Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 20
Los pasillos de la alta dirección del consorcio Rothschild respiraban un ambiente tenso. En la oficina principal, los estados financieros y las carpetas de auditoría se amontonaban sobre el gran escritorio de caoba. Augusto Rothschild permanecía sentado, frotándose las sienes con cansancio. La ausencia de Damián comenzaba a generar fisuras en la estructura operativa del consorcio, y varios contratos internacionales de gran envergadura requerían una firma o un liderazgo firme que frenara las especulaciones de la junta directiva.
El sonido brusco de la puerta al abrirse rompió el silencio del despacho. Victoria Rothschild ingresó sin llamar, con el mentón erguido y una sonrisa cargada de arrogancia. Llevaba un traje de diseñador impecable y caminaba con la seguridad de quien se sabe con derecho sobre todo lo que toca.
—Hermano —saludó Victoria, paseando la mirada por los documentos desordenados sobre la mesa—. Veo que las cosas por aquí están a punto de colapsar. ¿Dónde está tu flamante heredero? Dejó todo tirado y desapareció como un cobarde.
Augusto alzó la vista lentamente, apoyando las manos sobre el apoyabrazos de su sillón de cuero. Su rostro reflejaba la fatiga, pero sus ojos mantenían la severidad de siempre.
—Damián no ha dejado nada tirado, Victoria —respondió Augusto con voz firme—. Y mide tus palabras en esta oficina.
Victoria soltó una risa desdeñosa y se acercó al escritorio, apoyando las uñas pulidas sobre la madera.
—Por favor, Augusto, no me vengas con rodeos —escupió con veneno—. Todos sabemos lo que es ese muchacho: un advenedizo que solo quería el dinero de la familia para malgastarlo y desaparecer en cuanto se cansara de jugar al empresario. Sabía que al final te dejaría solo. Es un malagradecido.
Augusto golpeó la mesa con la palma de la mano, poniéndose de pie con la ayuda de su bastón.
—¡No voy a permitir que hables mal de mi hijo en mi presencia! —sentenció el anciano, con la voz vibrando de indignación—. Damián no se ha ido a malgastar nada. Se encuentra fuera del país, realizando un viaje de negocios para coordinar la apertura de una nueva sucursal estratégica para el consorcio. Su ausencia está completamente justificada.
Victoria entrecerró los ojos, dudar de sus palabras, pero disimuló su escepticismo con una falsa mueca de comprensión.
—Si tú lo dices... —comentó, acomodándose el abrigo de piel—. Pero la realidad es que el consorcio necesita un liderazgo fuerte ahora mismo. Esos contratos internacionales no van a firmarse solos y tú no tienes la salud para cubrir semejante carga. Como tu hermana y socia, me ofrezco a tomar las riendas de la dirección general y solucionar este desastre antes de que la junta entre en pánico.
Antes de que Augusto pudiera responder, una voz clara y serena resonó desde el umbral de la puerta.
—Eso no será necesario, señora Rothschild.
Ambos giraron la cabeza. Camil ingresaba al despacho con pasos firmes, luciendo un vestido sobrio pero elegante que ocultaba con sutileza las primeras semanas de su gestación. Su postura era erguida y la mirada mantenía una frialdad impecable. Aunque legalmente el divorcio con Damián ya se había firmado, ante los ojos del mundo corporativo y de la familia Rothschild, ellos continuaban siendo un matrimonio consolidado.
Victoria la miró de arriba abajo con evidente desprecio, frunciendo los labios.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Victoria con tono despectivo—. Este es un asunto del consorcio, no un té de damas.
—Escuché su propuesta —respondió Camil, deteniéndose al lado de Augusto y mirando fijamente a la mujer—. Y le repito que no hace falta su intervención. Mientras mi esposo está fuera del país resolviendo la expansión del consorcio, yo me encargaré personalmente de asumir su trabajo y supervisar las operaciones de la empresa.
Victoria soltó una carcajada estridente, llena de sarcasmo.
