Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 22: La verdad detrás del proyecto
Valentina intentó mantener la distancia que había prometido.
Con Maximiliano hablaba solo de trabajo. Si coincidían en una reunión, se sentaba junto a Clara o Mariana. No evitaba mirarlo, pero tampoco buscaba quedarse a solas con él. El beso seguía existiendo entre ambos, aunque ninguno lo mencionara.
Claudia, por su parte, no volvió a acercarse. Valentina supuso que se había marchado de la ciudad con sus hijos, pero no preguntó. Tenía suficiente con las tareas del proyecto y con organizar la vida en casa.
La segunda etapa avanzaba con buenos resultados. Los comerciantes participaban y el equipo preparaba una muestra de productos para el nuevo complejo. Valentina había insistido en que las condiciones fueran claras antes de invitar a nadie.
—No quiero que nadie se entere de los costos el día de la actividad —le había dicho a Clara—. Cada comerciante debe saber qué espacio tendrá y qué se espera de él.
—De acuerdo —respondió Clara—. El equipo de desarrollo está terminando los términos.
El jueves por la tarde, Valentina fue a las oficinas de Devereaux Group para recoger unos documentos. Clara le había pedido que revisara una lista de negocios elegibles para la muestra.
Al salir de la sala de reuniones, vio una carpeta abierta sobre una mesa auxiliar. No era de ella. En la cubierta aparecía el nombre de la segunda fase del desarrollo y, debajo, un plano del sector comercial.
Valentina no quiso leer documentos ajenos. Sin embargo, al recoger una hoja que había caído al suelo, vio un mapa con varias parcelas marcadas en rojo. Reconoció algunas direcciones: la panadería de Esteban, la tienda de Lucía y el taller de Darío.
En la parte superior se leía: Adquisición y reordenamiento de locales. Fase II.
Valentina sintió frío en las manos.
Dejó la hoja donde estaba y fue directamente a buscar a Clara.
—¿Qué significa este plano?
Clara palideció al verlo.
—¿Dónde lo encontraste?
—En la mesa del pasillo. No lo estaba buscando. Se cayó una hoja.
Clara miró el documento y luego cerró la carpeta.
—Es un proyecto que todavía está en revisión.
—¿Los locales de los comerciantes están en la lista?
—Algunos edificios podrían verse afectados por la siguiente fase del desarrollo.
—¿Y ellos lo saben?
Clara no respondió enseguida.
—No hay decisiones finales. La empresa está evaluando opciones de reubicación y compensación.
—¿La panadería de Esteban está en la lista?
—Sí.
Valentina sintió que todo el trabajo de los últimos meses se volvía frágil bajo sus pies.
—¿Cuándo pensaban informarles?
—Cuando hubiera una propuesta concreta. No queremos alarmarlos con algo que todavía puede cambiar.
—¿Y mientras tanto los invitamos a participar en una campaña que promete acercarlos al complejo?
—La campaña no promete proteger cada local. Busca crear una relación entre los comerciantes y el proyecto.
—Ellos creen que la empresa quiere incluirlos. Yo les dije que su participación debía ser real.
—Y lo será. Si algunos locales tienen que trasladarse, se buscarán alternativas.
—¿Hay acuerdos firmados?
Clara bajó la mirada.
—Todavía no.
Valentina comprendió que debía hablar con Maximiliano. No quería discutir con una empleada que quizá tampoco tenía todas las respuestas.
—Necesito verlo.
—Está en su oficina.
Maximiliano la recibió de inmediato. Estaba revisando unos planos junto a su asistente. Al verla entrar, indicó que los dejaran solos.
—¿Qué ocurre?
Valentina colocó la hoja sobre el escritorio.
—¿Qué es esto?
Él miró el plano. No fingió desconocerlo.
—Es una propuesta de adquisición y reorganización para la segunda fase del complejo.
—Están marcados varios de los negocios que participan en mi campaña.
—Sí.
—¿Desde cuándo saben que podrían tener que irse?
—El equipo de desarrollo lleva semanas estudiando distintas alternativas. No hay una decisión definitiva.
