Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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El regalo de Omega
Las compuertas de la nave se abrieron, pero esta vez no los golpeó un calor abrasador ni el olor a azufre. En su lugar, una brisa templada, con el clima perfectamente controlado, les acarició el rostro.
Marcus bajó por la rampa y se quedó inmóvil.
Lo que tenían delante no era un campo de entrenamiento. Era el paraíso.
El Centro de Alto Rendimiento de Vulcano era la máxima expresión de la ingeniería deportiva de Omega. Cúpulas de cristal inteligente filtraban la luz solar volcánica, eliminando la radiación dañina mientras permitían un calor perfecto para el desarrollo muscular. Pistas de césped sintético de última generación se extendían en todas direcciones, rodeadas de máquinas de resistencia hidráulica, piscinas de crioterapia y laboratorios médicos que brillaban con una luz blanca y estéril. No había frío. No había sombras. Todo estaba diseñado para la perfección.
—Es una trampa —murmuró Marcus, con los puños apretados.
Regal descendió a su lado, ajustándose los puños de su traje impecable.
—Por supuesto que lo es, terrícola. Pero no es una trampa para matarlo. Es una trampa para la historia.
Marcus frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
—Baltus no le dio esto por bondad —explicó Regal, caminando con las manos entrelazadas a la espalda—. Lo hizo porque Omega es vanidoso. Si la Tierra pierde, Baltus no quiere que lo llamen abusivo, despótico o miserable. Quiere mirar a toda la galaxia y decir: *«¿Yo? Yo les di las mejores instalaciones. Los mejores médicos. Demonios, hasta la mejor nutrición y equipamiento deportivo de primer nivel. No es mi culpa que no hayan sabido aprovechar estas ventajas».*
Marcus apretó la mandíbula. La arrogancia de Omega era tan infinita que incluso su generosidad era un insulto.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Marcus—. ¿Rechazamos el regalo?
Regal se detuvo. Miró a Marcus con esa calma analítica que lo definía.
—Marcus... el conocimiento nunca es responsable del uso que se le da. Una espada puede defender a un niño... o asesinar a un inocente.
Señaló hacia las cúpulas de cristal, las máquinas relucientes y los laboratorios estériles.
—Estas instalaciones son lo mismo. Omega las construyó para alimentar su orgullo. Úselas usted para salvar a su pueblo.
Marcus resopló, pero la lógica del omicroniano era innegable.
—Está bien —dijo—. Usaremos sus máquinas. Pero en nuestros términos.
***
La primera orden fue pasar por el escáner biomédico central.
Los jugadores entraron en la sala blanca. Un androide médico, con una carcasa de porcelana sintética y ojos de luz azul, les indicó que subieran a las plataformas de análisis.
Maldek pasó primero. El gigante joviano se cruzó de brazos, observando con desconfianza los láseres que escaneaban su cuerpo.
El androide parpadeó, procesando datos.
—Estructura ósea excelente —declaró su voz sintética—. Musculatura altamente desarrollada. Sin embargo, se detectan niveles bajos de hierro y deficiencias de magnesio y zinc. Esto indica claramente un desequilibrio nutricional prolongado. Esto contradice lo que debería ser un jugador de fútbol de élite.
El androide extendió una bandeja metálica que sostenía una tarjeta de datos.
—Esta es la dieta que recibirá a partir de hoy. Es rica en proteínas, cubre todas las necesidades nutricionales y optimiza el desarrollo muscular.
Marcus miró la tarjeta, atónito.
—¿En serio? ¿Hasta eso?
Regal, apoyado contra la pared, sonrió levemente.
—Omega es tan vanidoso que genuinamente no cree que pueda lograr nada con la ventaja que le está dando. Creo que parte de su plan es demostrarle el profundo error que cometió.
***
Después del escaneo, los condujeron al gimnasio principal.
Era una catedral de acero y cristal. Filas interminables de máquinas de resistencia, pesas libres, bancos de press, poleas hidráulicas... todo relucía bajo unas luces blancas perfectas.
Maldek caminó lentamente entre las máquinas, tocando el metal con sus dedos gruesos, marcados por años de arrastrar rocas en Tártaro.
Se detuvo frente a una prensa de piernas.
Leyó el letrero digital.
*Prensa de piernas.*
*Carga máxima: 500 kg.*
Maldek miró la máquina.
Se sentó.
Configuró la carga al máximo.
Hizo una repetición.
**¡CRACK!**
El metal gimió. Los pistones hidráulicos se doblaron como papel. La estructura se derrumbó con un estruendo que retumbó por todo el gimnasio.
Silencio absoluto.
Marcus se llevó la mano a la frente.
—Acabamos de llegar...
Un androide médico rodó en silencio sobre el suelo pulido. Escaneó la máquina destruida.
Luego escaneó a Maldek.
—Error detectado —declaró con calma.
Marcus suspiró.
—¿La máquina?
El androide giró su cabeza sintética.
—No.
