Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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La prueba de sangre
El banquete de bienvenida no era una cena: era una emboscada con cubiertos de plata y modales de porcelana. Tony recorrió con la mirada el salón. Los candelabros goteaban cera sobre manteles que costaban más que el salario anual de una aldea entera. Según el manual no escrito de estas historias, este era el momento exacto en que la heroína derrama vino sobre su vestido barato y todos se ríen de su falta de etiqueta.
«Qué falta de imaginación», pensó, ajustándose los puños de su chaqueta. No llevaba seda vaporosa, sino un traje de corte impecable, sobrio y peligrosamente similar al de un jurista de alto rango. «Vaya respuesta típica que esperan de mí. Tan ChicleFM que me dan ganas de vomitar azúcar».
Raffaele, con un parche nuevo en la nariz tras su encuentro con los profiteroles, se puso de pie golpeando la mesa. El cristal vibró: música para los chismosos de la corte.
—¡Padre, no podemos permitir que esta mujer se siente a nuestra mesa sin una prueba irrefutable! —gritó, señalándola con un dedo tembloroso—. ¡Exijo la prueba de sangre de los Paccioli! ¡Que el Oráculo de la Verdad dicte si es impostora ante toda la corte!
Silencio sepulcral. Los nobles estiraron el cuello, ansiosos. En cualquier novela de este tipo, la protagonista entraría en pánico: la prueba siempre, invariablemente, está trucada.
Tony, sin embargo, pinchó un trozo de faisán con calma insultante.
—Vaya, la prueba de sangre —dijo, masticando despacio—. ¿En serio? Es el recurso más perezoso que existe. Aparece el objeto mágico que detecta el ADN. ¿No tienes nada más original, Raffaele? ¿Un duelo a muerte? ¿Un juicio por combate con cucharas de postre? Al menos eso sería entretenido.
—¡Te ríes porque tienes miedo! —siseó Lucrezia, ocultando el moretón de la frente tras un abanico—. Si la sangre no brilla en el cáliz de cristal, serás azotada y arrojada a las mazmorras por traición. Es la ley.
El Duque Alessandro observaba el espectáculo como quien ve una pelea de gallos entre sus propios hijos. Asintió con la cabeza.
—Traigan el cáliz —ordenó.
Dos sirvientes depositaron en el centro de la mesa un recipiente de cristal antiguo, supuestamente encantado para reaccionar solo a la sangre legítima de los Paccioli. Raffaele sonreía con malicia que no sabía ocultar. Tony lo sabía de memoria: él mismo había vertido un reactivo neutralizador en el agua antes de la cena. Tan predecible que dolía.
«Típico: el cliché aparece justo cuando el villano ya compró al jurado o hechizó el equipo», pensó Tony. «Lástima que yo no venga a sufrir. Vengo a ganar».
Se levantó y caminó hacia el cáliz. Pero antes de que el sacerdote acercara la daga ceremonial, levantó una mano.
—Un momento —su voz cortó el aire como una guillotina—. Antes de que derramemos líquidos corporales de forma tan poco higiénica, vamos a introducir un elemento de realidad burocrática. Traigan el sello Benedetti.
—¿Qué tiene que ver ese anillo viejo? —se mofó Raffaele—. ¡Corta tu dedo y cállate!
—Tiene que ver todo, querido medio hermano —respondió ella con sonrisa de tiburón—. Porque este sello está vinculado legalmente a la heredera por el Colegio de Abogados de Venecia mediante un contrato de fideicomiso. Si mi sangre es «falsa» según ese cáliz que probablemente limpiaste con jabón de escamas de dragón esta tarde para anular la reacción… entonces el contrato de la abuela se anula. Y si se anula, el banco de los Medici retira todos los préstamos de este castillo. Hoy. A las doce.
Alessandro se enderezó. Los ojos le brillaron con luz peligrosa. El dinero era el único lenguaje que entendía.
—¿Qué estás diciendo, Antonia?
—Digo que haremos la prueba, pero con consecuencias financieras —lo miró a él, luego a toda la corte—. Si el cáliz no brilla, acepto las mazmorras. Pero si brilla, Raffaele será despojado de su asignación mensual por intento de fraude sucesorio y difamación. Actuar como actor de quinta categoría debería tener un costo, ¿no creen?
Raffaele palideció, pero Lucrezia le dio un codazo. Él estaba seguro de su trampa. El reactivo era infalible.
—¡Acepto! —gritó—. ¡Corta!
Tony tomó la daga. Pero en lugar de cortarse de inmediato, pasó el filo por el borde del sello de oro que sostenía en la otra mano. Un clic casi imperceptible resonó en el silencio. Una gota de líquido transparente cayó en el cáliz un instante antes que su propia sangre.
Se hizo un pequeño corte en la palma. Su sangre cayó al agua.
Por un segundo, nada. Raffaele comenzó a reír, una carcajada estridente y victoriosa.
—¡Lo ven! ¡Es una impo…!
¡BUM!
El cáliz no solo brilló. Emitió un resplandor dorado tan violento que hizo vibrar los candelabros y estallar las copas de cristal de la mesa. El agua se volvió roja incandescente, y un vapor purpúreo envolvió a Tony, dándole el aspecto de una deidad enfurecida. El brillo fue tan potente que Raffaele tuvo que cubrirse los ojos, tropezando hacia atrás y cayendo una vez más sobre el carrito de los licores.
—Vaya —dijo Tony, limpiándose la mano con un pañuelo de seda—. Parece que mi sangre es incluso más real que la tuya, Raffaele. Quizá es porque yo no intento sabotear la química con trucos de feria baratos. Esto es tan Chicle que me aburre incluso haber tenido que defenderme.
Alessandro se levantó, la mirada fija en el cáliz que aún vibraba.
—La prueba es absoluta —sentenció—. Antonia es la heredera. Raffaele… retírate. Mañana hablaremos de tu nuevo presupuesto de cero monedas.
—¡Es un truco! ¡Es un demonio! —chillaba el muchacho mientras los guardias lo levantaban del suelo, cubierto de coñac derramado—. ¡Ella no debería haber podido! ¡Yo puse el…!
Se calló justo antes de confesar. Pero ya era tarde. El ridículo era total.
Tony regresó a su asiento y tomó una copa de vino. El salón estaba sumido en un silencio de terror reverencial. Había ganado la segunda batalla no con magia, sino con la malicia de alguien que sabe que todos los sistemas tienen una falla legal y un punto de ebullición.
Pero el precio llegó de inmediato. Alessandro la observaba ya no como una intrusa, sino como una amenaza real. Y desde las sombras del balcón, Monteverdi seguía ahí. No aplaudía. No sonreía. Simplemente anotaba algo en un pergamino, como si cada movimiento de ella fuera parte de un juego que él ya sabía ganar.
«Gané el cliché», pensó Tony, sintiendo el peso de esa mirada en la nuca. «Pero la partida… la partida se está poniendo muy peligrosa».
El banquete continuó, pero nadie se atrevía a mirarla a los ojos. Ella pidió más faisán, ignorando el aire cargado de una narrativa que intentaba, desesperadamente, volverse poética. No iba a permitir que este capítulo terminara con un suspiro romántico. Terminó con el sonido seco de su tenedor golpeando el plato: un punto final cortante, sin adornos.