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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 8 LO QUE HICISTE SIN PEDÍRMELO, SIN DECÍRMELO

La lluvia se fue como había llegado: de golpe. Me desperté con la luz del sol entrando por la ventana, brillando sobre las hojas mojadas del jardín. El aire olía a tierra húmeda y flores recién lavadas. Me estiré en la cama, y por un segundo todo parecía tranquilo, sencillo.

Luego recordé la tarde anterior. El cuaderno de cuero, la voz de Dante hablando de su sueño de ser piloto, la cercanía de su cuerpo, ese trueno que lo rompió todo. Me llevé una mano a la frente. Había sido demasiado real, demasiado intenso para olvidarlo con un par de horas de sueño.

Bajé las escaleras despacio. Dante ya estaba en el comedor, desayunando frente a una pila de papeles. Levantó la vista cuando me oyó entrar. Nos miramos un segundo. Ninguno de los dos dijo nada sobre lo que había pasado. Él simplemente asintió con la cabeza hacia la silla de enfrente.

—Buenos días —dijo, y su voz sonaba más suave de lo habitual.

—Buenos días —respondí, sentándome. Clara me sirvió café y tostadas enseguida.

Comimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio lleno de cosas no dichas, de miradas que se cruzaban y se apartaban rápido, de una tensión cálida que flotaba en el aire entre los dos.

Estaba a punto de preguntarle cómo había dormido cuando sonó mi teléfono. Lo saqué del bolso. Era el hospital. El corazón me dio un vuelco. Mi hermana.

Me levanté de la silla de un salto y contesté, alejándome un poco de la mesa para que Dante no oyera demasiado.

—¿Hola? ¿Soy yo.

—Buenos días, señorita Aitana. Hablamos de la clínica donde está su hermana Lucía. Queríamos comentarle que los análisis de la semana pasada han salido… bueno, hay algunos valores que no están como quisiéramos. El médico cree que sería conveniente consultar con un especialista en Madrid, que tiene más experiencia en este tipo de casos. Pero el problema es que la lista de espera es larga, y los gastos…

Me quedé quieta, escuchando. Las manos me empezaron a sudar. Sabía que esto podía pasar. Sabía que el tratamiento de Lucía era largo y complicado. Pero oírlo de repente, así, sin avisar… sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta.

—Entiendo —logré decir, aunque la voz me temblaba un poco—. Voy a ver qué puedo hacer. Gracias por avisarme.

Colgué. Me quedé parada ahí, con el teléfono en la mano, mirando la pared sin ver nada. Madrid. Especialista. Gastos que no sabía si podría cubrir ni siquiera con el dinero que Dante me había dado. Una sensación de impotencia me invadió por completo.

—¿Pasa algo?

Me giré. Dante estaba de pie a mi lado, más cerca de lo que esperaba. Tenía el ceño fruncido, una expresión de preocupación en el rostro que no intentó ocultar.

—Nada —respondí demasiado rápido, guardando el teléfono en el bolsillo—. Es solo… un asunto familiar. Lo resolveré.

Él me miró fijamente a los ojos. No dijo nada más. Simplemente asintió y volvió a la mesa para recoger sus papeles. Pero cuando se marchó al despacho, noté que se detuvo un segundo en el pasillo, como si estuviera pensando en algo.

Pasé toda la mañana llamando. A clínicas, a conocidos, a la obra social. Todo era burocracia, listas de espera interminables, precios que se me escapaban de las manos. Me senté en el sofá del salón, con la cabeza entre las manos, sintiéndome pequeña y derrotada. Odiaba tener que depender de otros, odiaba no poder arreglarlo todo sola para Lucía.

Eran casi las dos de la tarde cuando sonó mi teléfono otra vez. Contesté sin mirar quién era.

—¿Hola?

—¿Buenos días, señorita Aitana? Habla la doctora Márquez, de la clínica San Juan en Madrid. Quería comentarle que el señor Ferrer ha hablado esta mañana con nosotros. Ha organizado todo para que su hermana Lucía sea ingresada el próximo lunes para una evaluación completa. Todos los gastos corren por su cuenta, y nos ha pedido que le demos la máxima prioridad.

Me quedé muda. El señor Ferrer. Dante.

—¿El… el señor Ferrer? —logré articular.

—Sí, claro. Se puso en contacto con nosotros muy temprano. Dijo que era su cuñada y que necesitábamos atenderla cuanto antes. Es un hombre muy convincente, la verdad. No hemos podido decirle que no.

