espero que mi instinto se equivoque.
El día que aguardaba llegó al fin: el fin de semana. Desde temprano, Sebastián emprendió el viaje de regreso a la plantación de té de la familia.
El aire fresco de la montaña lo recibió en cuanto el automóvil cruzó la entrada de la finca. Algunos trabajadores que lo vieron llegar se inclinaron con respeto.
—Bienvenido, señor Sebastián.
Sebastián devolvió el saludo con un gesto amable. No se dirigió directamente a la casona de Don Alejandro. En cambio, pidió al chofer que se detuviera junto a la pequeña oficina de la plantación.
Allí, un hombre de unos sesenta años revisaba la cosecha de la mañana. El cabello, ya repleto de canas. La piel, curtida por el sol. Pero la mirada, todavía aguda.
Era Ignacio, el capataz de la plantación, que llevaba trabajando allí desde que el padre de Sebastián aún vivía.
Al ver llegar a Sebastián, Ignacio dejó su cuaderno de notas. El viejo esbozó una sonrisa cálida.
—Señor Sebastián, rara vez viene por la oficina de la finca.
Sebastián le devolvió una sonrisa leve. —Quiero hablar un momento con usted.
—Por supuesto. —Ignacio lo invitó a sentarse en un banco de madera bajo un árbol frondoso.
La brisa de la montaña soplaba suave, meciendo las hojas sobre sus cabezas. Sebastián guardó silencio unos instantes, como si ordenara las palabras.
Ignacio no lo presionó. Conocía a Sebastián desde niño. El muchacho nunca fue de hablar mucho.
—¿Hay algo que quiera preguntarme? —dijo al fin Ignacio, abriendo la conversación.
Sebastián asintió. —¿Conoce a Valeria?
—Claro. La muchacha que va a casarse con usted, ¿no? —respondió sin titubear. Ignacio sonrió—. Es buena chica.
Sebastián lo observó con atención. —¿Cómo es ella?
Ignacio pareció un poco sorprendido. —¿Quiere saber sobre Valeria?
—Sí.
El hombre asintió despacio. —En cuanto a trabajo, Valeria no deja lugar a dudas. Es muy trabajadora. Si queda algo por hacer, nunca lo deja a medias.
Sebastián escuchó con detenimiento. —A pesar de que su pierna no le permite lo mismo que a las demás.
Ignacio suspiró. —A veces da pena verla. La pierna le duele cuando pasa demasiado rato de pie. Pero si le digo que descanse, lo que hace es sonreír. "No se preocupe, señor. Todavía aguanto", me dice siempre.
La mandíbula de Sebastián se tensó. —¿Y su familia?
La pregunta hizo que la sonrisa de Ignacio se apagara poco a poco. El viejo calló un buen rato, como si sopesara si debía responder o no.
—Dígame todo lo que sepa. Lo bueno y lo malo de esa familia —pidió Sebastián en voz baja.
Ignacio lo miró a los ojos. —¿De verdad quiere saberlo?
—Sí.
Ignacio soltó un largo suspiro. —La verdad es que mucha gente del pueblo le tiene lástima a Valeria.
Sebastián frunció el ceño. —¿Por qué?
—Porque desde chiquita ha cargado con la vida sola. Todos los días hace las tareas de la casa. Y para ganar algo de dinero, se pone a trabajar donde haga falta.
Aunque la revelación lo tomó por sorpresa, Sebastián no interrumpió.
—Esto es algo que poca gente sabe, señor. Hay noches en que a Valeria todavía la ponen a preparar las cosas que necesitan sus tíos. Y a la mañana siguiente, ya está de vuelta en la plantación.
Los dedos de Sebastián se cerraron lentamente en un puño. —¿Y el dinero que gana?
Ignacio negó con la cabeza. —Hasta donde sé, se lo entrega siempre a su tía. Le dicen que es para los gastos de la casa.
Sebastián respiró hondo antes de formular la siguiente pregunta. —¿La tratan con violencia?
Ignacio se quedó inmóvil. La mirada se le ensombreció. —Yo nunca lo he visto con mis propios ojos.
El viejo clavó los ojos en la lejana ladera de la plantación. —Pero más de una vez Valeria llegó a trabajar con algún golpe en la cara o en los brazos. Siempre decía que se había tropezado sin querer.
Ignacio meneó la cabeza. —Aunque tampoco estoy seguro de que todos esos golpes fueran realmente accidentes.
Aquellas palabras le oprimieron el pecho a Sebastián. La corazonada que lo atormentaba desde hacía días resultó no ser una simple sospecha. Giró la cabeza hacia la inmensidad de los campos de té.
A lo lejos, decenas de trabajadores se afanaban cortando brotes. Y por alguna razón, entre tanta gente, sus ojos buscaron de inmediato una sola figura. Una muchacha con sombrero de paja cuyo andar cojeaba ligeramente.
Sin darse cuenta, apretó la mandíbula. Por primera vez desde que se había acordado aquel matrimonio, Sebastián dejó de sentir simple curiosidad. Empezó a sentir rabia. No contra Valeria, sino contra quienes debieron haber sido su familia y, en cambio, le habían impuesto una vida tan pesada.