Pausa.
—La máquina fue diseñada para organismos de Omega.
Otra pausa.
—El jugador supera las especificaciones.
Cholo Solís, que observaba desde la puerta, estalló en carcajadas, rompiendo la tensión.
—¡Ese es nuestro Maldek! ¡Ni las máquinas de Omega pueden soportar su pierna!
Maldek se puso de pie, mirando los restos con indiferencia, como si hubiera partido una ramita seca en el bosque.
—Máquinas débiles —murmuró, y continuó su caminata.
***
Mientras tanto, Vex ya estaba causando el caos.
El chico mercuriano no podía quedarse quieto. La curiosidad natural lo impulsaba a explorar cada rincón, trepar por las vigas, colarse entre las máquinas a velocidades que hacían entrar en pánico a los androides médicos.
—¡Vex! ¡Detente! —pitó uno, persiguiéndolo con un escáner portátil.
—¡Frecuencia respiratoria elevada! —gritó otro.
—¡Riesgo de lesión por impacto! —advirtió un tercero.
Vex corría por las paredes, saltaba entre las máquinas, se colgaba de los conductos de ventilación. Cuatro androides lo seguían, tropezando unos con otros, incapaces de atraparlo.
Finalmente, uno logró tocarlo con su sensor.
El androide se congeló.
Las luces azules parpadearon.
—Frecuencia cardíaca...
Larga pausa.
—Normal.
Todos se quedaron mirando.
Vex había esprintado por toda la instalación. Había trepado, saltado, esquivado obstáculos a velocidades imposibles.
Y su corazón estaba completamente en reposo.
Marcus tragó saliva.
No era solo velocidad. Era un monstruo biológico.
Vex, encaramado en lo alto de una viga, sonrió y sacó la lengua antes de desvanecerse en el siguiente pasillo.
***
Mientras se desataba el caos, Xaren estaba sentado en un rincón.
Silencioso.
Con los ojos entrecerrados.
Observando.
Marcus lo observaba desde la puerta del gimnasio, frunciendo el ceño. *No está haciendo nada*, pensó. *Llevamos aquí una hora y no se ha movido.*
Cinco minutos después, Xaren se levantó.
Caminó hacia Maldek, que intentaba hacer sentadillas con una barra de pesas improvisada.
—Tu pie izquierdo está desviado tres grados —dijo Xaren en voz baja—. Estás cargando el peso en el vasto externo. Si sigues así, en dos semanas tendrás una lesión de rodilla.
Maldek lo miró, sorprendido. Ajustó el pie.
Xaren asintió y siguió caminando.
Se acercó a Beckor, que hacía estiramientos dinámicos.
—Tu cadera derecha está compensando a la izquierda. Rótala cinco grados hacia adentro.
Beckor obedeció. Abrió los ojos de par en par.
—Se siente... mejor. Mucho mejor.
Xaren continuó.
Llegó hasta Kendall, que practicaba movimientos de anticipación con un androide de entrenamiento.
—Estás leyendo el movimiento de los hombros —dijo Xaren—. Pero el androide de Omega engaña con los hombros. Lee las caderas. Siempre las caderas.
Kendall ajustó su lectura.
Interceptó el siguiente movimiento del androide medio segundo antes.
Kendall miró a Xaren, impresionado.
Xaren no sonrió. Solo asintió y regresó a su rincón.
Marcus observaba, con el corazón latiéndole con fuerza.
Xaren no estaba descansando.
Xaren entrenaba incluso cuando observaba.
***
Al final del día, agotado pero satisfecho, Marcus encontró a Regal en la terraza del centro, observando el atardecer volcánico.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Marcus, acercándose.
—Aprendiendo —respondió Regal, sin volverse.
—¿De quién?
—De ellos.
Marcus sonrió, apoyándose en la barandilla a su lado.
—Pensé que usted era el genio. El representante de Omicron... la galaxia de los cerebros, los científicos, los que lo saben todo.
Regal observó a los jugadores a lo lejos. Maldek arrastraba bloques de roca volcánica en lugar de usar las máquinas. Vex corría en círculos sobre el césped, retando a los androides a atraparlo. Xaren permanecía sentado en su rincón, observando, calculando, aprendiendo.
Regal habló lentamente, con voz suave pero cargada de siglos de sabiduría.
—El conocimiento no consiste en demostrar cuánto se sabe.
Pausa.
—Se trata de descubrir cuánto le queda aún por aprender.
Marcus se quedó mirándolo.
En ese momento, comprendió algo.
Regal no era el más fuerte.
Ni el más rápido.
Ni el más carismático.
Pero era el único que nunca dejaba de aprender de los demás.
Y tal vez, solo tal vez, por eso era el hombre que estaba cambiando el destino de toda la galaxia.
—Mañana empezamos de verdad —dijo Marcus, observando a su equipo a lo lejos.
Regal asintió.
—Mañana Omega deja de observar.
Pausa.
—Mañana Omega empieza a temer.