La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 7: El Silencio que Cambió el Mundo
El jardín la recibió con la humedad de la hierba recién regada y el perfume suave de las rosas que abrían sus pétalos al amanecer, un aire fresco que le acarició el rostro como una mano amiga, fría y viva. Harriette caminó por el sendero de piedra, la trenza cayéndole sobre el hombro, el vestido de lana azul grisácea ceñido con sencillez, esperando encontrar el rincón solitario donde siempre había desayunado: la mesa de piedra rota, sin mantel, sin nadie que la esperara, sin nada más que el silencio y su propia compañía. Pero al llegar al claro bajo el viejo roble, se detuvo en seco, con el aliento contenido, sin comprender lo que veía.
Allí, donde antes solo había tierra y hierba crecida, se alzaba una mesa de madera de roble, pulida y oscura, cubierta con un mantel de lino blanco impecable que caía hasta el suelo, pesado y elegante. Sobre ella, una jarra de cerámica con leche tibia, pan recién horneado con la corteza dorada y crujiente, miel en un cuenco de cristal, frutas de temporada dispuestas con cuidado, y una taza de porcelana fina, llena de té humeante. Dos sillas de respaldo alto, de madera tallada, flanqueaban la mesa, luciendo como si hubieran estado allí desde siempre, como si aquel lugar hubiera sido creado para ella. Pero no lo había estado. Nadie lo había preparado. Nadie se había molestado en hacerlo durante veintiún años.
—¿Qué… qué es todo esto? —murmuró, dando un paso adelante, sin apartar la vista de aquella escena que parecía un sueño imposible.
Un guardia ducal permanecía de pie a unos pasos, erguido y silencioso, con la mano sobre el pomo de su espada. Harriette lo miró, esperando esa mirada fija, indiferente, casi burlona que siempre recibía de ellos: la mirada de quien ve a algo que no importa, a alguien que apenas existe. Pero al levantar la vista y encontrarse con la suya, el guardia bajó la mirada, lentamente, con respeto, con deferencia, como si no se atreviera a sostenerle la vista. Harriette sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquello no era normal. Los guardias del ducado nunca bajaban la mirada. Nunca. Ni ante nadie.
—¿Por qué bajáis la vista? —preguntó ella, acercándose, con voz firme pero cargada de confusión—. Respondedme. ¿De qué trata todo esto? ¿Quién ha ordenado poner esta mesa aquí?
El guardia alzó la mirada solo lo necesario para hablar, con tono bajo y respetuoso, sin insolencia ni indiferencia, una transformación tan absoluta que parecía otro hombre.
—Por orden del duque, señorita —respondió con claridad—. El duque ha mandado acondicionar cada lugar por donde pasáis durante el día. Dijo que no debíais desayunar sobre la piedra ni en la humedad. Que merecéis comodidad y respeto. Y que todo aquel que esté a vuestro servicio debe trataros con la deferencia que corresponde a vuestro rango.
Harriette se quedó inmóvil, sus palabras flotando en el aire fresco de la mañana, pesadas e incomprensibles. El duque. Su padre. El hombre que apenas la miraba, que hablaba de ella como de una pieza de cambio, que nunca antes había mostrado el menor interés por si comía bien o si estaba cómoda. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo ahora que estaba a punto de marcharse para siempre? ¿Era culpa? ¿Era arrepentimiento? ¿O era simplemente el último acto de una farsa para que su matrimonio con el archiduque pareciera algo más que un trato frío y calculado? No lo sabía. Y cuanto más lo pensaba, más oscura y confusa se volvía la razón detrás de todo aquello.
—Mi padre… —susurró ella, acercándose a la mesa y posando una mano sobre el mantel suave y fresco—. Mi padre ordenó todo esto. Qué extraño. Siempre estuve aquí, siempre en este mismo lugar, y nunca vio la piedra fría bajo mis manos. Nunca vio que no había mesa. Y ahora… ahora lo ve todo.