—¿Cuándo pensabas decírselo?
Maximiliano se apoyó en el borde del escritorio.
—Cuando tuviéramos algo concreto que ofrecerles. No voy a informar a cuatro comerciantes de que podrían perder sus locales sin saber si podremos reubicarlos ni bajo qué condiciones.
—Pero sí les pediste que participaran en la campaña.
—No les pedí que confiaran en algo que no está decidido.
—No. Les pediste que mostraran sus negocios, que compartieran sus historias y que ayudaran a presentar el complejo como parte de la comunidad.
—La campaña les ha dado visibilidad.
—También te ha dado información sobre sus negocios, sus horarios, sus necesidades y la manera de contactarlos.
—No he utilizado esa información para negociar con ellos.
—¿Cómo puedo saberlo?
—Porque no lo he hecho.
—Eso no es una respuesta. Es una exigencia de confianza.
Maximiliano frunció el ceño.
—Valentina, la información del proyecto es confidencial. No podía entregarte planos preliminares que no estaban aprobados.
—No te estoy pidiendo que me entregues todos tus documentos. Te estoy preguntando por qué invitaste a esos comerciantes a confiar en una colaboración sin contarles que algunos podían perder sus locales.
—Porque no hay una decisión tomada.
—Pero existe un plan.
—Existen varios escenarios.
—¿Y cuál de esos escenarios les ofreciste?
Él guardó silencio.
Valentina sintió que la respuesta ya estaba allí.
—No les ofreciste ninguno.
—No voy a presentar una propuesta incompleta.
—Entonces debiste esperar antes de pedirles que se involucraran.
—La campaña no fue creada para engañarlos.
—Quizá no. Pero el resultado es el mismo: ellos han puesto sus historias y su confianza sobre la mesa, mientras la empresa todavía decide qué hará con sus negocios.
—La empresa quiere encontrar una solución que sea viable para todos.
—La empresa quiere desarrollar el terreno. Ellos quieren conservar sus medios de vida. No es la misma cosa.
—Precisamente por eso necesitamos negociar.
—¿Y pensabas negociar después de que la campaña los acercara a ustedes?
Maximiliano no contestó de inmediato.
Valentina lo miró, esperando que negara la insinuación o que le dijera que había entendido mal. Él no lo hizo.
—No los utilicé —dijo finalmente—. Mi intención era abrir una conversación y encontrarles un lugar dentro del proyecto.
—Pero no me lo contaste.
—No podía hacerlo. La información todavía era interna.
—Entonces no debiste pedirme que encabezara una iniciativa con ellos sin explicarme el conflicto.
—Si te lo hubiera contado, ¿habrías trabajado en el proyecto?
—No lo sé. Pero habría podido decidirlo conociendo los hechos.
—No quería que quedaras en medio de una situación sin resolver.
—Ya estoy en medio. Me están preguntando si la empresa va a abrir un espacio para sus negocios. Yo les he dicho que su participación debe ser transparente. Y tú sabías que estabas considerando quitarles sus locales.
—No es así.
—¿Qué parte no es así?
—No he decidido quitarles nada. La propuesta incluye la posibilidad de reubicarlos en el complejo.
—¿Con qué condiciones?
—Todavía se están calculando.
—¿Cuándo van a informarlos?
—Cuando tengamos una oferta seria.
Valentina recogió la carpeta de la mesa.
—¿Sabes qué es lo peor? Que por un momento pensé que podía confiar en ti.
La expresión de Maximiliano cambió.
—Esto no tiene que ver con nosotros.
—Tiene todo que ver. Te dije que no quería que me trataras como a alguien a quien puedes dirigir, convencer o comprar. Ahora descubro que me pediste acercarme a estas personas sin contarme algo que afectaba directamente su futuro.
—No he comprado tu trabajo.
—Acepté el contrato porque estaba claro y porque era un trabajo. Pero no acepté ser la cara amable de una decisión que todavía no querías explicar.
—No eres la cara de nada.
—Eso era exactamente lo que creía.
Maximiliano se acercó a la mesa, pero no intentó tocarla.
