Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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8
Elena
Los meses transcurrieron entre cuidar a mi suegro y a mi esposo; una rutina agotadora. Ambos vivían en casas diferentes, estancados en sus propios duelos, sin siquiera preguntar el uno por el otro. Mi suegra, que en paz descanse, tenía razón: estos dos son unos tontos obstinados. Sin embargo, allí estaba yo, intentando mantener sus vidas a flote a pesar de lo difícil que resultaba.
Mi suegro rara vez regresaba a casa, y David vivía recluido en su habitación. Cuando intentaba saludarlo, solo me daba la espalda; dejé de insistir para no empeorar las cosas y me mantuve ocupada. Mi graduación pasó desapercibida; fui meses después a recoger el diploma, pues estaba tan sumida en el caos de la casa que ni recordaba ir por él.
Mis amigas llamaban de vez en cuando para vernos en mi antiguo apartamento, que les regalé como obsequio de graduación. Casi no las visitaba porque no podía dejar a David solo; por más que él durmiera, sentía que en cualquier momento podía cometer una locura y no me perdonaría si algo le pasaba.
Para no perder la cordura bajo tanto estrés, enfoqué mi mente en mi nuevo trabajo por internet. Logré crear una página web de ventas; mis padres se aseguraron de que no me faltara apoyo para empezar. A veces, al ver el pasillo vacío, me preguntaba si él también intentaría empezar de cero o si simplemente se quedaría allí, estancado. No quería presionarlo, pero me partía el alma verlo así: apenas comía y no salía de la cama si no era por necesidad.
Nunca pasó por mi mente dejarlo, no solo por la promesa a su madre, sino por la que le hice a él. Le prometí ser su amiga, y aquí estoy. Lo haré hasta que él mismo se dé cuenta de que la vida sigue y que debemos ser felices con lo poco que nos queda.
—Estoy bien, te prometo que la próxima semana iré a celebrar con ustedes —le dije a Kim por teléfono.
—Eso dijiste la semana pasada —me reclamó.
—Esta vez es cierto. Ya terminé los asuntos importantes, este fin de semana las acompaño —respondí con una sonrisa, mientras terminaba de escribir en mi ordenador.
Sigo trabajando, pero la conversación se desvaneció. Me distraje al ver a David en la puerta de mi habitación; me observaba con los ojos llenos de lágrimas. El terror me invadió al ver que sostenía su muñeca.
Sangre.
Dejé caer el teléfono y corrí hacia él, presa del pánico.
—¡¿Qué has hecho?! —grité, desesperada, apretando la herida con fuerza.
—Lo siento... —musitó él.
Como pude, busqué una venda en el baño y presioné para detener la hemorragia, sacándolo de la casa a toda prisa para llevarlo al hospital. El miedo me nubló; el camino se veía borroso y ni siquiera recuerdo cómo llegué allí. Los médicos lo atendieron de inmediato. Pasé horas en la sala de espera, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su herida y sus ojos llorosos.
El doctor salió después de un rato.
—Ya está mejor. No fue una herida profunda, pero este no es un caso que podamos tratar aquí. Le recomendaré un psiquiatra muy bueno —decía mientras yo miraba a través del cristal de la puerta, donde David estaba acostado, observándome en silencio.
—Gracias, doctor —dije, recobrando el sentido.
Entré a la habitación enfadada, pero me detuve al verlo. Intenté mantener la calma.
—El doctor dijo que estarás bien —dije, conteniendo la rabia.
—Lo siento —respondió él, apartando la vista y dándome la espalda.
La ira regresó con más fuerza, pesada e incontrolable.
—¿Lo sientes? —me acerqué hasta donde pudiera verme—. No es cierto, mientes. Si de verdad lo sintieras, no lo habrías hecho.
Él me miraba en silencio.
—No digas que lo sientes. Me da rabia que digas eso cuando ni siquiera eres capaz de imaginar el daño que causas.
Intentó volver a darse la vuelta, pero lo encaré de nuevo.
—Si vuelves a hacer algo así, créeme, me iré. No me importa la promesa ni nada; te dejaré aquí solo —le grité, llena de impotencia.
Saber que, a pesar de todos mis esfuerzos, él no avanzaba —al contrario, retrocedía más—, me desquiciaba.
—Pues puedes hacerlo ahora. Vete. Nadie te obliga a quedarte —respondió él, cargando su voz con la misma rabia que yo.
Algo dentro de mí se expandió. No me dolió lo que dijo; al contrario, verlo enfadado me dio ánimo. Al menos estaba mostrando una emoción diferente a esa apatía mortal.
—¡Ah, sí! Pues si dejaras de comportarte como un niño inmaduro y depresivo, hace tiempo que me habría alejado —le grité de vuelta.
Lo vi sentarse en la cama, listo para contraatacar.
—¡No lo entiendes! ¡Por eso es tan fácil para ti hablar! —bramó.
—¡¿Que no lo entiendo?! ¡Te he estado cuidando por meses! He visto cómo te destruyes una y otra vez. ¡Estoy segura de que si tu madre te viera en este estado, ella misma habría decidido irse de este mundo! —grité, frustrada.
Me miró en silencio. Le acababa de dar en su punto más débil, pero me importaba un carajo. Si esa era la única manera de sacarlo de su abismo, lo haría. Le sacaría toda la rabia y la impotencia que llevaba dentro.
—¡Vete! —me gritó, lanzándome una almohada—. ¡Lárgate!
—¡Eres un cobarde! Tu madre tenía razón: eres solo un mocoso insufrible.
Recogí la almohada y se la devolví con la misma fuerza. Lo vi quejarse al recibir el impacto cerca de la herida, pero, lejos de detenerse, me la regresó con aún más ímpetu.
—¡Que te largues! —seguía gritando.
Iba a seguir lanzándole cosas hasta que el médico irrumpió en la habitación, interrumpiéndonos.
—¡Suficiente! Tengo pacientes que necesitan descanso y ustedes los han despertado con sus gritos.
Ambos nos quedamos en silencio, paralizados, sin atrevernos a mirarnos a los ojos.