Se sentó lentamente, sin dejar de mirar los manjares dispuestos ante ella: pan caliente, miel dorada, frutas rojas y jugosas, todo lo que jamás le habían servido cuando estaba sola. Comió despacio, tranquila por fuera pero con el pecho lleno de una inquietud que no lograba explicar. El sabor del pan era delicioso, la miel dulce y suave, pero apenas los probaba. Su mente viajaba de un lado a otro, buscando una respuesta que no llegaba. ¿Qué había cambiado? ¿La noche anterior, cuando él la vio rota y aterrorizada? ¿Cuando la defendió del príncipe? ¿Había despertado algo en él que llevaba dormido toda una vida? Y si era así… ¿por qué tenía que ser justo ahora, cuando ya no podía quedarse?
—Señorita Harriette —la voz de Mara la sacó de sus pensamientos. La doncella se acercó con paso ligero, hizo una reverencia suave y esperó a que ella la mirara—. Disculpad la interrupción. El mayordomo encargado de la residencia del archiduque ha llegado desde la capital. Desea hablar con vos sobre los preparativos de la boda. Le he dicho que esperaríais terminar de desayunar, pero si lo deseáis, podéis recibirlo ahora.
Harriette asintió, limpiándose los labios con la servilleta con un gesto elegante y contenido, sin prisas.
—Dile que iré al recibidor del salón de invitados. Que espere allí. No tardaré más de unos minutos.
—Como ordenéis, señorita.
Mara se retiró, y Harriette terminó su té en silencio, sintiendo cómo el calor de la taza le devolvía la calma. Se levantó, alisó el vestido, y en ese mismo instante, el guardia que había hablado con ella se acercó, retiró la silla con un movimiento fluido y respetuoso, y extendió su mano hacia ella, sin atreverse a tocarla, ofreciéndole apoyo. Harriette lo miró, sorprendida de nuevo, y el hombre inclinó la cabeza, con una cortesía que jamás había recibido de nadie en este castillo.
—Seré vuestra escolta hasta el salón, señorita —dijo, sin exigir, sin cuestionar, simplemente informando—. Por orden del duque. Nadie debe caminar sin compañía ni protección en estos terrenos. Y mucho menos vos.
Harriette dudó un instante, confundida, alarmada por la rapidez con la que todo había cambiado, como si un hechizo hubiera caído sobre el castillo durante la noche. Pero asintió, aceptando la mano que le ofrecía, y caminó a su lado hacia el interior del edificio, sintiendo que ya no era la misma mujer que había salido al jardín apenas unos minutos antes. Algo se había movido en el mundo, y ella aún no sabía si era para bien o para mal.
El recibidor del salón de invitados era una estancia amplia, con suelos de madera oscura y paredes revestidas de tapices antiguos que narraban batallas olvidadas. En el centro, de pie junto a la ventana, esperaba un hombre que al verla entrar se puso de inmediato de pie e hizo una reverencia breve, elegante, ajustada al protocolo pero sin exceso, sin humillación. Harriette lo miró con curiosidad. No era el anciano que había imaginado. Era un hombre maduro, de unos cuarenta años quizás, de porte alto y esbelto, rasgos firmes y serenos, cabello castaño con algunos hilos de plata en las sienes, y unos ojos de color avellana que la miraron con franqueza y respeto. Vestía un uniforme oscuro impecable, sin adornos ostentosos, marcado solo por el emblema de la casa Duskbringer bordado en plata sobre el pecho: un cuervo con las alas extendidas sobre una luna creciente.
—Señorita Harriette —dijo con voz profunda y calmada, clara y sin aspereza—. Soy Cedric, mayordomo principal de la residencia del archiduque Duskbringer. Es un honor conoceros.
—El honor es mío, Cedric —respondió ella, haciendo una inclinación de cabeza—. Gracias por venir hasta aquí. Por favor, sentémonos. No hay necesidad de formalidades excesivas.
Ambos tomaron asiento frente a frente, y la atmósfera entre ellos fue extrañamente ligera, tranquila, sin la tensión que solía acompañar cada conversación que mantenía con alguien de su propia casa. Mara entró en silencio con una bandeja de plata, sirvió té para ambos y se retiró a un rincón, permaneciendo inmóvil y discreta, sin intervenir.
