Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 7 Romper el espejo
El sol salió por los tejados de Belleville a las ocho y veintidós de esa mañana. Ali lo vio pasar despacio por la ventana sucia del salón, tiñendo las nubes grises de un amarillo pálido y frío que no daba nada de calor. No se había movido ni un centímetro del sofá en toda la noche. No había dormido ni un minuto. Había pasado las cuatro horas siguientes a la visita de Vespera contando los latidos de su propio corazón, mirando las agujas del reloj viejo de la cocina que avanzaban demasiado rápido, demasiado irremediablemente hacia las seis de la tarde.
Faltaban ahora nueve horas y treinta y ocho minutos.
Todo el cuerpo le dolía como si le hubieran pasado por encima un camión. Las piernas golpeadas por el bate de béisbol le dolían cada vez que respiraba hondo. Las costillas estaban rotas por dentro, estaba seguro: cada movimiento le arrancaba un dolor blanco y cegador que le hacía apretar los dientes hasta que le crujían las mandíbulas. Tenía la frente todavía abierta, la sangre se había secado en una costra marrón oscura por su mejilla derecha. Y la marca del cuello… la marca no dejaba de arder ni un segundo. Un calor constante, suave, que subía y bajaba como si tuviera vida propia, latiendo al mismo ritmo que su corazón: rojo… violeta… rojo… violeta…
Se levantó despacio, agarrándose al borde del sofá para no caerse. Sus piernas temblaban como gelatinas. Dio un paso. Otro. Cada uno era un esfuerzo titánico. Caminó cojeando hasta la cocina. El frío del suelo de linóleo le caló los pies descalzos hasta los huesos. Había un vaso de agua sobre la mesa, medio lleno, del día anterior. Lo agarró con la mano temblorosa. Se lo bebió de un trago. El agua fría le hizo bien a la garganta seca y áspera por haber llorado y toser toda la noche.
Oyó el cerrojo de una habitación echarse atrás.
Se puso rígido.
Era Marcos.
La puerta se abrió. El tío salió, todavía con la misma ropa de la noche anterior, la cara hinchada por el alcohol y el sueño, las manos todavía con las quemaduras rojas y brillantes que le había hecho la marca horas antes. Cuando vio a Ali en la cocina, se detuvo. Sus ojos se desviaron automáticamente hacia su cuello, hacia la marca que brillaba tenue bajo la luz de la mañana. Retrocedió un paso casi sin darse cuenta. Tenía miedo. De verdad. Eso le dio a Ali una sensación extraña, mitad victoria, mitad terror: el hombre que le había pegado durante años, el que le había robado la infancia, el que iba a venderlo en unas horas… le tenía miedo.
—Bueno, ya estás despierto —dijo Marcos, intentando que su voz sonara dura, autoritaria, pero salió temblorosa, débil. Se aclaró la garganta. Señaló las quemaduras de sus palmas con la cabeza—. Esto… esto se lo cuentas a los hombres que vengan esta tarde. Y diles que eres dócil. Que no das problemas. Si te portas bien… a lo mejor no te hacen daño.
Ali no contestó. Solo lo miró. Fijo. Sin pestañear.
Marcos bajó la mirada. No aguantaba su mirada. Eso era nuevo. Siempre había sido al revés: siempre era Ali quien bajaba la cabeza, quien temblaba, quien aguantaba en silencio. Ahora los papeles se habían dado la vuelta. Y ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer con ello.
—Y no se te ocurra hacer ninguna de tus cosas raras —añadió el tío, recuperando un poco de fuerza en la voz al pensar en el dinero que recibiría—. Si haces que se asusten… si haces que se vayan sin pagar… te juro por lo que más quieras que le haré a tu madre lo que nunca te atreviste a imaginar. Me entenderás.
Dicho esto, pasó de largo sin acercarse demasiado, abrió la nevera, sacó una cerveza fría y se fue al salón a beberla de pie, mirando la tele sin verla, sin dejar de lanzarle miradas de reojo por encima del hombro cada pocos segundos, por si Ali hacía algo.
La otra puerta se abrió entonces.
Su madre.
Salió con la cabeza baja, el pelo revuelto, ojeras enormes bajo los ojos, el moretón de la mejilla todavía morado y feo. No miró a Ali. No miró a Marcos. Caminó directa al fregadero, agarró una esponja y empezó a fregar los platos sucios de la noche anterior con movimientos mecánicos, repetitivos, como si estuviera en otro mundo. Como si sus dos compañeros de piso no existieran. Como si su propio hijo no estuviera ahí, a tres metros de ella, roto, sangrando, marcado para siempre.
