Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capitulo 7
...
En la casa donde había crecido no había televisión.
Tampoco compraban periódicos ni revistas.
Y Gianna jamás había tenido acceso a ese tipo de cosas.
Su vida había sido demasiado limitada.
Cuando salía, era únicamente para hacer algún mandado o cumplir alguna tarea. No tenía permitido quedarse en las calles, conversar con otras personas o entretenerse.
Regresaba a casa lo más rápido posible porque sabía que cualquier retraso podía convertirse en otro motivo para que su madre o Pedro la castigaran.
Por eso, mientras Michela hablaba de Rocco De Santis como si su nombre fuera conocido por todo el mundo, para Gianna no significaba absolutamente nada.
Era simplemente otro de los señores de aquella enorme mansión.
Michela continuó:
—El señor Rocco pasa gran parte del tiempo en su desoacho. Es escritor y trabaja principalmente desde aquí. Puede pasar horas sin salir de allí.
—Entiendo.
—Cuando esté trabajando, no debes molestarlo. Si necesita algo, normalmente me lo comunica a mí.
Gianna asintió.
—Lo recordaré.
—También está el señor Luca Ferraro. Es el representante del señor Rocco y uno de sus mejores amigos. No es miembro de la familia, pero viene con frecuencia a la casa.
—Está bien.
Michela se detuvo frente a una puerta.
—Eso es lo principal que necesitas saber sobre los señores.
Gianna la miró atentamente.
—Entonces viven aquí la familia de Santis completa.
—Exactamente.
—Y la señora Dora y Kevin están de viaje.
—Así es.
Gianna respiró profundamente.
Intentaba memorizar los nombres para no cometer ningún error.
—Haré todo lo posible para no causarles problemas.
Michela sonrió.
......................
Michela continuó caminando por el pasillo hasta llegar a una puerta que conducía a la cocina.
—Ven. Quiero que conozcas a mi hija.
Ambas entraron.
La cocina era amplia y luminosa. Había varias encimeras perfectamente ordenadas y todo estaba impecablemente limpio.
Una joven se encontraba allí, organizando algunos utensilios.
Al escuchar la puerta, levantó la mirada.
—Mamá.
—Chiara, ven un momento.
La joven dejó lo que estaba haciendo y se acercó.
—Quiero presentarte a alguien.
Chiara miró a Gianna con curiosidad.
—Ella es Gianna. A partir de hoy trabajará con nosotras.
Gianna sonrió tímidamente.
—Hola.
—Hola —respondió Chiara con una sonrisa—. Soy Chiara.
Chiara observó a Gianna durante unos segundos.
No tardó en notar su ropa sencilla, sus zapatos gastados y aquella mochila que llevaba consigo.
Sin embargo, no hizo ninguna pregunta incómoda.
Simplemente sonrió.
—Me alegra que trabajes aquí.
Gianna sintió algo extraño.
No estaba acostumbrada a que alguien la recibiera con tanta naturalidad.
—Gracias.
Michela miró el reloj.
—Bien, voy a continuar con algunas cosas. Chiara, ¿puedes enseñarle su habitación?
—Claro.
—Y recuerda, Gianna, tienes una hora para instalarte. Después comenzamos.
—Sí, señora.
Michela salió de la cocina.
Chiara esperó unos segundos y luego hizo un gesto con la cabeza.
—Ven, te la enseño.
Gianna la siguió.
Mientras caminaban, Chiara comenzó a hablar con naturalidad, como si se conocieran desde hacía mucho tiempo.
—No te preocupes por mi mamá. Parece seria cuando está trabajando, pero es buena persona.
Gianna sonrió.
—Ya me di cuenta.
—Y si necesitas algo, puedes preguntarme.
—Gracias.
—Además, tendremos que trabajar juntas.
Gianna la miró.
—¿Tú también trabajas aquí?
—Sí y no. Ayudo a mi mamá con algunas cosas, cuando no estoy en la universidad.
Después de subir las escaleras, Chiara abrió una puerta.
—Esta será tu habitación.
Gianna entró.
No era una habitación enorme como las que había visto en el resto de la mansión.
Pero para Gianna era perfecta.
Se quedó inmóvil observándola.
