Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 16:El juego del Cazador
En ese momento, el hechizo se rompió de forma abrupta, y a pesar de que el restaurante era muy discreto y garantizaba la privacidad de los comensales, desde el cubículo contiguo se escuchaba el eco de dos voces cargadas de una amargura que Renata reconocería en cualquier momento.
—¡Julián está siendo muy insolente! —escupió Rodrigo con rabia, arrastrando una silla con rudeza—Mi madre lo llamó para exigirle explicaciones y el muy infeliz le colgó. ¡No sé qué demonios le están pasando!
Serena, se acariciaba la mejilla con molestia, ya pesar de su obsesión con Julián, en ese momento se sintió de tan mal humor que solo puso los ojos en blanco antes de responder:
—Rodrigo, a mí no me importa lo que haga tu hermano—interrumpió la voz chillona de Serena, cargada de veneno—Lo que me da rabia es que esa mosca muerta de Renata. Me cruzó la cara en el estacionamiento... ¡Me dio una bofetada! Estoy seguro de que se vendió a alguien para salvar la empresa y voy a averiguar a quién antes de que sea tarde.
Rodrigo frunció el ceño al pensar en todo lo que había perdido ese día y se preguntaba que habría hecho cambiar de opinión a Francesco para que salvara a Renata.
—Tienes que calmarte, te aseguro que voy a descubrir la identidad de esa persona y voy a hacer que lamente por meterse conmigo.
Al escuchar sus nombres y el tono amenazante de su prima, un escalofrío recorrió la espalda de Renata, y el pánico la paralizó, temiendo que en cualquier momento los descubrieran juntos en ese privado.
Ella se estremeció en los brazos de Julián y ahogó un jadeo, intentando separarse por instinto, sin embargo, Julián no lo hizo.
Con mucha calma, la envolvió entre sus brazos, pegándola a su pecho para infundirle seguridad, se inclinó sobre ella hasta que su boca rozó la curva de su oreja y, con un aliento cálido que le erizó la piel, le susurró al oído con una voz muy grave que disipó todo su miedo:
—No temas... ellos no van a entrar aquí.
Julián la soltó y volvió a su asiento luego acomodó los documentos dentro de la carpeta y se la entregó a Renata con movimientos tranquilos.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Rodrigo?
—Aún no es algo definitivo y siempre hay algo que se puede hacer—respondió Rodrigo.
El eco del murmullo de Rodrigo y Serena al otro lado del cubículo de repente se disipó, pero la atmósfera en la mesa continuaba cargaba de una intimidad indescifrable.
—Tengo que regresar, Julián —dijo Renata con voz nerviosa.
Renata tomó los papeles, sintiendo la mirada intensa de Julián clavada en ella, antes de que pudiera articular alguna pregunta sobre el beso que acababa de arrebatarle el aliento, él se inclinó levemente hacia adelante, rompiendo la cercanía con una declaración muy ensayada:
—No me debes nada, Renata. Todo lo que hice por la firma Lozano y por la liberación de tu casa fue únicamente por la deuda de honor que tenía con tu padre. Él me apoyó en un momento decisivo y esto era lo mínimo que podía hacer por su memoria.
Las palabras de Julián sonaron muy profesionales, y casi distantes, pero en el fondo de sus ojos oscuros ardía una verdad muy diferente, a cumplir con la memoria de Don Eduardo, sino que se trataba de una fachada conveniente.
Julián la amaba desde hace años en silencio, y ahora, con la huella imborrable de la noche anterior aún fresca en su memoria y la certeza de que él fue el primero y de descubrir la pasión que se escondía tras su fría corazón, la idea de dejarla ir le era sencillamente imposible.
Renata presionó la carpeta contra su pecho, procesando de mala manera la frialdad de su excusa mientras la piel le ardía por el contacto de sus labios.
—Entiendo... —alcanzó a murmurar ella, buscando en vano alguna grieta en la postura inquebrantable de Julián.
Él le dedicó una sonrisa, manteniendo la distancia solo para protegerla un poco más mientras terminaba de tejer una red que no solo le permitiría mantenerla a salvo, sino que la mantendría a su lado para siempre.
El camino hacia el estacionamiento transcurrió en un silencio muy tenso, Renata tomó las llaves con manos temblorosas, pero cuando intentó abrir la puerta de su auto, Julián se adelantó, apoyó la mano sobre el marco de la puerta para frenarla y la controlar con mucha intensidad.
—Renata... sí tanto sientes que estás en deuda conmigo, entonces no me evites —le dijo en un murmullo posesivo, antes de inclinarse y volver a reclamar sus labios en un beso.
El impacto del beso dejó a Renata sin aliento. Por un instante, la firmeza de sus manos sobre las llaves del auto flaqueó y la tentación de enredar sus dedos en el cabello de Julián casi la vence, en ese momento descubrió que su cuerpo, era traicionero y estaba hambriento de ese calor que él le había proporcionado.
Cuando Julián rompió el contacto dio un paso atrás, liberándola del cerco contra la portezuela, Renata quedó inmóvil.
El aire del estacionamiento se sentía helado en contraste con el ardor de sus labios, sus mejillas estaban encendidas mientras su pecho se agitaba, le sostenía la mirada a Julián.
—No estoy huyendo de ti, Julián... —consiguió decir con la voz entrecortada, pero forzando un tono firme que intentaba rescatar el control—Pero no esperes que me quede callada o que juegue bajo tus reglas tan fácilmente.
Julián no respondió con palabras; solo le dedicó una risa tenue que la desarmó por completa, aprovechando la distancia que él le concedió, Renata abrió la puerta de su vehículo y subió a toda prisa, porque necesitaba poner distancia entre los dos.
Encendió el motor y metió la velocidad sin volver a mirarlo directamente, sin embargo, al avanzar por la rampa de salida, no pudo evitar echar un vistazo por el retrovisor: Julián seguía allí, erguido y luciendo majestuoso en el estacionamiento, observándola alejarse con una calma finga.
Renata presionó el volante con los nudillos blancos mientras se incorporaba al tráfico de la avenida, sus labios aún le ardían, un recordatorio de la sofocante posesividad y la ternura con la cual Julián la había reclamado.
Ella condujo a toda prisa, casi huyendo de la tormenta de sentimientos que ese hombre estaba provocando en su interior; Necesitaba llegar a casa para poder procesar lo que le estaba pasando, y, sobre todo, poner a salvo su corazón del peligroso abismo al que él la estaba arrastrando.
—Es solo agradecimiento lo que siento—murmuró para convencerse a sí misma.
Julián parado en ese estacionamiento, vio desaparecer el auto de Renata en la distancia, y una sonrisa se dibujó en su rostro, ajustó los puños de su camisa, caminó hacia su propio vehículo y consultó la hora en su reloj de pulsera.
En unas horas debía reunirse con el alcalde en la sede del ayuntamiento para sellar el acuerdo que consolidaría su poder político en la ciudad.
Subió al auto, encendió el motor y miró por última vez hacia la rampa de salida con nostalgia, había tendido la red, y mientras sus enemigos comenzaría a jugar sus cartas en las sombras, él finalmente estaba listo para reclamar todo lo que le pertenecía.