—Podemos arreglarlo. Voy a pedir al equipo que prepare una comunicación para los comerciantes.
—No quiero una comunicación para salir del paso. Quiero que tengan información completa y opciones reales.
—Eso llevará tiempo.
—Entonces no me pidas que siga hablando en su nombre mientras ustedes deciden.
—El proyecto necesita tu trabajo.
—El proyecto puede continuar sin mí.
—No quiero que te vayas.
La voz de Maximiliano salió más baja. Por un instante, Valentina vio al hombre que le había preguntado antes de besarla y que había respetado su distancia después. Aquello hizo que la decepción doliera más.
—No confundas que te importe mi trabajo con que tengas derecho a pedirme que ignore algo así.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces dime la verdad: ¿sabías que esas tiendas estaban en esta lista antes de que aprobara la campaña?
Maximiliano sostuvo su mirada. El silencio se extendió entre ambos.
—Sí —dijo al fin—. Sabía que la segunda fase podía afectar algunas parcelas.
Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Antes de la primera reunión conmigo?
—Sí.
—Y aun así me dejaste presentarles una campaña sobre la comunidad.
—No conocía la lista definitiva. No estaba aprobada.
—Pero sabías que existía la posibilidad.
—Sí.
Valentina tomó aire. No quería llorar allí. No quería que él viera lo mucho que la había afectado.
—Voy a terminar las tareas ya comprometidas y entregar el informe de esta etapa. Después no continuaré con el proyecto.
—Valentina…
—Es una decisión profesional.
—Podemos encontrar otra manera.
—No quiero encontrarla.
—No tomes una decisión por la rabia.
—No la estoy tomando por la rabia. La estoy tomando porque mis condiciones eran claras: transparencia y respeto por las personas con las que trabajo. Tú no me diste toda la información que necesitaba para decidir.
Maximiliano apretó la mandíbula.
—No te mentí.
—Me ocultaste algo que cambiaba el sentido del trabajo.
Él no respondió.
Valentina salió de la oficina sin esperar una despedida. En el pasillo, Clara la vio y se levantó de su escritorio.
—¿Estás bien?
—No. Pero voy a entregar el informe final. Después de eso, me retiro del proyecto.
Clara no intentó detenerla.
—Lo siento, Valentina.
—¿Tú sabías lo de las tiendas?
Clara dudó.
—Sabía que estaban revisando terrenos. No sabía qué locales habían marcado.
Valentina asintió. No podía culparla sin saber más.
En casa, Amalia notó enseguida que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Valentina explicó lo de los planos y la conversación con Maximiliano. Mientras hablaba, comprendió con más claridad que no se trataba solo de un asunto laboral. Había confiado en él un poco más de lo que había querido admitir.
—¿Vas a dejar el proyecto? —preguntó su madre.
—Voy a terminar lo que ya prometí. No voy a abandonar a los comerciantes a mitad del trabajo. Pero no continuaré después.
Amalia la abrazó.
—Hiciste bien en defender lo que crees.
Esa noche, Valentina llamó a Mariana y le contó lo ocurrido. Su amiga la escuchó sin interrumpir.
—¿Crees que Max quiso usarte? —preguntó Mariana.
—No sé qué quiso. Sé lo que hizo. Sabía que podía afectar a los negocios y no me lo dijo.
—¿Y ahora?
—Ahora voy a hablar con los comerciantes antes de enviar el informe. Les diré lo que sé y lo que todavía no está decidido.
—Eso puede complicar el trabajo.
—Lo sé.
—Pero es lo correcto.
Valentina miró hacia la sala. Los niños estaban terminando un juego de mesa. Isabella explicaba las reglas a los trillizos y Emilia se quejaba de que Tomás estaba cambiando las piezas.
Su hogar seguía necesitando de ella. Su futuro profesional también. Y, a pesar del daño, no lamentaba haber dicho que no.
El teléfono vibró. Había un mensaje de Maximiliano.
No quise utilizarte. Mañana quiero explicarte el plan completo.
Valentina leyó la frase y dejó el teléfono boca abajo.
No estaba lista para escucharlo.