Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
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capitulo 9: Sin previo aviso
El director caminaba por la universidad, asegurándose de que todo estuviera en orden, cuando al pasar por la biblioteca, un espacio amplio que mostraba claramente la grandeza del lugar, vio a Micaela tomando un libro y decidió acercarse.
—Señorita Chávez —llamó el director con su voz grave, provocando que Micaela se asustara.
—Señor De la Vega, solo vine a leer ya me voy —logró decir Micaela, bajando la vista y tratando de ocultar su nerviosismo.
—No pasa nada, señorita Chávez. Todos pueden usar la biblioteca —le aseguró.
—Gracias, señor director —dijo tímidamente Micaela.
—Cumbres Borrascosas. Un libro lleno de pasiones y conflictos que casi nunca terminan bien—dijo el director, mirando el libro que Micaela sostenía, demostrando que conocía bien la historia.
Mientras hablaba, se inclinó un poco para ver mejor la portada, y Micaela sintió cómo sus nervios aumentaban al tenerlo tan cerca.
Al levantar la vista, sus ojos chocaron con los del director. Y ahí, por un breve momento, ambos se quedaron quietos, sorprendidos por lo que descubrieron en la mirada del otro. Había algo en él que la hizo estremecerse de nervios, y algo en ella que capturó su atención de forma repentina. Justo cuando creyó que él se acercaba para besarla, un hipo la traicionó y una de las lentes de sus gafas se soltó.
—Señorita Chávez, tiene que cambiar esas gafas cuanto antes —dijo el director al fijarse en que una lente estaba a punto de caer.
Micaela asintió, manteniendo las gafas firmes sobre sus ojos, ya que no quería que el director de la Vega viera su rostro, que ella misma consideraba feo.
—Tengo que salir —dijo Micaela y se alejó a toda prisa, mientras el director quedaba sin entender su reacción.
Necesitaba un lugar apartado para calmarse, así que se dirigió al baño. Allí revisó sus gafas y notó que la lente estaba a punto de desprenderse. Intentó sujetarla como pudo, consciente de que necesitaba unas nuevas cuanto antes porque su vista podía verse afectada. Después, aún inquieta, regresó a su clase.
Minutos después, ya en su oficina, el director pidió que Berenice entrara, y ella obedeció de inmediato.
—Digame señor director —dijo Berenice al entrar.
—Berenice, necesito que acompañe a Micaela Chávez al Centro de Servicios Estudiantiles. Debe conseguir unas gafas nuevas y asegúrese de que las tengan —ordenó el director, mientras él mismo se preguntaba la razón detrás de su decisión.
—Enseguida, director de la Vega —respondió Berenice, y salió de la oficina.
Minutos después, Berenice acompañó a Micaela al Centro de Servicios Estudiantiles. Era un espacio amplio, muy bien administrado, algo típico de una universidad de prestigio. Había estantes repletos de repuestos y monturas, además de mostradores donde el personal atendía con eficiencia.
—Vamos a ver esto con calma. ¿Puedes retirarte las gafas un momento?—pidió la optómetra del servicio estudiantil, porque antes de entregarle unas nuevas debía verificar su graduación.
Micaela, sin entender por qué la habían llevado hasta allí, sintió nervios cuando le pidieron quitarse los lentes. Miró a Berenice, quien le dio una señal afirmativa, y entonces obedeció.
—Uy, sí, estas gafas ya dieron lo que podían. Permíteme un momento —comentó la optómetra tras revisar la graduación.
Se acercó a la estantería, tomó unas gafas similares y se las entregó a Micaela.
—Prueba con estas —le indicó.
Micaela se probó las gafas y sintió un alivio al ver que le quedaban exactamente igual que las suyas. Tenían la misma graduación y el mismo color, lo cual era ideal; no quería llegar a su casa con algo distinto y despertar preguntas incómodas, sobre todo por parte de su padre.
—Gracias —alcanzó a decir, sin levantar mucho la mirada.
Al salir del Centro de Servicios Estudiantiles, Micaela caminaba contenta con sus nuevas gafas, aunque no podía dejar de preguntarse quién había dado la autorización; nadie más en la universidad lo sabía, ni siquiera Malú. Solo el director se había percatado de que sus gafas estaban dañadas. Aún intrigada, no pudo evitar hablar mientras caminaba junto a Berenice.
—Señora Berenice disculpe la pregunta, pero ¿quién pidió que me entregaran estas gafas? —preguntó Micaela, tímidamente.
—El director de la Vega, muchacha. Sí, sí, aunque lo veas serio y malhumorado, le importan sus estudiantes —contestó Berenice sin dudar, para que Micaela supiera quién había tenido ese gesto.
Micaela asintió, agradecida; si no fuera por él, no tendría las gafas que ahora llevaba.
Con eso resuelto, Berenice se dirigió a la oficina del director de la Vega, cumpliendo la indicación que él le había dado.
