Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 8: La verdad de Beatrice
Evelyn no volvió a dormir.
Permaneció sentada junto a la ventana hasta que el cielo comenzó a aclararse y las primeras luces del amanecer cubrieron Londres.
El medallón seguía entre sus manos.
La fotografía de la niña estaba intacta.
Eliza.
Su verdadero rostro.
O al menos eso era lo que todos parecían creer.
Evelyn cerró el medallón.
Había una pregunta que no podía apartar de su cabeza.
¿Por qué aquella mujer había escrito que debía buscar a la señorita Bellamy?
Si Evelyn era Eliza, ¿por qué había utilizado ese nombre?
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Pasa.
Lady Beatrice entró.
Parecía haber envejecido diez años durante aquella noche.
—Alistair me dijo que querías hablar conmigo.
Evelyn se levantó.
—Quiero respuestas.
Su madre asintió.
—Las tendrás.
Aquella respuesta sorprendió a Evelyn.
—¿Todas?
—Las que conozco.
—Entonces empieza por ella.
Evelyn levantó el medallón.
Beatrice lo reconoció inmediatamente.
Su rostro cambió.
—¿Dónde lo encontraste?
—Lo llevaba la mujer que apareció muerta en el jardín.
Beatrice cerró los ojos.
—Margaret.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Sabías quién era.
—Sí.
—Ayer dijiste que no la conocías.
—Mentí.
La sinceridad de aquella respuesta dolió más de lo esperado.
Evelyn dejó el medallón sobre la mesa.
—¿Quién era Margaret?
Beatrice se sentó.
—La mujer que cuidaba de ti durante los primeros años de tu vida.
Evelyn se quedó inmóvil.
—Nunca la recuerdo.
—Porque tu padre se aseguró de que no lo hicieras.
—¿Por qué?
Beatrice respiró profundamente.
—Porque Margaret sabía quién eras.
Evelyn sintió un nudo en la garganta.
—¿Sabía que yo era Eliza?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijo?
—Porque estaba aterrorizada.
Evelyn caminó hasta la ventana.
—¿De quién?
—De tu padre.
La respuesta la hizo volverse.
—Mi padre murió hace años.
—Eso no significa que dejara de tener poder.
Beatrice bajó la mirada.
—Tu padre estaba involucrado con una organización que utilizaba a familias nobles para ocultar personas, documentos y dinero. La familia Vale estaba relacionada con ellos.
Evelyn recordó la estrella.
—¿La marca?
Beatrice asintió.
—Era su símbolo.
—¿Qué organización?
—Nunca conocí su nombre verdadero.
—Pero mi padre sí.
—Sí.
Evelyn sintió que las piezas comenzaban a encajar.
Las desapariciones.
La familia Vale.
La puerta.
La estrella.
Eliza.
Todo parecía formar parte de algo mucho más antiguo.
—¿Y qué tenía que ver Evelyn Bellamy?
Beatrice guardó silencio.
—Mamá.
—Ella era la hija que necesitaban esconder.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Por qué?
Beatrice la miró directamente.
—Porque había heredado algo.
—¿Dinero?
—No.
—¿Entonces qué?
—Un apellido.
Evelyn no comprendió.
—No entiendo.
—Tu madre biológica pertenecía a una familia que llevaba generaciones enfrentándose a ellos. Cuando murió, la organización intentó encontrar a su hija.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Mi madre biológica?
Beatrice asintió.
—Tú no naciste como una Bellamy.
El silencio fue absoluto.
—¿Quién era mi madre?
Beatrice abrió la boca.
Pero no respondió.
Evelyn comprendió que aquella era otra verdad que todavía no estaba preparada para escuchar.
—¿Está muerta?
—Sí.
—¿Cómo murió?
Beatrice bajó la mirada.
—La mataron.
Evelyn cerró los ojos.
Una lágrima cayó por su mejilla.
No lloraba por una mujer que nunca había conocido.
Lloraba por la vida que acababa de descubrir que le habían quitado.
—Entonces Margaret era la única persona que podía contarme la verdad.
—No.
Evelyn levantó la mirada.
—¿Qué?
—No era la única.
Beatrice se levantó.
Caminó hasta un antiguo armario y abrió un compartimento oculto detrás de un panel.
Sacó una pequeña caja de madera.
La dejó sobre la mesa.
—Tu padre me entregó esto la noche del incendio.
Evelyn abrió la caja.
Dentro había documentos, una fotografía y un anillo.
Tomó la fotografía.
Era un retrato de una mujer joven.
Tenía los mismos ojos que Evelyn.
—¿Es ella?
Beatrice asintió.
—Tu madre.
Evelyn pasó los dedos sobre la imagen.
Por primera vez, sintió que estaba mirando a alguien de quien había heredado algo más que un rostro.
—¿Cómo se llamaba?
Beatrice respondió:
—Isabelle Laurent.
Evelyn repitió el nombre en voz baja.
Isabelle.
Entonces vio el anillo.
Tenía grabada la misma estrella.
Pero debajo había una segunda marca que nunca había visto.
Una pequeña corona.
—¿Qué significa esto?
Beatrice se puso pálida.
—No lo sé.
—Mientes.
Su madre levantó la mirada.
Evelyn sostuvo el anillo entre los dedos.
—Llevas años ocultándome cosas. Ya no puedes hacerlo.
Beatrice tragó saliva.
—Ese anillo no pertenecía a tu madre.
Evelyn se quedó quieta.
—¿Entonces a quién?
Beatrice tardó unos segundos en responder.
—A la familia Vale.
La puerta se abrió de golpe.
Alistair apareció en el umbral.
—¿Qué has dicho?
Beatrice se volvió hacia él.
Por primera vez, Evelyn vio miedo verdadero en el rostro de su madre.
—Tu hermano encontró ese símbolo —dijo Beatrice—. Y por eso murió.
Alistair entró lentamente.
—¿Qué sabes de mi hermano?
—Más de lo que debería.
—Entonces dime la verdad.
Beatrice miró a Evelyn.
—Tu hermano descubrió que la mujer que murió anoche no estaba buscando a Eliza.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Qué estaba buscando?
Beatrice respondió con voz apenas audible:
—A la persona que robó la identidad de Eliza.
Alistair quedó inmóvil.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—Pero yo soy Eliza.
Beatrice negó lentamente.
—No.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Evelyn.
Su madre miró el retrato de Isabelle.
Después el anillo.
Y finalmente a su hija.
—La niña que desapareció aquella noche era Eliza.
Evelyn sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Entonces...
Beatrice cerró los ojos.
—Tú no eres Eliza.
Evelyn retrocedió.
La verdad que acababa de descubrir no había sido una respuesta.
Había sido otra mentira.
Y esta vez, incluso Alistair parecía no saber qué creer.
Beatrice tomó el retrato de Isabelle entre sus manos.
—Tú eras la otra niña.
Evelyn la miró sin comprender.
—¿Cuál otra?
Su madre respondió:
—La niña que todos creyeron que murió aquella noche.
Y entonces Evelyn comprendió la verdadera razón por la que habían intentado borrar su pasado.
No la habían convertido en Eliza para esconder a Eliza.
La habían convertido en Eliza para esconderla a ella.