«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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Para entender el nivel de descaro en el que viven Luciano y Marcelo, hay que verlos en su hábitat natural: una fiesta de la alta sociedad donde el dinero legal se difumina con el humo del dinero de la mafia. Porque, seamos claros, el imperio joyero *Marchesi * no solo vende las esmeraldas más puras de Europa; también es la lavandería automática más elegante del continente. ¿Qué mejor lugar para justificar millones de euros en efectivo que una industria donde una piedra del tamaño de una nuez puede costar lo mismo que un yate en Mónaco? Es el negocio perfecto: belleza deslumbrante por fuera, acero y pólvora por dentro.
La noche de hoy no es una fiesta cualquiera; es la gala benéfica anual de la fundación Marchesi en un palacio privado en el corazón de Milán. El aire huele a perfumes importados ,a champaña que nunca ha pisado un supermercado y una tensión palpable. Todos los presentes saben perfectamente quién es don Vittorio Marchesi, el padre de Luciano, y qué pasa si le quedas a deber un solo favor a la familia. Pero claro, mientras haya diamantes brillando en los expositores blindados de la entrada y caviar en las bandejas de plata, a la aristocracia europea le encanta jugar a que el peligro es glamoroso.
Y entonces, las puertas dobles del salón se abren de par en par. La música no se detiene, pero el murmullo de la gente baja tres octavas. Entran ellos.
Luciano viste un esmoquin negro satinado, hecho a medida . No lleva corbata, tiene los dos primeros botones de la camisa blanca abiertos —porque la formalidad absoluta le aburre— y en su muñeca brilla un reloj cronógrafo que cuesta más que la casa de cualquier mortal. A su lado, Marcelo luce un traje gris marengo impecable, con esa sonrisa de medio lado que grita "sé exactamente lo que estás pensando y la respuesta es sí". Parecen dos panteras Negras paseándose por un corral de ovejas con vestidos de seda.
—Mira eso, *fratello* —le susurra Marcelo a Luciano, tomando una copa de cristal de la bandeja de un camarero que tiembla tanto que casi tira el champán—. La condesa de Von Bismarck trajo el collar de zafiros que tu padre le "consiguió" el mes pasado. Deverías visitarla un momento y ver si está segura.
Luciano suelta una risa ronca, esa que hace que tres modelos de pasarela que están a cinco metros de distancia se giren sincronizadas como si compartieran el mismo sistema nervioso.
—Los zafiros están seguros, Marcelo. Lo que me preocupa es el cargamento que entra por el puerto de Génova mañana a primera hora. Mi padre quiere que yo supervise la entrega de las piedras en bruto antes de que pasen al taller de tallado. Si la policía fronteriza husmea más de la cuenta...
—La frontera está pagada y bien pagada, Luciano. Relájate. Esta noche el imperio tiene que sonreír para las cámaras y pretender que le importan las obras de caridad —lo interrumpio Marcelo, guiñándole un ojo a una heredera hotelera que los mira con descaro—. Además, la noche es joven y el reservado tiene nuestro nombre escrito .
Yo, desde mi palco VIP en la mente de estos dos idiotas, solo puedo rodar los ojos. Es fascinante cómo manejan la transición: en un segundo están discutiendo cómo evadir los controles aduaneros de la Unión Europea para contrabandear diamantes de sangre, y al segundo siguiente están debatiendo si la champaña del 2008 es mejor que la del 2012.
Media hora después, el deber protocolario está cumplido. Luciano ha estrechado manos con políticos corruptos, ha besado las mejillas de ancianas millonarias y ha posado para los fotógrafos con la frialdad de un depredador que sabe que es el rey de la selva. El verdadero evento comienza cuando los dos se escabullen por la escalera lateral hacia el área privada del palacio, hecha exclusivamente para los Marchesi y sus socios más selectos.
Aquí las luces son rojas y tenues, el bajo de la música te retumba en el pecho y el aire está cargado de una energía mucho más salvaje. No hay condesas ni discursos aburridos. Aquí hay mujeres que saben exactamente a lo que van, alcohol fluyendo sin control y la absoluta certeza de que lo que pasa bajo el cielo de Milán, se queda bajo el cielo de Milán.
Luciano se desploma en el sillón de cuero , estirando sus largas piernas con una arrogancia natural. Marcelo se sienta a su lado, y en menos de dos minutos, el sofá está rodeado. Dos mujeres hermosas, una rubia espectacular con un vestido rojo que desafía la gravedad y una morena de ojos felinos, se acercan directamente a Luciano. Saben quién es. Saben lo que significa el apellido Marchesi: poder absoluto, peligro y bolsos de diseñador garantizados.
Luciano les sonríe , y pasa un brazo alrededor de los hombros de la rubia, mientras Marcelo ya está entretenido sirviendo tragos de un vodka que probablemente destilaron en el palacio de un zar ruso.
Para Luciano, esto es un martes cualquiera. El mundo es su patio de recreo, las mujeres son entretenimiento pasajero y el imperio de la mafia es su derecho de nacimiento. Todo es perfecto, predecible y deliciosamente fácil. Él cree que tiene el control absoluto de su destino. Cree que nadie puede tocarlo.
Pobre infeliz. No tiene la menor idea de que la vida te cambia en un abrir y cerrar de ojos .