—He venido para hablaros de los detalles de la ceremonia —empezó Cedric, abriendo un pequeño cuaderno de cuero que llevaba consigo—. El archiduque desea que la boda sea breve, sencilla y elegante. Sin grandes banquetes ni celebraciones públicas. Una unión digna, sin ostentación. Por eso os escribí que todo sería rápido y sencillo. ¿Estáis de acuerdo con ello?
Harriette sonrió levemente, una sonrisa sincera y sin tristeza.
—Es lo que yo también deseo. No busco lujos ni fiestas. Cuanto más breve, mejor. No necesito que el mundo lo vea. Solo necesito que se cumpla el juramento.
Cedric asintió, y sus ojos se suavizaron.
—Me alegra escucharos. El archiduque no quería imponeros nada que no estuvierais dispuesta a aceptar. Será una ceremonia íntima, en la capilla privada de este castillo, en dos días, al amanecer. Los testigos serán el duque Fenris, por vuestra parte, y yo por la del archiduque. Solo eso. Sin más invitados. ¿Os parece bien?
—Perfecto —respondió ella con firmeza—. Así está bien.
—Hay algo más que debo deciros —continuó él, con tono suave pero claro—. Es posible que el archiduque no pueda estar presente en la ceremonia. Sus deberes militares lo mantienen ocupado, y a veces los desplazamientos son más lentos de lo previsto. Si no puede llegar a tiempo, el juramento se realizará con su representación legal, y la unión quedará sellada de todas formas. ¿Lo aceptáis?
Harriette parpadeó, y por un instante sintió algo parecido a lástima por sí misma: casarse sin que el novio estuviera allí, pronunciar votos ante un altar mientras el hombre que recibiría su mano no estaba presente. Era patético, lo sabía. Cualquier otra mujer habría llorado, habría exigido explicaciones, habría sentido rechazo. Pero ella asintió, con una calma que la sorprendió incluso a sí misma.
—Lo acepto —dijo con tranquilidad—. Comprendo sus deberes. Es un hombre de guerra, un comandante. Su cargo es pesado. No espero que lo deje todo por una ceremonia. Es mejor así. Ninguno de los dos interpondrá el deber del otro. Él tiene su vida, yo tengo la mía. No buscamos interferirnos, sino acompañarnos.
Cedric la miró con respeto, y algo más: admiración genuina.
—Sois sabia, señorita. Más sabia de lo que suponía. El archiduque apreciará vuestra comprensión. Y ahora, lo último: la luna de miel. Se llevará a cabo en la residencia del ducado, en las tierras altas del norte, lejos de la corte y del ruido. Allí os hospedaréis, y se espera que el archiduque se reúna con vos allí en cuanto sus deberes se lo permitan. Ese será el primer encuentro cara a cara entre ambos, si no puede llegar antes de la ceremonia. Pasaréis unos días allí, y luego regresaréis juntos a la capital, donde comenzaréis vuestras funciones como archiduquesa. ¿Estáis de acuerdo con este plan?
—Estoy de acuerdo con todo —respondió ella, sin dudar—. No tengo exigencias. Solo deseo que todo se cumpla según lo acordado.
Ambos se levantaron, y Cedric cerró su cuaderno con un gesto de satisfacción.
—Entonces todo está dispuesto. Gracias por vuestra amabilidad y comprensión, señorita Harriette. Ha sido un verdadero placer hablar con vos. El archiduque tiene suerte.
—Gracias, Cedric —dijo ella, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa llegó a sus ojos—. Gracias por hablarme como a una igual.
El mayordomo hizo una reverencia y se marchó, acompañado por Mara hasta la salida. Harriette se quedó sola un instante en la estancia, sintiendo un peso menos sobre su pecho. Todo estaba decidido. Todo estaba en marcha. Nada podía detenerlo ya. Y extrañamente, no sentía miedo. Sentía alivio.