—¿Tú? ¿Asumir el trabajo de Damián? No me hagas reír, niña —escupió Victoria, cruzándose de brazos—. Eres solo una niña de papi que no sabe hacer absolutamente nada en la vida. Todo lo que tienes es por puro interés y por el dinero de los demás. No tienes la menor idea de cómo se maneja una corporación de este nivel.
Camil no pestañeó. Sostuvo la mirada inquisitiva de Victoria con una templanza que sorprendió incluso al propio Augusto.
—Sé mucho más de lo que usted se imagina, señora Victoria —contestó Camil con voz pausada pero letal—. Tengo la preparación suficiente para gestionar estos asuntos. Y, por lo menos, yo no soy una persona cruel ni una maltratadora que se dedica a empujar a los demás al abismo para quedarse con sus puestos.
El rostro de Victoria se mudó por completo. La alusión implícita al pasado y a la ruina emocional a la que había sometido a la familia de Augusto en el pasado cayó como una bofetada helada. La mujer apretó las mandíbulas, furiosa por el atrevimiento de la joven.
Volteó a ver a Augusto con los ojos desorbitados por la ira.
—¡Esto es el colmo, Augusto! —exclamó Victoria, señalando a Camil con el dedo—. Te vas a arrepentir amargamente de poner a esta mujer al frente de los negocios. No sabe dónde está parada. Te va a llevar directo a la bancarrota y va a destruir lo único que le queda al consorcio.
Augusto ajustó la postura sobre su bastón y miró a su hermana con frialdad.
—No deberías preocuparte tanto por eso, Victoria —respondió el anciano con tono tajante—. Al fin y al cabo, el 80% de esta empresa es mía. Yo decido en quién confío.
Sin nada más que responder y echando chispas de rabia, Victoria tomó su bolso, dio media vuelta y salió violentamente del despacho, azotando la puerta a su paso de tal forma que el estruendo retumbó en todo el piso.
El silencio volvió a instalarse en la amplia oficina. Augusto dejó escapar un largo suspiro de alivio, dejando caer los hombros mientras la tensión de su cuerpo cedía lentamente. Miró a Camil con profunda gratitud en los ojos.
—Camil... —musitó el anciano, acercándose a ella—. Muchas gracias por intervenir. Esa mujer no tiene límites cuando se trata de buscar el poder.
—No tiene que darme las gracias, señor Augusto —respondió Camil con una sonrisa cálida, acercando una silla para que él se sentara—. No podía permitir que usara la ausencia de Damián para pisotearlo a usted o para intentar apoderarse de la empresa. Lo estaré ayudando en todo lo que necesite mientras Damián termina su tratamiento y regresa.
Augusto la observó con preocupación paterna, recordando la conversación del día anterior sobre la amenaza de aborto y la fragilidad de su salud.
—Aprecio de corazón tu lealtad, hija —dijo Augusto, tomándole la mano con firmeza pero delicadeza—. Pero no puedo dejar que te sometas a este nivel de estrés. El médico fue muy claro con respecto a tu estado: necesitas reposo absoluto para que el bebé no corra ningún riesgo. El ambiente de esta oficina es un campo de batalla.
Camil le devolvió el apretón de manos, negando suavemente con la cabeza para tranquilizarlo.
—No se preocupe por eso —explicó Camil con voz dulce pero decidida—. No voy a exponerme físicamente. Estaré ayudándolo directamente desde casa, trabajando de forma remota y muy cómoda. Revisaré los informes, redactaré los borradores de los contratos y le enviaré todo listo para su firma. De esa manera mantendré mi mente ocupada, cuidaré a mi hijo y protegeré el patrimonio de Damián sin levantar sospechas ante la familia ni ante mi padre.
Augusto la contempló por un momento, conmovido por la madurez, la fuerza y el amor incondicional que la joven demostraba a pesar de todas las adversidades que había atravesado.
—Eres una mujer extraordinaria, Camil —dijo el anciano con los ojos humedecidos—. Damián no sabe la bendición que tiene contigo. Dios te pague todo lo que estás haciendo por esta familia.
—Lo hago por el hombre que amo y por el hijo que llevo dentro —respondió Camil con convicción—. Vamos a salir de esto, señor Augusto. Se lo prometo.
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