«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 11: Joaquín actúa como mediador
El lunes por la tarde, el departamento de Joaquín Benavídez en el barrio universitario era un desorden predecible de planos de arquitectura, libretas de apuntes, cajas de pizza vacías y consolas de videojuegos.
Joaquín estaba sentado en el suelo de la sala sobre un alfombra india, con una lapicera entre los dientes y un plano de cimentación desplegado sobre la mesa de centro, cuando el timbre de la puerta sonó dos veces con insistencia.
—¡Está abierto! —gritó sin alzar la cabeza del papel.
La puerta se abrió y Mía ingresó al departamento. Llevaba jeans cómodos, una remera holgada de su banda favorita y el cabello recogido en una rodete desprolijo. Tenía un bote de helado de dulce de leche en la mano y una expresión de culpabilidad combinada con felicidad absoluta que Joaquín reconoció al instante.
Mía caminó hacia la sala, dejó el helado sobre la mesa y se dejó caer en el sillón frente a él, mirándolo en silencio.
Joaquín levantó la vista del plano, miró el bote de helado, luego miró a Mía y finalmente entornó los ojos con aire sospechoso.
—Bueno... esa cara significa tres cosas —declaró Joaquín soltando la lapicera—: o te compraste el bolso de cuero que querías, o aprobaste el final de Comunicación con diez... o finalmente lograste romper la coraza de piedra de mi hermano mayor.
Mía no dijo una palabra. Simplemente abrió los ojos un poco más y se mordió el labio inferior con una sonrisa radiante.
Joaquín se llevó las manos a la cabeza y soltó una carcajada estrepitosa que retumbó en las paredes del departamento, dejándose caer hacia atrás sobre la alfombra.
—¡No te lo puedo creer! —gritó riendo a mandíbula doliente—. ¡Lo hiciste! ¡De verdad hiciste caer a Leónidas!
—¡Shhh! ¡Cállate, Juaco, que van a escuchar los vecinos! —pidió Mía tirándole un cojín del sillón a la cabeza.
Joaquín se incorporó riendo sin parar, acomodándose sobre las piernas cruzadas para mirarla con fascinación pura.
—Págame los diez mil pesos de la apuesta ahora mismo, Mía. Yo dije que Leónidas no duraba dos semanas después del cumpleaños y tú decías que te iba a costar un mes. ¡Cayó rendido el gran Leónidas Benavídez! ¡El hombre de hierro, el incorruptible, el señor de los trajes grises!
—No te burles, Juaco, hablo en serio —dijo Mía poniéndose un poco más sobria, aunque la felicidad se le escapaba por los poros—. Pasó el fin de semana en la casa de campo. Y... bueno, él está muy preocupado por cómo te lo ibas a tomar tú. Piensa que te puedes enfadar con él por ser tu hermano mayor y mi mejor amigo.
Joaquín dejó de reír gradualmente, aunque mantuvo una sonrisa afectuosa en el rostro. Miró a Mía con el cariño sincero de quien la conocía desde que llevaban pañales.
—Mía, escúchame bien —dijo Joaquín con tono tranquilo y sincero—. Leónidas es mi hermano y lo adoro, pero sé perfectamente lo cerrado y estructurado que puede ser. Y tú eres mi mejor amiga de toda la vida. Llevas años suspirando por él y mirándolo como si fuera el único hombre en la faz de la tierra. ¿En serio crees que me voy a enfadar porque por fin se dieron cuenta de lo que les pasa?
Mía soltó un suspiro de alivio enorme, sintiendo que un peso gigante se le quitaba de encima.
—¿De verdad no te molesta?
—¡Para nada! —exclamó Joaquín volviendo a reír—. Al contrario, me parece brillante. ¡Voy a tener un material extorsivo contra mi hermano mayor para el resto de mi existencia! Imagínate cuando lo vea en la próxima reunión familiar... le voy a decir: '¿Qué pasó, Leónidas? ¿Te dejó K.O. la enana revoltosa del vecindario?'.
Mía se rió con ganas, lanzándole otro cojín.
—Eres un idiota, Juaco. Pero en serio, Leónidas está muy estresado con el tema de nuestras madres. Sabe que Elena y Sofía son capaces de armar el casamiento mañana mismo si se enteran.
—En eso mi hermano tiene razón —admitió Joaquín poniéndose pensativo—. Si mamá y la tuya se enteran así como así, van a encargar las invitaciones y el salón de fiestas antes del viernes. Tenemos que armar una estrategia de contención. Yo puedo actuar de mediador. Puedo ir tanteando el terreno con mi vieja esta semana, tirándole indirectas sobre lo bien que se llevan ustedes dos, para que cuando Leónidas hable con ella no le dé un ataque de emoción.
Mía se levantó del sillón y se tiró al suelo para abrazar a su mejor amigo por el cuello con fuerza.
—Eres el mejor hermano sustituto del mundo, Juaco. Gracias.
—De nada, enana —respondió él dándole un par de palmaditas afectuosas en la espalda—. Pero eso sí: si mi hermano te hace sufrir un solo segundo o saca su cara de perro de caza contigo, me avisas y le rallo la camioneta con las llaves de la facultad.
—Hecho —aceptó Mía riendo, abriendo por fin el bote de helado para compartirlo con él en el suelo de la sala.