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Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Dejar escapar al amor
Popularitas:232
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. Vino a pedirle cuentas por ella

Alejandro no parecía haber esperado que Lucía pidiera el divorcio. Su expresión se volvió todavía más sombría.

—No voy a aceptarlo.

Ella se quedó desconcertada. Si no quería divorciarse, ¿sería porque…?

—La abuela tampoco lo permitirá —añadió él.

Enseguida se oyó cerrarse la puerta. Lucía permaneció inmóvil largo rato, con el pecho oprimido, como si lo tuviera lleno de algodón mojado. La esperanza que acababa de asomar le resultó ridícula. ¿Cómo iba a negarse por ella? Solo temía que su abuela se opusiera.

Lo que él no sabía era que Beatriz ya había dado su consentimiento.

La discusión terminó mal y durmieron en habitaciones separadas. A la mañana siguiente, Alejandro se marchó después de que llegara la empleada.

Lucía desayunaba sola, fingiendo normalidad, cuando la mujer salió de ordenar el dormitorio.

—Señora, ¿por qué faltan tantas cosas en la casa?

Lucía se detuvo. Hasta la empleada lo había notado. Él ni siquiera había preguntado. Era evidente cuánto le importaba.

—Estaban viejas y las tiré —respondió con una sonrisa forzada—. No era nada importante.

La mujer no hizo más preguntas.

Al mediodía la llamó el director. Había que realizar una intervención de alto riesgo y el estado del paciente era crítico. El especialista que solía practicar las craneotomías estaba de viaje; solo ella podía hacerse cargo.

Lucía corrió al hospital, se puso la ropa quirúrgica y entró en la sala de urgencias. Todos los médicos responsables estaban allí, incluida Valeria. Un olor intenso a sangre impregnaba el lugar. Mientras los demás se acercaban a examinar la herida, Valeria ni siquiera se atrevía a aproximarse al paciente: se esforzaba por contener las náuseas y tenía arcadas.

Quien estaba a cargo de la anestesia se acercó a ella.

—Doctora Morales, qué bueno que llegó. El paciente se cayó en una obra. Acaban de traerlo y sigue inconsciente.

Incluso Lucía contuvo el aliento al verlo. Una varilla de acero de veinte centímetros le atravesaba la cabeza y la zona del ojo. Estaba inconsciente, pero conservaba signos vitales. ¡Era un milagro!

—Doctora Morales, ¿de verdad puede operarlo? —preguntó Valeria, reprimiendo otra arcada—. El menor error podría matarlo.

—Si yo no puedo, ¿puede usted?

La expresión de Valeria se ensombreció. Lucía se puso los guantes y dio instrucciones al resto del equipo.

—Primero haremos una craneotomía descompresiva. Retiraremos todos los coágulos que podamos.

El anestesista y los demás asistentes ya estaban listos. Valeria se mordió el labio.

—¿Quiere que me quede a ayudar?

—Que salga todo el personal que no sea necesario.

Después de verla reaccionar así, Lucía sabía que no serviría de nada que se quedara.

—Pero…

—Doctora Ortega, el paciente está en estado crítico. Será mejor que salga a tranquilizar a la familia.

Ningún otro cirujano principal del Hospital Central se había atrevido a asumir aquella operación: cualquier error podía acabar con una carrera. Además, todos habían visto cómo se había comportado Valeria desde que entró. De no haber sido por sus contactos, ya la habrían reprendido sin contemplaciones.

Ella apretó las manos y no tuvo más remedio que salir del quirófano.

Después de comprobar que el tronco encefálico no estaba lesionado y que no había daños evidentes en los vasos cerebrales, Lucía y su equipo tardaron cinco horas en retirar la varilla. Luego reconstruyeron la base del cráneo.

Para cuando terminó la intervención, ya caía la tarde. Al ver que los signos vitales se mantenían estables, todos respiraron aliviados. Los otros médicos salieron enseguida a informar a la familia, mientras Lucía se dirigía al despacho del director.

El doctor Ramírez se mostró emocionado al enterarse del éxito.

—Lucía, esta vez te lo debemos a ti.

—No solo a mí. El equipo trabajó muy bien y el paciente tuvo mucha suerte. La varilla le atravesó el cerebro sin dañar estructuras vitales. Si las hubiera dañado, nadie habría podido salvarlo.

Ramírez asintió, aunque volvió a intentar retenerla.

—¿De verdad no quieres reconsiderar el traslado?

Conocía bien su capacidad. Era la persona más joven en dirigir operaciones allí y, además, una mujer; algo todavía poco frecuente en el ámbito médico. Puerto Claro no dejaba de ser una ciudad pequeña, y las prestaciones de su hospital no podían compararse con las de la capital. Le parecía una lástima que renunciara a condiciones tan favorables para trasladarse allá.

Lucía negó con una sonrisa.

—Ya lo decidí. Pero no se preocupe: si alguna vez me necesita y tengo tiempo, vendré a ayudar.

Él dejó de insistir.

Cuando Lucía salió del despacho, vio a Alejandro acercarse con largas zancadas. Se detuvo, dispuesta a hablarle, pero él pasó de largo y solo dijo:

—Doctora Morales, necesito hablar con usted.

Fueron hasta una terraza. Lucía acababa de terminar la operación; estaba exhausta y el cansancio se le notaba en el rostro.

—Querías hablarme…

—¿Por qué te ensañaste con Valeria en el quirófano?

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