Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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celos
Antoni se sentó a mi lado poniendo todo sobre la mesa en silencio y como si fuera un imán de chicas una de las meseras del lugar se acercó de inmediato contoneando las caderas y acomodando su cabello atrás de su oreja.
— Buenas tardes, va a querer algo de beber o algo de comer.— dijo la mujer.
—Buenas tardes —respondió Antoni con su habitual tono educado y distante, sin siquiera alzar la vista por completo de las hojas—. Un café americano helado, por favor. Sin azúcar.
La mesera, una chica joven de piel morena y sonrisa coqueta, no pareció desanimarse por la frialdad de Antoni. Al contrario, se inclinó sutilmente sobre la mesa para anotar el pedido en su libreta, dejando que su perfume dulzón impregnara el aire.
—¿Y para las señoritas? —preguntó, clavando sus ojos de nuevo en Antoni como si nosotras fueras solo aire.
—A mí tráeme un tequila doble en las rocas —solté con una voz dulce pero cargada de un veneno sutil, clavándole los ojos a la mesera antes de dirigir la mirada hacia Antoni—. Parece que aquí la tarde se va a poner bastante larga y sofocante.
La mesera parpadeó, sorprendida por mi tono, mientras Antoni finalmente alzó la vista de los planos. Sus ojos oscuros chocaron con los míos.
—Tequila no, gracias —corrigió Antoni en voz baja, sin dejar de mirarme a los ojos—. Trále una limonada también. Todavía le queda trabajo por hacer y no quiero que sus decisiones se vean alteradas.
—¿Perdón? . Yo pido lo que se me da la gana, Antoni. No eres mi padre para decirme qué tomar.— dije molesta.
—Es por el bien del proyecto, Zoe —respondió él con esa maldita serenidad que me desquiciaba, dirigiéndose de nuevo a la mesera—. Dos limonadas y un café helado. Eso es todo, gracias y más tarde nos traes la carta la señoritas tendrán hambre.
—Eres insoportable —murmuré entre dientes, cruzándome de brazos mientras sentía el calor subirme a las mejillas.
—Y tú eres demasiado rara —dijo Antoni, inclinándose apenas un poco hacia mí para que solo yo lo escuchara—. Te molesta que te ignore, te molesta que te hable, y aparentemente también te molesta que otras mujeres hagan su trabajo. Deberías decidirte de una vez.
Me quedé callada no entendía que me pasaba con el, así que evite decir algo más solo me puse a trabajar y a evitar mirarlo.
Por más que intentaba concentrarme en la escala del acantilado, sentía la vibración de su cuerpo pegado al mío. Nuestras rodillas se rozaban por debajo de la mesa estrecha cada vez que él se acomodaba. Yo intentaba moverme, pero él simplemente no cedía espacio.
En ese momento su teléfono sonó y no pude evitar mirar la pantalla era el nombre de Jessica nuevamente y un texto que decía : está noche estás libre!!.
— Creo que podemos descansar un momento y comer ya.!— dijo Antoni mientras ponía su teléfono boca a bajo.
—Perfecto, la mesera no tarda en traernos las cartas —dijo Nathalia, estirándose en la silla mientras soltaba un largo suspiro de alivio—. De verdad sentía que el cerebro se me iba a derretir entre costos y números.
En ese instante, la mesera regresó a la mesa cargando tres cartas encuadernadas en piel. Se inclinó descaradamente hacia el lado de Antoni para entregarle la suya, rozando su hombro con una sonrisa ensayada.
—Aquí tienen —dijo la chica, mirando a Antoni de arriba abajo con una coquetería que rozaba lo absurdo la falda ya la tenía más arriba y su escote ya estaba más a la vista.—. Les recomiendo el filete a las brasas o los mariscos frescos de la casa...
—Nos trae tres filetes a las brasas y una ensalada para el centro —interrumpió Antoni con una voz implacable y cortante, ignorando por completo la exhibición descarada de la mesera—. Eso será todo, gracias — Pero antes que se fuera la mujer el le sonrió sutilmente.
La mesera casi tropieza al retirarse, deslumbrada por la atención que acababa de recibir
Nathalia ahogó una risita detrás de su menú, pero yo no estaba para juegos. Intenté moverme hacia el extremo del banco de madera para poner distancia, pero Antoni volvió a acomodarse en el mismo instante.
Su muslo aprisionó el mío firmemente por debajo de la mesa, un toque firme y dominante del que no pude liberarme sin hacer un espectáculo frente a Nathalia. El contacto atravesaba la tela de mis jeans como una corriente caliente.
—¿Te pareció gracioso? —siseé en un murmullo helado, inclinándome levemente hacia su lado para que solo él me escuchara, clavándole los ojos azules echando fuego.
Antoni no se inmutó. Recargó el antebrazo sobre la mesa, bloqueando cualquier salida, y giró el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros descendedieron directamente hacia el botón suelto de mi blusa.
— Deja los berrinches Zoe, vamos a comer.— me dijo en un tono tranquilo y bajo.
por UE la tal amiguita esa ni me fio