Pero había algo que necesitaba saber. Algo que llevaba toda la mañana preguntándose sin hallar respuesta. Caminó hacia el despacho de su padre, con el corazón latiéndole con fuerza, y al llegar, los guardias apostados a las puertas las abrieron sin que ella tuviera que pedirlo, con una deferencia que ya no le sorprendía pero que seguía sin comprender. Entró, y las pesadas hojas de roble se cerraron tras ella, dejándola a solas con el hombre que había marcado su vida con su frialdad y ahora, de pronto, la llenaba de atenciones que nunca había pedido.
Fenris Emberfall estaba de pie tras su escritorio, con pluma en la mano, junto a su fiel mayordomo, ambos revisando documentos sellados con cera. Al verla entrar, levantó la vista, y por un instante, el tiempo pareció detenerse en la habitación, llena de sombras y de un silencio denso, cargado de preguntas sin formular. Harriette lo miró a los ojos, sin bajar la mirada, sin doblegarse, y entonces habló, con voz firme y clara, sin rastro de la niña que había sido:
—Padre. Necesito saberlo. ¿Por qué? ¿Por qué todo este cambio repentino? ¿Por qué la mesa en el jardín, los guardias que bajan la mirada, la doncella que me atiende? Durante toda mi vida fui invisible para vos, para todos. Y ahora… ahora que me marcho, ahora que me caso con un extraño… ¿por qué de pronto veis que existo?
El duque soltó la pluma lentamente, y el mayordomo se retiró en silencio, dejándolos solos. Fenris se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio, y su mirada, antes fría y distante, estaba llena de algo que ella nunca había visto en él: remordimiento. Profundo, oscuro, y quizás demasiado tarde.
—Porque anoche te vi, Harriette —dijo él, con voz grave y baja, como si le costara pronunciar cada palabra—. Te vi en tu habitación, rota, aterrorizada por el príncipe. Y vi cómo te miraba él… y cómo temblabas tú. Y entonces comprendí que te había fallado. Que durante toda tu vida te dejé sola, sin protección, sin nadie que te cuidara. Y permití que te hicieran daño. Que él te hiciera daño. No sé qué hay entre vosotros dos, no sé qué te hizo… pero vi el miedo en tus ojos, y supe que no podía dejar que te fueras de este mundo sin haberte dado al menos una parte de lo que merecías. Demasiado tarde, quizás. Pero no puedo dejar que te vayas sin saber que… que lo siento.
Harriette sintió que las palabras la golpeaban con una fuerza inesperada, y por un instante, el dolor antiguo, el de la niña que esperaba una palabra de cariño, resurgió con violencia. Pero no lloró. Se mantuvo firme, con la cabeza alta, y miró a su padre con claridad.
—Es demasiado tarde, padre —dijo suavemente, sin odio, sin rabia, solo con la verdad desnuda—. Todo esto… todo llega demasiado tarde. No lo necesito ya. No lo necesito porque ya no me quedo. Y duele saber que si me hubieras visto antes… quizás no habría tenido que huir de aquí para encontrar un lugar donde ser yo misma. Pero gracias. Gracias por estos días. Serán buenos recuerdos para llevarme.
Fenris asintió, con la mandíbula apretada, luchando contra lo que sentía.
—Ve con él, Harriette. Ve y sé feliz. Y si algún día necesitas volver… si él no te trata bien… si cualquier cosa sale mal… este castillo será siempre tu hogar. Y nadie, nadie, volverá a hacerte daño mientras yo viva.
Harriette no respondió de inmediato. Dio un paso hacia atrás, mirándolo por última vez como la hija que había anhelado su amor durante toda su vida. Y entonces, con una media sonrisa, triste y libre a la vez, asintió.
—Adiós, padre. Cuídate.
Se giró y salió del despacho, dejando atrás las sombras, las dudas, el pasado. Las puertas se cerraron tras ella, y mientras caminaba por el pasillo, supo que algo había terminado para siempre, y algo nuevo, oscuro y desconocido, empezaba a tomar forma. El destino ya no era algo que le ocurría. Era algo que ella misma había elegido. Y cuando alzara la vista hacia el norte, hacia las tierras del archiduque, lo haría sin miedo, sin esperanzas, pero con la certeza absoluta de que nada volvería a ser como antes.