Aquella habitación era mucho mejor que la que había tenido en casa de su madre.
Allí nadie podía gritarle.
Nadie podía insultarla.
Nadie podía decidir venderla.
Y podía cerrar una puerta y sentir que aquel pequeño espacio le pertenecía.
Dejó lentamente su mochila sobre la cama.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Chiara la observó con preocupación.
—¿Estás bien?
Gianna se apresuró a limpiarse una lágrima.
—Sí.
—¿Seguro?
Gianna asintió.
—Sí. No me pasa nada.
Chiara se acercó un poco.
—Entonces, ¿por qué estás llorando?
Gianna miró nuevamente la habitación.
Una sonrisa pequeña apareció entre sus lágrimas.
—Es solo que...
Respiró profundamente.
—La vida por fin me está sonriendo.
Chiara sintió que algo se apretaba en su pecho.
No sabía qué había vivido antes de llegar allí, pero aquella frase le decía mucho más de lo que Gianna estaba contando.
—Me alegro mucho por ti.
Gianna volvió a sonreír.
—Gracias.
Chiara se acercó a la puerta.
—Te dejaré para que te instales.
Gianna asintió.
—Está bien.
Antes de salir, Chiara se giró.
—Ya escuchaste a mi mamá. En una hora te quiere lista para empezar.
—Lo sé. No quiero llegar tarde.
—Y si quieres hablar...
Chiara sonrió.
—Estoy para ti.
Gianna la miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Nos acabamos de conocer, pero tengo la sensación de que nos llevaremos muy bien.
—Yo también lo creo.
Chiara le sonrió.
—Entonces nos vemos en un rato.
—Sí.
Chiara cerró la puerta.
Gianna quedó sola.
Gianna miró nuevamente la pequeña habitación.
Sus ojos recorrieron cada rincón antes de entrar al pequeño baño que había junto a la habitación.
Abrió la llave de la ducha y dejó que el agua tibia recorriera su cuerpo.
Cerró los ojos aliviada.
Tenía un techo.
Tenía un trabajo.
Y, aunque todavía le costaba creerlo, tenía una oportunidad.
Después de unos minutos, salió de la ducha, se secó y se envolvió el cuerpo con una toalla.
Cuando escuchó unos golpes suaves en la puerta.
—¿Gianna?
Reconoció la voz de Chiara.
—Sí.
—Soy yo. ¿Puedo pasar?
Gianna abrió la puerta.
Chiara sostenía una bolsa entre las manos.
—Te traje algo.
Gianna la miró con curiosidad.
—¿Qué es?
Chiara sacó un par de zapatos y un vestido sencillo.
—Ropa.
Gianna abrió los ojos ligeramente.
—¿Para mí?
—Sí.
Le tendió las prendas.
—Están usados, pero están en buen estado. Creo que te servirán.
Gianna tomó las cosas con cuidado.
Pasó los dedos por la tela del vestido y después observó los zapatos.
No podía recordar la última vez que alguien le había regalado algo sin pedirle nada a cambio.
—Muchas gracias.
Chiara sonrió.
—No tienes que agradecerme.
—Está perfecto.
Gianna volvió a mirar el vestido.
—De verdad. Muchas gracias.
—Me alegra que te sirva.
Chiara señaló el vestido.
—Pruébatelo. Creo que te quedará bien.
Gianna asintió.
—Lo haré.
Chiara comenzó a alejarse.
—Te dejo para que termines de arreglarte. Te estaré esperando abajo.
—Sí.
Antes de marcharse, Chiara volvió a mirarla.
—Y Gianna...
—¿Sí?
—No tienes que sentirte incómoda por aceptar ayuda.
Gianna guardó silencio.
Chiara sonrió.
—Nos vemos abajo.
Chiara cerró la puerta.
Gianna volvió a mirar el vestido que tenía entre las manos.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
Era una prenda sencilla.
Unos zapatos usados.
Para cualquier otra persona quizá no significaban demasiado.
Pero para ella significaban mucho más.
Significaban que, por primera vez, alguien estaba intentando ayudarla sin esperar nada a cambio.
Gianna dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.
—Gracias...
Después se secó el rostro y comenzó a vestirse.
Tenía unos minutos para comenzar su nueva vida.