Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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EL INTERRUPTOR DE PRESIÓN POSITIVA
El avance de Sofía por el ducto de extracción se convirtió en una carrera desesperada contra el colapso del metal. Detrás de ella, la lámina galvanizada se deformaba visiblemente a medida que una de las enfermeras infectadas lograba meter la cabeza y los hombros en la tubería, arrastrándose con una velocidad espantosa y dejando un rastro de sangre viscosa sobre la lata.
Sofía alcanzó la unión en "T" del conducto de ventilación. Hacia la izquierda, el túnel terminaba en una persiana ciega de metal; hacia la derecha, el ducto se ampliaba ligeramente y desembocaba en la sala de máquinas de la planta de aire acondicionado del piso 4.
Sin dudarlo, Sofía se deslizó hacia la derecha. Salió despedida del ducto y cayó de golpe sobre la rejilla de piso de la sala de máquinas, a una altura de dos metros sobre el nivel del suelo.
El impacto contra la rejilla de hierro le sacó el aire de los pulmones. Rodó sobre su costado, sujetándose las costillas contusas, pero la adrenalina no le permitió detenerse. Se puso de pie e inmediatamente buscó con qué bloquear la salida del ducto por el que acababa de salir.
En la sala de máquinas, rodeada por enormes motores eléctricos de ventilación de cincuenta caballos de fuerza y filtros HEPA de tamaño industrial, descansaba un extintor de dióxido de carbono de veinte libras.
Sofía tomó el cilindro rojo, lo levantó con ambas manos y encajó la base de acero de la botella directamente contra la boca de salida del ducto de lata.
En ese mismísimo segundo, la cabeza de la enfermera infectada asomó por la abertura, intentando dentellar el aire. El rostro del monstruo impactó de lleno contra el fondo de acero del extintor. Sofía no dudó: ajustó la manguera del extintor en el marco y apretó la palanca de descarga.
¡PSSSSSSSSSSSSSSSSSSHHHHHHH!
Una nube densa de nieve de dióxido de carbono a menos setenta grados centígrados salió disparada directamente a los ojos y la garganta de la criatura. El frío extremo congeló instantáneamente la humedad de la piel del infectado y sofocó sus vías respiratorias, haciéndolo retroceder en espasmos violentos hacia las profundidades del ducto de lata.
Sofía soltó el extintor, cerró la compuerta metálica pesada de la sala de máquinas y pasó la barra de seguridad de hierro.
Apoyada contra la puerta sellada, sacó el walkie-talkie del bolsillo interior con las manos temblándole incontrolablemente. Presionó el botón de transmisión:
—¡Mateo! ¡Mateo, estoy en la sala de máquinas de ventilación del piso 4! ¡Me escuchas!
La frecuencia emitió un estático corto antes de que la voz de Mateo resoplara al otro lado con desesperada claridad:
—¡Sofía! ¡Gracias a Dios! Escúchame con mucha atención, Sofía, esto es vital para que sigamos con vida. Encontré reportes médicos del hospital en el taller. El virus se transmite por el aire en aerosoles... por eso la ciudad colapsó tan rápido.
—¿Por el aire? —interrumpió Sofía, mirando la mascarilla de tela improvisada que llevaba en la mano—. Mateo... llevamos horas respirando este aire.
—¡Nosotros somos inmunes al contagio por respiración, Sofía! —respondió Mateo rápidamente, proyectando una urgencia técnica en su voz—. Tenemos una alteración genética en los receptores pulmonares. El virus por aire no nos hace nada. Pero hay una trampa mortal...
Sofía contuvo el aliento, pegando el altavoz a su oído.
—Si una de esas cosas nos muerde, o si su sangre o su saliva entra en contacto con un corte o con los ojos, el virus entra directo al torrente sanguíneo. La inmunidad por aire no sirve para nada contra una mordedura. Mueres en noventa segundos. ¿Me entiendes? ¡Ni un solo rasguño, Sofía! ¡No dejes que se te acerquen a la piel!
Las palabras cayeron como un martillazo sobre la mente de Sofía. Recordó la sangre del infectado en el Penthouse que estuvo a milímetros de su boca, las uñas de la enfermera en la rejilla a centímetros de su tobillo. La fragilidad de su supervivencia era absoluta.
—Entendido... ni un solo rasguño —respondió ella, tratando de estabilizar la voz—. Mateo, la sala de máquinas donde estoy controla el sistema de presión positiva del piso 4. Si logro activar los ventiladores mecánicos auxiliares con los tableros de control de este cuarto, puedo inundar los pasillos de este nivel con un flujo continuo de aire filtrado a alta velocidad. Eso limpiará la bruma de fluidos en los pasillos y forzará el cierre de las puertas cortafuegos automáticas.
—Eso nos daría un pasillo limpio para cruzar hasta el bloque de escaleras de emergencia del ala norte —confirmó Mateo desde el otro extremo del piso 4—. Estoy a unos cincuenta metros de tu posición, al otro lado de la barrera del taller. Si activas la presión positiva, las puertas neumáticas del corredor central se abrirán durante noventa segundos para purgar el sistema. Es nuestra única ventana para cruzar el piso 4 y llegar juntos al piso 5.
—Voy a encender los motores ahora mismo —sentenció Sofía.
Se dirigió al gran tablero eléctrico de baquelita negra ubicado en la pared central de la sala de máquinas. El panel tenía varios interruptores térmicos pesados y un indicador analógico de presión de aire.
La aguja de la presión estaba en cero; la energía principal estaba cortada. Sin embargo, al lado del panel principal había una palanca manual de transferencia marcada en amarillo: «SISTEMA DE EMERGENCIA NEUMÁTICO - OPERACIÓN MANUAL POR MANIVELA».
Sofía agarró la manivela de acero de un metro de largo. Para generar la presión de aire necesaria para activar los relés neumáticas del piso 4, debía girar la manivela mecánicamente con la fuerza de sus propios brazos hasta cargar el acumulador principal.
Colocó ambas manos en el mango de madera de la manivela.
Afuera de la sala de máquinas, en la galería técnica y en los ductos de extracción, los golpes de los infectados contra las compuertas de metal comenzaron a intensificarse. Decenas de manos deformadas comenzaban a empujar las láminas de acero.
Sofía tomó aire, apretó los dientes con rabia y comenzó a girar la manivela con todo el peso de su cuerpo.
¡CLACK... CLACK... CLACK!
Las poleas pesadas del generador mecánico comenzaron a gemir bajo el esfuerzo. El piso 4 estaba a punto de convertirse en un túnel de viento, y la única oportunidad de volver a cruzarse con Mateo dependía de la resistencia de sus brazos.