Colgué el teléfono despacio. Tenía la cabeza dando vueltas. Dante lo había hecho. Se había enterado de lo de Lucía, y sin decírmelo nada, sin preguntarme, sin hacer ningún alarde, había llamado y organizado todo.

Me levanté del sofá de un salto y fui caminando rápido hacia su despacho. No llamé a la puerta. Entré directamente.

Él estaba sentado detrás de la mesa, hablando por teléfono en voz baja. Al verme entrar levantó la vista. Terminó la llamada rápido y colgó.

—¿Pasa algo? —preguntó, con esa calma que a veces me desesperaba.

—¿Por qué lo hiciste? —le dije sin rodeos, acercándome a la mesa.

Él levantó una ceja.

—¿A qué te refieres?

—A Lucía. A la doctora Márquez. A que llamaste a Madrid y organizaste todo sin decírmelo nada.

Dante se reclinó en su silla. Me miró unos segundos antes de responder.

—Te oí hablando por teléfono esta mañana. Dijiste que había problemas con los análisis y que necesitaban un especialista. No vi por qué tenías que andar corriendo de un lado para otro cuando yo podía solucionarlo con una llamada.

—Pero yo no te pedí ayuda —respondí, y aunque sabía que debía estarle agradecida, una parte de mí se sentía ofendida, como si hubiera demostrado que no podía sola.

—No hacía falta que me lo pidieras —dijo él, y su voz sonó firme, sincera. Se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa, apoyando los codos—. Lucía es tu hermana. Y tú… tú eres mi esposa. Aunque esto sea un contrato para el mundo, para mí… para mí no es solo eso. No me gusta verte sufrir. Y si puedo evitarlo, lo haré.

Me quedé mirándolo, sin palabras. Sus ojos eran sinceros. No había nada de fingido en su mirada, nada de obligación. Solo preocupación. Solo… algo que se parecía mucho a cariño.

—Gracias —dije al fin, y la voz me salió quebrada. Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas que me negué a dejar caer—. De verdad. No sé cómo agradecértelo. Lucía es todo lo que tengo.

Dante se puso de pie. Se acercó a mí despacio, hasta que estuvimos a solo un paso de distancia. Levantó una mano. Dudó un segundo, como si no estuviera seguro de lo que iba a hacer. Luego, muy suavemente, me pasó el dorso de los dedos por la mejilla, secando una lágrima que se me había escapado sin darme cuenta.

—No tienes que agradecerme nada —dijo, muy bajito. Su mano seguía rozando mi piel, y su calor me recorrió todo el cuerpo—. Cuidar de los tuyos es lo que uno hace. ¿No?

Asentí, sin poder hablar. El aire entre nosotros se volvió denso otra vez, igual que la tarde anterior. Sus ojos se bajaron a mis labios. Yo no me moví. Podía oler su perfume, sentir el calor de su cuerpo tan cerca.

Estaba a punto de acercarme más, de romper yo misma esa distancia que nos separaba, cuando sonó el teléfono de la mesa con fuerza. Dante se sobresaltó. Bajó la mano de mi cara de golpe, como si se hubiera quemado. Se giró para contestar, con la respiración un poco agitada.

Me quedé ahí parada, mirándolo, sintiendo todavía el calor de sus dedos en mi piel. Sabía que esto ya no era solo un contrato. Sabía que entre nosotros había algo más, algo que estaba creciendo despacio, a pesar de las reglas, a pesar de los miedos, a pesar de todo lo que nos habíamos dicho.

Y aunque eso me asustaba, aunque sabía que podía terminar lastimándome los dos… por primera vez desde que firmé aquel papel, no tenía ganas de huir. Tenía ganas de quedarme. De ver hasta dónde podía llegar esto.

Dante terminó la llamada. Se giró hacia mí, pero ya no había la misma cercanía de antes. Había vuelto a ponerse su coraza, aunque esta vez no tan alta, no tan fuerte.

—Tengo que salir un momento —dijo, recogiendo su chaqueta—. Volveré para cenar. Si necesitas algo… cualquier cosa, llama a Clara o a mí.

Asentí. Él se marchó. Me quedé en el despacho, mirando la puerta por la que se había ido. Me llevé una mano a la mejilla donde él me había tocado. La piel todavía le hormigueaba.

Sonreí, muy suavemente.

Fuera, el sol brillaba sobre las hojas mojadas. Todo parecía nuevo, limpio, posible.

Y por primera vez en mucho tiempo, me atreví a esperar algo más que un contrato firmado en papel.

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