Ali sintió cómo algo se le apretaba en el pecho con tanta fuerza que casi no podía respirar.
—Mamá… —susurró.
Ella se puso más rígida, si cabe. La esponja se detuvo un segundo sobre un plato. Luego siguió fregando más rápido, más fuerte, como si no lo hubiera oído. Como si su voz fuera solo ruido de fondo, como el tráfico de la calle.
—Por favor… mírame —dijo Ali, un poco más alto, con la voz rota.
Ella no se giró.
Marcos soltó una risa seca, amarga, desde el salón.
—Ya te lo dije, mocoso —le gritó desde allá—. Ahora eres un bicho raro para ella también. Nadie te va a querer nunca más con esa cosa en el cuello. Ni tu propia madre. Solo los que vienen esta tarde. Y solo por lo que vales.
Las palabras le golpearon como un puño nuevo en el estómago.
Ali apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron de nuevo en las palmas, reabriendo los cortes viejos. La sangre volvió a brotar, caliente, entre sus dedos. Y en ese mismo instante… algo pasó.
Los cubiertos de metal que había sobre la mesa empezaron a vibrar.
Primero solo un poco. Luego más fuerte. Los cuchillos, tenedores y cucharas bailaban sobre la madera, chocando entre sí, haciendo un ruido metálico agudo que llenó toda la cocina. La taza de cerámica que había al lado se deslizó sola por la superficie hasta el borde, cayó y se hizo añicos contra el suelo. La radio vieja que estaba en el alféizar de la ventana, apagada desde hacía semanas, se encendió sola de golpe a todo volumen, soltando estática y gritos de una canción que nadie conocía. Las luces fluorescentes del techo parpadearon tres veces rápido, se apagaron un segundo y volvieron a encenderse.
Marcos soltó la cerveza. La botella de cristal cayó al suelo y se rompió, la espuma amarilla extendiéndose por todo el parqué. Se pegó a la pared del salón, pálido como la cera, mirando a Ali con los ojos desorbitados.
—¡PARA! —gritó—. ¡¡PARALO YA, HIJO DE PUTA!!
Su madre se había girado por fin. Estaba pálida, la espalda pegada al fregadero, una mano en la boca, mirando los cubiertos que volaban ya a un palmo del suelo, flotando en el aire sin que nadie los tocara. Miró a Ali. Y en sus ojos no había preocupación. No había amor.
Solo pánico.
Puro y absoluto.
Ali lo vio.
Y algo dentro de él se rompió.
No fue rabia. Fue peor. Fue una oleada de dolor tan grande, tan negro, tan infinito, que le llenó cada rincón del cuerpo, taponándole la garganta, cegándole la mente. No quería esto. No había pedido nada de esto. Solo quería ser normal. Solo quería que su madre le quisiera otra vez. Solo quería dejar de ser un monstruo.
Las llamas rugieron dentro de él.
Rojo y violeta.
Juntas.
Sin control.
—No… —susurró Ali, agarrándose la cabeza con ambas manos, temblando de pies a cabeza—. No… por favor… parad… parad…
No había nadie más que hablar. Se lo decía a ellas. A las dos fuerzas que llevaba dentro. A Esencia Carmesí. A Sombra Violeta. Les rogaba que se detuvieran. Que no lo hicieran. Que no le destruyeran lo poquísimo que le quedaba.
No le hicieron caso.
Sintió cómo la energía salía de su pecho sin su permiso, recorriéndole los brazos, las piernas, la cabeza, expandiéndose por toda la casa como una onda expansiva invisible.
El televisor del salón estalló por detrás, soltando humo negro y chispas.
Todas las ventanas del departamento se empañaron de golpe, aunque hacía frío fuera.
Y luego… Ali se giró hacia el pasillo, hacia el baño, sin querer, sin poder evitarlo. Sus piernas lo llevaron solas. Entró. Cerró la puerta de un portazo sin tocarla. Se quedó parado en medio de la estancia pequeña y húmeda, frente al espejo grande y viejo que había encima del lavabo.
Se miró.
Vio lo que era ahora.
Un chico de diecisiete años, roto, moretonado, sangrando por media cara. Y en el cuello, brillando cada vez más fuerte, la marca de las dos llamas entrelazadas, roja y violeta, que ahora iluminaba todo el baño con una luz propia, parpadeante, enfermiza. Sus propios ojos… sus ojos ya no eran marrones. Por un segundo, solo un segundo, vio en el reflejo que el ojo izquierdo brillaba rojo carmesí y el derecho violeta oscuro.
