Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 21
Las mazmorras bajo la fortaleza de Blackwood eran un laberinto de piedra húmeda y fría donde la luz del sol jamás se había posado.
Las paredes exudaban humedad salobre y el aire olía a moho, hierro viejo y la miseria de todos los que habían ocupado esas celdas a lo largo de los siglos.
Amelia permanecía sentada sobre un banco de piedra helada, con los grilletes pesados lacerándole las muñecas y el dolor de su hombro pulsando con la rabia de una quemadura abierta.
Habían pasado apenas tres horas desde la trampa en la biblioteca, pero en la oscuridad del calabozo, cada segundo se estiraba como una eternidad.
El crujido sordo de la puerta de hierro al fondo del pasillo hizo vibrar el suelo.
Pasos pesados, pausados y retumbantes comenzaron a acercarse. No era el andar apresurado de los guardias ni la pisada ligera de Marcos; era una presencia aplastante, una ola de aire helado y rabia contenida que paralizó los latidos de Amelia.
Lian avanzaba por el corredor subterráneo.
No llevaba la camisa de lino ni las vendas; lucía su torso desnudo cubierto por la túnica de guerra de Alfa y las cicatrices violáceas de su rostro latían en un tono oscuro, alimentadas por la marea de veneno y furia que amenazaba con devorarle la cordura.
A pesar de estar completamente ciego, caminó sin dudar hasta detenerse justo frente a los barrotes de hierro fundido de la celda.
El silencio que siguió fue más denso que la propia piedra.
—Lian... —alcanzó a susurrar Amelia, poníendose en pie a duras penas y dando un paso tembloroso hacia la reja.
—No pronuncies mi nombre —la voz del Alfa no fue un rugido; fue un murmullo bajo, cavernoso y desgarrador, una frecuencia que hizo temblar el polvo de las vigas del techo.
Lian levantó la mano y, con un solo golpe de su fuerza descomunal, reventó el cerrojo de la celda, haciendo que la puerta de hierro se abriera de par en par con un gemido metálico.
Avanzó hacia el interior del recinto, acorralando a Amelia contra la pared del fondo antes de que ella pudiera reaccionar.
El Alfa apoyó ambas palmas en la piedra a cada lado de la cabeza de la joven, encerrándola en una celda de músculos, calor abrasador y rabia pura.
—Los mapas de la frontera norte estaban desplegados en mi mesa —dijo Lian, su aliento cálido golpeando el rostro pálido de Amelia
—. Los viales de acónito negro estaban en tu habitación, guardados bajo la madera del suelo. Las monedas de los renegados llevaban la marca del clan que intentó cortarle el cuello a mi hijo... a tu hijo adoptivo.
—¡Son falsas! ¡Te juro por mi vida que es un montaje! —exclamó Amelia, sintiendo las lágrimas quemarle los ojos pero sosteniendo la mirada gris y ciega del hombre.
Lian inclinó la cabeza hacia abajo, pegando su rostro al de ella a escasos milímetros.
Sus fosas nasales se dilataron en un suspiro violento, buscando desesperadamente en el aire la prueba definitiva: el rastro del engaño en su aliento, el pulso desbocado del mentiroso, la peste de la traición.
Pero no había nada de eso.
El aroma de Amelia seguía siendo la misma lluvia fresca, pura y reconfortante que había calmado sus noches de agonía. Su corazón martilleaba las costillas con el terror de un cordero acorralado, pero no con la irregularidad de la culpa.
Ese contraste estaba volviendo loco al Alfa.
—Toda la evidencia dice que eres una espía —siseó Lian, ajustando la presión de su cuerpo contra el de ella hasta que Amelia sintió cada contorno rígido del pecho del lobo
—. El consejo exige tu cabeza antes de que caiga el sol. Mi Beta pide que te ejecute yo mismo para demostrar que no tengo debilidades...
¿Por qué tu aroma no apesta a traición, Amelia? ¿Por qué tu sangre no huele a veneno cuando te tengo acorralada?
—Porque te amo, maldita sea —gritó Amelia, dejando que las lágrimas rodaran finalmente por sus mejillas—. Porque prefiero que me mates aquí mismo antes que traicionarte a ti o a Mateo. Marcos me amenazó ayer.
Él me dijo que si no le entregaba los mapas, mataría al niño y me culparía a mí. ¡Fue él quien preparó todo en la biblioteca!
Lian emitió un gruñido bajo que vibró directamente contra el pecho de la joven. Una de sus manos abandonó la pared y se cerró con fuerza sobre el cuello de Amelia.
No apretó hasta cortar la respiración, pero la presión de sus dedos duros como el acero fue suficiente para inmovilizarla por completo.
La bestia interior de Lian, la fuerza salvaje que había masacrado a docenas de invasores, exigía sangre para saldar la afrenta a la manada. Su mente lógica, alimentada por las pruebas irrefutables presentadas por los ancianos, le ordenaba romper el cuello de la humana y terminar con el problema.
Pero cuando sus dedos sintieron el pulso acelerado y cálido latiendo bajo la piel de Amelia, el lobo se negó rotundamente a cerrar el puño.
El animal dentro de Lian soltó un gimoteo sordo en su cabeza, un rechazo absoluto a dañar a la hembra que había reclamado como suya.
La sola idea de ver la vida apagarse en los ojos de Amelia le provocó un conato de náusea y una punzada de dolor físico en el pecho más destructiva que el propio veneno.
—No puedo dejarte ir... —susurró Lian, su voz quebrándose ligeramente mientras la rabia y la desesperación luchaban en su garganta—. Aunque seas la enemiga... aunque me hayas engañado desde el primer día... no puedo romperte.
Lian retiró la mano del cuello de la joven y la estrelló contra la pared de piedra con tanta violencia que la roca se agrietó detrás de Amelia. El Alfa pegó la frente a la cara de ella, respirando con convulsiones profundas, atrapado en el tormento de su propia dualidad.
—Si eres culpable, te destruiré con mis propias manos —siseó el Alfa contra sus labios, un murmullo posesivo y aterrador—. Pero no morirás hoy en la hoguera del consejo. Nadie te tocará mientras estés bajo mi custodia. Si vas a arder, arderás conmigo.
Lian se apartó de golpe, dando media vuelta con la capa agitándose tras de sí. Salió de la celda y agarró los barrotes de hierro destrozados, cerrando la puerta con una fuerza que hizo eco en las profundidades de la fortaleza.
—¡Lian! —gritó Amelia, aferrándose a los barrotes helados—. ¡Investiga las patrullas del perímetro este! ¡Busca las órdenes firmadas por Marcos!
El Alfa no respondió con palabras. Se detuvo un instante en la penumbra del pasillo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la celda, escuchando el llanto ahogado de la mujer que le había robado el juicio.
Luego, avanza a pasos firmes hacia la salida, decidido a descubrir la verdad antes de que la manada entera se desmoronara en la sangre de una guerra civil.