—Señor, la estudiante ya recibió las gafas, tal como usted lo indicó —informó Berenice.
—Perfecto —contestó, con una leve sensación de satisfacción por su buena acción.
Más tarde, ya en su habitación, Micaela se sentó frente al computador. Tras escribir algunas de sus frases habituales, volvió a pensar en el director. No entendía cómo había tenido ese gesto con ella, cuando hace poco casi la expulsaba por tomar un libro. Esa contradicción la inquietaba y, al mismo tiempo, la inspiraba.
Comenzó a escribir un título para su historia: “La Becada”. Allí plasmó sus miedos, sus preocupaciones y las dificultades que enfrentaba a diario pero, sobre todo, los sentimientos que el director empezaba a despertar en ella.
A la mañana siguiente, un carro elegante se detuvo frente a la universidad. De él bajó un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje impecable. Lo acompañaban varios guardias, lo que daba la impresión de que se trataba de alguien importante.
El grupo entró a la institución y se encontró con Berenice, que justo salía de su oficina. Ella lo reconoció enseguida: era el arquitecto encargado de revisar la infraestructura para el nuevo proyecto que el director quería construir.
—Arquitetto Vladámir… benvenuto all’istituzione —dijo Berenice, usando las pocas palabras de italiano que conocía para hacerse entender, ya que él hablaba solo ese idioma.
—Ho bisogno di parlare con il direttore —“Necesito hablar con el director”.
Berenice no comprendió del todo, pero dedujo que quería hablar con el director. Entonces, hizo un gesto para que esperara y se dirigió a la oficina; al recibir el “adelante”, entró lista para informarle sobre la llegada del arquitecto.
—Disculpe, señor director, que lo interrumpa, pero lo está buscando el arquitecto Vladámir.
El director, concentrado en sus documentos, los dejó caer con frustración. No esperaba la llegada del arquitecto y, aunque su padre lo había recomendado por su eficacia, no tenía muchas ganas de trabajar con él; por si fuera poco, no sabía hablar italiano.
—Berenice, dígale que no estoy —ordenó el director, volviendo a concentrarse en los documentos.
—Señor, disculpe pero creo que él ya sabe que usted está aquí —dijo Berenice, nerviosa.
—¡Berenice, hazlo pasar entonces! —dijo el director mientras, frustrado, volvía a dejar caer los documentos sobre la mesa.
Berenice hizo un gesto afirmativo y salió.
Como ni él ni Berenice hablaban italiano, el director optó por llamar a Sonia, que sí podía comunicarse en ese idioma.
📱Sonia, ¿dónde estás? Te necesito aquí —preguntó el director con urgencia.
📱Según mi turno, todavía no debo entrar; estoy en el salón con mis amigas —respondió Sonia.
📱Sonia, necesito que vengas ya —insistió el director.
📱Nicolás, estoy ocupada ahora, no puedo. Te veo después —respondió Sonia antes de colgar y volver a su sesión de belleza.
El Director bajó el teléfono despacio, molesto y sin saber qué hacer. Apretó la mandíbula y respiró hondo, tratando de calmarse, aunque no le funcionó mucho. Necesitaba que Sonia estuviera allí, y aun así lo dejó solo.
El arquitecto acababa de entrar y estaba por hablar cuando tocaron la puerta, aumentando todavía más la frustración del director.
—¿Quién carajos será ahora? —dijo con molestia, sin importarle la presencia del arquitecto, y añadió—: Adelante.
Era Micaela, con unos libros importantes que alguien le había pedido entregar al director. Justo a ella le tocó la responsabilidad, y todo lo que quería era mantenerse lo más lejos posible del director.
—Señorita Chávez, ¿qué desea? —preguntó el director, frotándose la frente con gesto de frustración.
—Señor, me encargaron entregarle estos libros—explicó Micaela, sintiéndose aún más nerviosa por el hombre que estaba allí.
—Déjelos ahí —indicó el director.
Micaela asintió y comenzó a retirarse, pero el director la llamó justo cuando ya se acercaba a la puerta.
—Espere —dijo, levantándose y situándose frente a ella—. ¿Usted entiende italiano?
Micaela asintió, pues cuando era niña su abuela le había enseñado italiano, siguiendo la tradición familiar que venía de su bisabuela. Al verla confirmar, el director apoyó la mano en su pecho, pensando: “Gracias a Dios”.
Minutos después, con la ayuda de Micaela, el director logró comunicarse con el arquitecto. Ella lo sorprendía con su acento y facilidad para hablar italiano. Cuando el arquitecto se retiró, quedaron solos en la oficina, y se notaba claramente lo nerviosa que estaba Micaela mientras él se acercaba.
—Gracias por ayudarme otra vez —agradeció, algo que hacía raramente—. Es muy perspicaz, señorita Chávez.
La combinación de su inteligencia y encanto lo impulsó a acercarse y besarla.