Ya no era él.
Nunca volvería a ser él.
—¡¡ODIARTE!! —gritó Ali, y le lanzó un puño al aire, sin llegar a tocar el cristal—. ¡¡LO ODIO TODO!!
No tocó el espejo.
No necesitó tocarlo.
Todo el baño EXPLOTÓ.
El espejo grande se hizo añicos de golpe, miles de fragmentos de cristal salieron volando por todas partes a una velocidad increíble, clavándose en las paredes, en la puerta, en la cortina de la ducha. El lavabo de porcelana blanca se partió por la mitad con un estruendo ensordecedor, el agua sucia saliendo a chorros por el agujero roto. Los azulejos de las paredes saltaron uno tras otro como si alguien los estuviera arrancando con unas manos invisibles, cayendo al suelo con ruido de cascada. El grifo de metal se dobló solo hacia arriba, retorciéndose como si fuera plastilina caliente. La bombilla del techo estalló en mil pedazos. La bañera se agrietó de punta a punta con un crujido terrible.
Y Ali estaba en medio de todo.
Quieto.
Con los brazos extendidos a los lados sin querer.
Sin tocar nada.
Una nube de luz roja y violeta salía de todo su cuerpo, envolviéndole, protegiéndole de los cristales que volaban, de los azulejos que caían, de todo. Ningún trozo le tocó. Ningún daño le hicieron. Él era el centro de la tormenta. El ojo del huracán. Y al mismo tiempo… era el huracán mismo.
El estruendo duró diez segundos. Quizás quince. Para Ali pareció una eternidad.
Y luego se detuvo.
De golpe.
Silencio.
Solo se oía el agua que seguía cayendo del grifo roto al suelo de azulejos rotos, gota… gota… gota…
Ali abrió los ojos. No sabía cuándo los había cerrado. Miró a su alrededor.
No quedaba nada en pie.
Todo estaba destruido.
Cristales por todas partes. Cerámica rota. Polvo de azulejo en el aire. El baño era solo escombros. Y él estaba en medio, intacto, sin un solo corte más, la marca del cuello brillando ahora con una intensidad cegadora, como si estuviera orgullosa de lo que acababan de hacer juntas.
Oyó pasos en el pasillo. Se detuvieron fuera de la puerta del baño.
—Ali… —fue la voz de su madre. Un susurro débil, aterrorizado.
La puerta se abrió un poco. Solo una rendija. Ella asomó la mitad de la cara. Miró la destrucción. Miró la luz roja y violeta que todavía salía del cuerpo de su hijo. Miró sus ojos, que todavía brillaban de dos colores distintos.
Y cerró la puerta de golpe.
Oyó cómo echaba el cerrojo por fuera.
Luego sus pasos alejándose corriendo hacia su habitación. El cerrojo de su puerta echándose otra vez.
Marcos no se había acercado ni siquiera. Había salido corriendo del departamento hacía rato, Ali se dio cuenta. Había oído la puerta principal abrirse y cerrarse con un portazo cinco segundos después de la explosión. Se había ido. Le tenía tanto miedo que prefería esperar a los hombres de Némesis en la calle que quedarse solo con él en la misma casa.
Ali se dejó caer de rodillas en medio de los escombros mojados.
El agua fría le caló los pantalones, le subió por las rodillas. No le importó. Se tocó la cara. No estaba llorando. Ya no tenía lágrimas. Estaba vacío. Hueco por dentro.
Vespera tenía razón.
No era él quien las controlaba.
Eran ellas quienes lo controlaban a él.
Miró el reloj de su móvil, que había sobrevivido milagrosamente en el bolsillo de la chaqueta, tirado en un rincón.
La pantalla marcaba las **14:07**.
Faltaban **3 horas y 53 minutos** para las seis de la tarde.
Tres horas y cincuenta y tres minutos antes de que Némesis llamara a esa puerta.
Y ahora Ali sabía una cosa con certeza absoluta, más fuerte que cualquier dolor, más fuerte que cualquier miedo:
Cuando llegaran ellos…
…no iba a poder contenerse.
Y lo que iba a pasar entonces…
…iba a ser mucho peor que un baño roto.
Cerró los ojos.
Dejó que el agua fría le siguiera calando los huesos.
Y esperó.
Porque ya no había nada más que hacer.
Solo esperar.
Y rezar, por primera vez en su vida, para que cuando llegara el momento… no matara a nadie sin querer.